Como criar una familia Celestial

CAPITULO 8
ENSEÑE A SU FAMILIA SOBRE EL TRABAJO Y LA ADMINISTRACIÓN DELDINERO

Después de mudarnos a un país sudamericano para pre­sidir una misión, nos dimos cuenta de que nuestro presu­puesto de comida estaba en grave peligro. Comenzamos a hablar sobre a dónde estaba yendo el dinero. ¿Qué estaba pasando? ¿Estábamos dando de comer a todos los misione­ros, o qué?

Entonces comenzamos a darnos cuenta de que cada día estábamos alimentando a cuatro o cinco personas adiciona­les que venían a nuestra puerta a pedir. Se trataba de casos muy apremiantes, como el de la mujer que venía con su hijo de tres años y nos decía: «Mi hijo tiene que operarse y no tengo dinero suficiente, y si no se opera morirá en un mes. Estoy intentando conseguir algo de dinero». Usted sabe cómo estas cosas nos tocan el corazón, y mi esposa había respondido con su corazón.

Hablamos al respecto y pensamos: «Bueno, no podemos mantener a toda la ciudad, ni siquiera podemos mantener este vecindario. De hecho, con nuestro presupuesto misio­nal tendremos dificultades para mantenernos a nosotros mismos». Así que nos preguntamos qué debíamos hacer. Decidimos que siempre que realmente nos sintiésemos ins­pirados a dar, lo haríamos. Sin embargo, llegamos también a la conclusión de que éramos «una presa fácil». En otras palabras, algunas personas se mantenían mes tras mes al pedir regularmente en ciertas casas, siendo la nuestra una de ellas.

Teníamos un pequeño terreno en la parte delantera de casa, por lo que dije: «Cariño, cuando venga la gente, ¿por qué no les decimos: ‘Nos gustaría invitarle a comer y a cambio quisiéramos que trabajase una hora en este terreno,-estamos pensando en poner un jardín’?.

¿Sabe cuántas personas aceptaron la oferta en el período de un año? Ninguna. ¿No es sorprendente? Se les había enseñado de la manera más fácil. No sé cuántos cientos de personas vinieron a nuestra casa, mas ni una estuvo dis­puesta a trabajar para obtener el dinero, la medicina o la comida que estaban pidiendo. Cuán agradecidos debemos estar por los inspirados principios de bienestar que nos per­miten mantener la dignidad y el respeto propios al trabajar por aquello que recibimos.

¿Se aplican estos principios también a nuestra familia? Sí. Debemos asegurarnos de enseñar a nuestros hijos «a pes­car» