Enseñanzas de los Presidentes de la Iglesia: Gordon B. Hinckley

Capítulo 24: La expiación de Jesucristo: Extensa en su alcance, íntima en su efecto

“Doy testimonio [de] la Expiación del Señor Jesucristo. Sin ella, la vida no tendría sentido; es la piedra angular del arco de nuestra existencia”.

De la vida de Gordon B. Hinckley

El 1 de enero de 2000, el presidente Gordon B. Hinckley dirigió a la Primera Presidencia y al Cuórum de los Doce Apóstoles en la publicación del testimonio en conjunto del Salvador. En este mensaje, titulado “El Cristo viviente”, ellos declararon: “Manifestamos nuestro testimonio de la realidad de Su vida incomparable y de la virtud infinita de Su gran sacrificio expiatorio. Ninguna otra persona ha ejercido una influencia tan profunda sobre todos los que han vivido y los que aún vivirán sobre la tierra”1.

En un discurso que dio en una conferencia general tres meses más tarde, el presidente Hinckley testificó de la profunda influencia que el Salvador ejercía en su propia vida. Se expresó de un modo muy personal y con ternura, por momentos embargado por la emoción:

“Pero de todas las cosas por las que me siento agradecido esta mañana hay una que ocupa el lugar más destacado, y es mi testimonio viviente de Jesucristo, el Hijo del Dios Todopoderoso, el Príncipe de Paz, el Santo [de Dios]…

“Jesús es mi amigo. Ninguna otra persona me ha dado tanto como Él. ‘Nadie tiene mayor amor que este, que uno ponga su vida por sus amigos’ (Juan 15:13). Él dio Su vida por mí y abrió el camino a la vida eterna. Solo un Dios pudo hacer eso. Espero ser considerado digno de ser Su amigo.

“Él es un ejemplo para mí. Su modo de vida, Su proceder absolutamente desinteresado, Su ayuda a los necesitados, Su sacrificio final, todo eso es un ejemplo para mí. Aunque no puedo estar verdaderamente a Su altura, pero lo puedo intentar…

“Él es el que me sana. Siento un gran asombro ante Sus asombrosos milagros y, no obstante, sé que los efectuó. Acepto la verdad de estas cosas porque sé que Él es el Maestro de la vida y de la muerte. Los milagros de Su ministerio denotan compasión, amor y un sentido de la humanidad prodigiosos de contemplar.

“Él es mi líder. Me siento honrado de formar parte del largo desfile de los que le aman y de los que le han seguido durante los dos milenios que han transcurrido desde Su nacimiento…

“Él es mi Salvador y mi Redentor. Al haber dado Su vida, con dolor y sufrimiento indescriptibles, Él me ha tendido la mano para sacarme a mí y a cada uno de nosotros, y a todos los hijos y las hijas de Dios, del abismo de oscuridad eterna que sigue a la muerte. Él ha proporcionado algo mejor, una esfera de luz y de entendimiento, de progreso y de belleza donde podremos seguir adelante por el camino que conduce a la vida eterna. Mi gratitud no tiene límites. Mi agradecimiento a mi Señor no tiene conclusión.

“Él es mi Dios y mi Rey. De eternidad en eternidad, Él reinará y gobernará como Rey de reyes y Señor de señores. Para Su dominio no habrá fin, para Su gloria no habrá noche.

“Nadie más puede ocupar Su lugar, nadie lo hará jamás. Sin mancha y sin defecto de ninguna clase, Él es el Cordero de Dios, ante quien me inclino y por medio de quien me acerco a mi Padre Eterno que está en el cielo…

“Con gratitud y con amor inquebrantable, doy testimonio de estas cosas en Su Santo nombre”2.

Cristo ora en Getsemaní“Todo dependía de Él, de Su sacrificio expiatorio… Esa era la piedra angular en el arco del gran plan [del] Padre”.

Enseñanzas de Gordon B. Hinckley

1
El amor de nuestro Padre Celestial se manifiesta en el don de su Hijo Unigénito.

Me siento muy humilde al pensar en el gran amor de mi Padre Celestial. Cuán agradecido estoy al saber que Dios nos ama. La incomprensible profundidad de ese amor halló expresión en el don de Su Hijo Unigénito, en venir Él al mundo para traer esperanza a nuestro corazón, bondad y cortesía a nuestras relaciones y, por encima de todo, para salvarnos de nuestros pecados y guiarnos por el camino que conduce a la vida eterna3.

El ministerio preterrenal del Salvador

El Padre de todos nosotros, con amor por Sus hijos, ofreció un… plan bajo el cual tendríamos la libertad de elegir el curso de nuestra vida. Su Hijo Primogénito, nuestro Hermano Mayor, era la clave de ese plan. El hombre tendría su albedrío, y a ese albedrío le acompañaría la responsabilidad. El hombre andaría por los caminos del mundo y pecaría y tropezaría; pero el Hijo de Dios tomaría sobre Sí la carne y se ofrecería como sacrificio para expiar los pecados de todos los hombres. A través de un sufrimiento indescriptible, Él llegaría a ser el gran Redentor, el Salvador de toda la humanidad4.

El ministerio terrenal del Salvador

En toda la historia no ha habido grandeza como la Suya. Él, el poderoso Jehová, condescendió a nacer en la vida mortal en un establo de Belén. Se crió en Nazaret, y “crecía en sabiduría, y en estatura y en gracia para con Dios y los hombres” (Lucas 2:52).

Fue bautizado por Juan en las aguas del Jordán, “y he aquí, los cielos le fueron abiertos, y vio al Espíritu de Dios que descendía como paloma y se posaba sobre él.

“y he aquí, una voz de los cielos que decía: Este es mi Hijo amado, en quien me complazco” (Mateo 3:16–17).

Durante los tres años de Su ministerio terrenal, hizo lo que ningún otro mortal jamás había hecho; enseñó como nadie había enseñado.

Llegó entonces el tiempo de ofrecerse en sacrificio. En un aposento alto se llevó a cabo la cena, la última que tomaría con los Doce en esta vida mortal. Cuando les lavó los pies, les dio una lección de humildad y servicio que nunca olvidarían5.

Sufrimiento en el Jardín de Getsemaní

Siguió entonces el sufrimiento en Getsemaní, del cual Él dijo: “… padecimiento que hizo que yo, Dios, el mayor de todos, temblara a causa del dolor y sangrara por cada poro y padeciera, tanto en el cuerpo como en el espíritu” (D. y C. 19:18)6.

En el Jardín de Getsemaní, Su sufrimiento fue tan intenso que sudó gotas de sangre mientras le suplicaba a Su Padre; pero todo eso fue parte de Su gran sacrificio expiatorio7.

[En una ocasión, me hallaba sentado] a la sombra de un olivo [en el Jardín de Getsemaní], y leía acerca de la atroz lucha del Hijo de Dios al enfrentarse a los inminentes acontecimientos, sudando gotas de sangre y orando a Su Padre para que la copa pasara de Él, diciendo, pero no se haga mi voluntad, sino la tuya… Me embargó el sentimiento de que Él no estaba rogando, ni hacía frente a aquel padecimiento, en el sentido del dolor físico que le aguardaba por la brutal y terrible crucifixión. Eso formaba parte de ello, estoy seguro; aunque, en gran medida, creo yo, se trataba del sentido que tenía de Su función, la que debía desempeñar para el bienestar eterno de todos los hijos e hijas de Dios de todas las generaciones del tiempo.

Todo dependía de Él, de Su sacrificio expiatorio. Esa era la clave. Esa era la piedra angular en el arco del gran plan que el Padre había concebido para la vida eterna de Sus hijos e hijas. Por muy terrible y arduo que fuera afrontarlo y llevarlo a cabo, Él lo afrontó, Él lo efectuó; fue algo magnífico y formidable. Pienso que escapa a nuestra comprensión. No obstante, percibimos una pequeña parte y debemos aprender a valorarlo más, más y más8.

Arresto, crucifixión y muerte

Lo arrebataron manos toscas y rudas y, por la noche, en contra de la ley, lo llevaron ante Anás y luego ante Caifás, el astuto y perverso sumo sacerdote del Sanedrín. Temprano a la mañana siguiente, volvió a aparecer ante este hombre depravado y maquinador. Luego lo llevaron ante Pilato, el gobernador romano, al que su esposa dijo: “No tengas nada que ver con ese justo” (Mateo 27:19). El romano, para no sentirse responsable, lo mandó a Herodes, el corrupto, viciado y perverso tetrarca de Galilea. Lo escarnecieron y lo golpearon. Le pusieron una corona de espinas y, burlándose de Él, le echaron sobre la ensangrentada espalda un manto de escarlata. Lo volvieron a llevar ante Pilato, al cual la multitud exaltada gritó: “¡Crucifícale, crucifícale!” (Lucas 23:21).

Tambaleante, con pasos inseguros, subió al cerro Gólgota, donde Su lastimado cuerpo fue clavado a la cruz, uno de los métodos de ejecución más inhumanos y dolorosos que podía crear la mente sádica de los hombres.

No obstante, Él exclamó: “Padre, perdónalos, porque no saben lo que hacen” (Lucas 23:34)9.

No hay imagen más conmovedora en toda la historia que la de Jesús en Getsemaní, en la cruz, solo: el Redentor de la humanidad, el Salvador del mundo, llevando a cabo la Expiación.

Recuerdo haber estado con el presidente Harold B. Lee… en el Jardín de Getsemaní, en Jerusalén. Podíamos percibir, aunque fuera en un grado muy limitado, la terrible lucha que tuvo lugar allí, una lucha tan intensa mientras Jesús sufría solo en el espíritu, que la sangre le brotó de cada poro (véase Lucas 22:44; D. y C. 19:18). Recordamos la traición por parte de uno que había sido llamado a una posición de confianza. Recordamos que hombres malvados pusieron sus crueles manos sobre el Hijo de Dios. Recordamos esa figura solitaria en la cruz, suplicando angustiada: “¡Dios mío, Dios mío!, ¿por qué me has desamparado?” (Mateo 27:46). Aún así, y de forma valerosa, el Salvador del mundo siguió adelante a fin de efectuar la Expiación a nuestro favor10.

Pasaron las horas a medida que Su vida se extinguía en un suplicio. La tierra tembló y el velo del templo se rasgó por la mitad. De Sus resecos labios salió la exclamación: “Padre, en tus manos encomiendo mi espíritu. Y habiendo dicho esto, expiró” (Lucas 23:46).

Se había acabado; Su vida mortal había terminado; Él la había ofrecido en rescate por todos nosotros. Con ello se esfumaron las esperanzas de todos los que lo amaban, y quedaron en el olvido las promesas que había hecho. En vísperas del día de reposo judío, pusieron Su cuerpo con cariño, pero con prisa, en una tumba prestada11.

La Resurrección

El domingo temprano por la mañana llegaron María Magdalena y otras mujeres a la tumba. Al acercarse, se preguntaban cómo podrían quitar la piedra que tapaba el sepulcro; cuando llegaron, vieron a un ángel que les dijo: “Yo sé que buscáis a Jesús, el que fue crucificado.

“No está aquí, porque ha resucitado, así como dijo” (Mateo 28:5–6).

Nunca había sucedido algo semejante. La tumba vacía era la respuesta a la eterna interrogante, la cual Pablo expresó con elocuencia: “¿Dónde está, oh muerte, tu aguijón? ¿Dónde, oh sepulcro, tu victoria?” (1 Corintios 15:55)12.

tumba vacía“No está aquí, porque ha resucitado, así como dijo” (Mateo 28:6).

2
Por medio del sacrificio redentor del Salvador, todos los hombres se levantarán de la tumba.

El milagro de aquella mañana de Resurrección… es un milagro para toda la humanidad. Es un milagro realizado mediante el poder de Dios, cuyo Hijo Amado dio Su vida para expiar los pecados de todos nosotros, un sacrificio de amor por cada hijo e hija de Dios. Al hacerlo, rompió el sello de la muerte13.

No hay nada más universal que la muerte, ni nada más luminoso y lleno de esperanza y de fe que la promesa de la inmortalidad. La desolación que deja la muerte de una persona, la aflicción que sobreviene tras el fallecimiento de un ser querido, solo los mitiga la certeza de la resurrección del Hijo de Dios…

Cada vez que la fría mano de la muerte asesta su golpe, entre las sombras de tristeza y desolación de ese momento, reluce la figura triunfante del Señor Jesucristo, Él, el Hijo de Dios, que por Su incomparable y eterno poder venció la muerte. Él es el Redentor del mundo. Dio Su vida por cada uno de nosotros y la volvió a tomar, llegando así a ser las primicias de los que durmieron. Él, el Rey de reyes, se alza triunfante sobre todos los reyes. Él, el Señor Omnipotente, se alza sobre todos los gobernantes. Él es nuestro consuelo, nuestro único consuelo verdadero, cuando la densa oscuridad de la noche terrenal nos envuelve al separarse un espíritu de su cuerpo.

Por encima de todo el género humano se alza Jesús el Cristo14.

Recuerdo haber tomado la palabra en el funeral de un buen hombre, un amigo cuya bondad me motivó a elevarme un poco más. A través de los años, había conocido su sonrisa, sus palabras bondadosas, el uso de su brillante intelecto, la magnitud de su servicio a los demás; y entonces, aquel que había sido tan brillante y bueno falleció de repente. Observé su cuerpo sin vida, en el que no había seña alguna de reconocimiento, de movimiento ni de palabra…

Observé a su viuda e hijos, que lloraban; ellos sabían, al igual que yo, que nunca volverían a oír su voz en la vida mortal, mas una tierna dulzura, de naturaleza indescriptible, trajo paz y alivio. Parecía decir: “Quedaos tranquilos y sabed que yo soy Dios” (Salmos 46:10).

Parecía añadir: “No se preocupen, todo esto forma parte de mi plan. Nadie puede escapar a la muerte; aun mi Hijo Amado murió en la cruz, mas al hacerlo llegó a ser las gloriosas primicias de la Resurrección. Le quitó a la muerte su aguijón y a la tumba su victoria”.

En mi mente podía oír al Señor hablando a la afligida Marta: “Yo soy la resurrección y la vida; el que cree en mí, aunque esté muerto, vivirá. Y todo aquel que vive y cree en mí no morirá jamás” (Juan 11:25–26)15.

3
Por medio del sacrificio expiatorio del Salvador, se nos brinda la oportunidad de la exaltación y la vida eterna.

Demos gracias al Todopoderoso; Su Hijo glorificado quebrantó los lazos de la muerte, la victoria más grandiosa de todas… Él es nuestro Señor triunfante; Él es nuestro Redentor que expió nuestros pecados. Por medio de Su sacrificio redentor, todos los hombres se levantarán de la tumba. Él ha abierto el camino mediante el cual obtendremos no solo la inmortalidad, sino también la vida eterna16.

En cierta medida, percibo el significado de Su Expiación, aunque no puedo comprenderla por completo; es tan extensa en su alcance, y a la par, tan íntima en su efecto, que elude la comprensión17.

La magnitud de [la] Expiación trasciende nuestra capacidad para entenderla completamente. Yo solo sé que en verdad aconteció y que fue tanto para mi beneficio como para el de ustedes. El sufrimiento fue tan profundo y la agonía tan intensa que nadie puede comprender que el Salvador se haya ofrecido como rescate por los pecados de toda la humanidad.

Por medio de Él obtenemos el perdón. Mediante Él recibimos la promesa cierta de que a todos se nos concederán las bendiciones de la salvación y de la resurrección de los muertos. Por medio de Él y de Su extraordinario y supremo sacrificio, se nos brinda la oportunidad de la exaltación y la vida eterna18.

¿No somos acaso todos hijos e hijas pródigos que necesitamos arrepentirnos y participar del misericordioso perdón de nuestro Padre Celestial y entonces seguir Su ejemplo?

Su Hijo Amado, nuestro Redentor, nos ofrece perdón y misericordia, mas al hacerlo demanda arrepentimiento… El Señor dijo, y cito una revelación dada al profeta José:

“Así que, te mando que te arrepientas; arrepiéntete, no sea que te hiera con la vara de mi boca, y con mi enojo, y con mi ira, y sean tus padecimientos dolorosos; cuán dolorosos no lo sabes; cuán intensos no lo sabes; sí, cuán difíciles de aguantar no lo sabes.

“Porque he aquí, yo, Dios, he padecido estas cosas por todos, para que no padezcan, si se arrepienten;

“mas si no se arrepienten, tendrán que padecer así como yo;

“padecimiento que hizo que yo, Dios, el mayor de todos, temblara a causa del dolor y sangrara por cada poro y padeciera, tanto en el cuerpo como en el espíritu…

“Aprende de mí y escucha mis palabras; camina en la mansedumbre de mi Espíritu, y en mí tendrás paz” (D. y C. 19:15–18, 23)19.

A fin de cuentas, cuando se haya examinado toda la historia, cuando se hayan explorado las más hondas profundidades de la mente humana, nada es tan maravilloso, tan majestuoso ni tan formidable como este acto de gracia, en el que el Hijo del Todopoderoso, el Príncipe de la casa real de Su Padre, Aquel que una vez habló como Jehová, el que había condescendido a venir a la tierra como un bebé nacido en Belén, dio Su vida en ignominia y dolor para que todos los hijos e hijas de Dios de todas las generaciones del tiempo, cada uno de los que tendrá que morir, pueda caminar de nuevo y vivir eternamente. Él hizo por nosotros lo que ninguno podía hacer por sí mismo…

El profeta Isaías declaró:

“Ciertamente llevó él nuestras enfermedades y sufrió nuestros dolores…

Mas él herido fue por nuestras transgresiones, molido por nuestras iniquidades; el castigo de nuestra paz fue sobre él, y por sus heridas fuimos nosotros sanados” (Isaías 53:4–5).

Este es el maravilloso y verdadero relato de la Navidad. El nacimiento de Jesús en Belén de Judea es el prefacio y el ministerio de tres años del Maestro es el prólogo. Su sacrificio constituye la magnífica esencia del relato, el acto plenamente desinteresado de morir de dolor en la cruz del Calvario para expiar los pecados de todos nosotros.

El epílogo es el milagro de la Resurrección, que nos proporciona la certeza de que “así como en Adán todos mueren, así también en Cristo todos serán vivificados” (1 Corintios 15:22).

No habría habido Navidad de no haber habido Pascua. El niño Jesús de Belén sería como cualquier otro niño si no fuera por el Cristo redentor de Getsemaní y del Calvario, y por la triunfante realidad de la Resurrección.

Creo en el Señor Jesucristo, el Hijo del Dios eterno y viviente. No ha habido nadie tan grande que haya caminado sobre la tierra; ningún otro ha hecho un sacrificio comparable o ha concedido una bendición semejante. Él es el Salvador y el Redentor del mundo. Creo en Él, declaro Su divinidad sin ambigüedad ni concesión alguna, le amo. Pronuncio Su nombre con reverencia y asombro; lo adoro como adoro a Su Padre, en espíritu y en verdad. Le doy gracias y me arrodillo ante Su Amado Hijo, quien hace mucho tiempo extendió la mano y dijo a cada uno de nosotros: “Venid a mí todos los que estáis trabajados y cargados, y yo os haré descansar” (Mateo 11:28).

… Deseo que cada uno de ustedes pase un tiempo, quizás solo una hora, en callada meditación y tranquila reflexión sobre la maravilla y majestuosidad de este, el Hijo de Dios20.

Testifico [de] la expiación del Señor Jesucristo; sin ella, la vida no tendría sentido. Es la piedra angular del arco de nuestra existencia y afirma que vivíamos antes de que naciéramos en esta vida mortal. La vida terrenal es tan solo un peldaño hacia una existencia más gloriosa en el futuro. El dolor de la muerte es mitigado por la promesa de la Resurrección21.

Jesús es el Cristo, el Hijo de Dios preordenado que condescendió a venir a la tierra; que nació en un pesebre, en una nación subyugada y entre un pueblo vasallo; el Hijo de Dios; el Unigénito del Padre en la carne; el Primogénito del Padre y el Autor de nuestra salvación. Él es nuestro Redentor, nuestro Salvador; por Su expiación se hace posible la vida eterna para todos los que obedezcan Sus enseñanzas22.

Sugerencias para el estudio y la enseñanza
Preguntas

  • ¿Por qué el Padre Celestial nos concedió “el don de su Hijo Unigénito”? (Véase la sección 1). ¿Qué puede hacer para demostrar gratitud por ese don? ¿Qué pensamientos y sentimientos experimenta al leer el resumen del presidente Hinckley de lo que el Salvador ha hecho por nosotros?
  • En la sección 2, compare las palabras que el presidente Hinckley utiliza para describir la muerte con las que usa para describir la resurrección. ¿Qué puede aprender de las diferencias entre esas palabras? ¿De qué manera influye en usted el testimonio que tiene de la resurrección de Jesucristo?
  • ¿Qué puede aprender del testimonio del presidente Hinckley de la expiación de Jesucristo? (Véase la sección 3). ¿Cómo le ha bendecido personalmente la Expiación? ¿Qué sentimientos experimenta conforme medita sobre el sacrificio del Salvador por usted? Reserve un momento para tener una “callada meditación y tranquila reflexión” acerca del Salvador.

Pasajes de las Escrituras relacionados con el tema

Isaías 53Juan 3:1611:252 Nefi 9:6–13Alma 7:11–1334:8–10Helamán 14:13–19D. y C. 18:10–12.

Notas

1. “El Cristo Viviente: El Testimonio de los Apóstoles de la Iglesia de Jesucristo de los Santos de los Últimos Días”, Liahona, marzo de 2008, pág. 43.
2. Véase “Mi testimonio”, Liahona, julio de 2000, págs. 83, 85.
3. “El maravilloso y verdadero relato de la Navidad”, Liahona, diciembre de 2000, pág. 4.
4. Véase “Miramos a Cristo”, Liahona, julio de 2002, pág. 102.
5. Véase “La victoria sobre la muerte”, Liahona, abril de 1997, pág. 4.
6. “La victoria sobre la muerte”, pág. 4.
7. “Las cosas de las que tengo convicción”, Liahona, mayo de 2007, pág. 84.
8. Véase Teachings of Gordon B. Hinckley, 1997, págs. 29–30.
9. Véase “La victoria sobre la muerte”, pág. 4.
10. Véase “El vivir de acuerdo con nuestras convicciones”, Liahona, septiembre de 2001, págs. 2, 4.
11. Véase “La victoria sobre la muerte”, pág. 4.
12. Véase “La victoria sobre la muerte”, págs. 4–5.
13. “La victoria sobre la muerte”, pág. 5.
14. Véase “Esta resplandeciente mañana de la Pascua de Resurrección”, Liahona, julio de 1996, pág. 73.
15. Véase “El maravilloso y verdadero relato de la Navidad”, pág. 4.
16. “No está aquí, sino que ha resucitado”, Liahona, julio de 1999, pág. 85.
17. Véase “El maravilloso y verdadero relato de la Navidad”, pág. 4.
18. Véase “El perdón”, Liahona, noviembre de 2005, pág. 84.
19. “A vosotros os es requerido perdonar”, Liahona, noviembre de 1991, pág. 6.
20. Véase “El maravilloso y verdadero relato de la Navidad”, págs. 4–6.
21. Véase “Las cosas de las que tengo convicción”, pág. 84.
22. Véase Sheri L. Dew, Go Forward with Faith: The Biography of Gordon B. Hinckley, 1996, pág. 560.

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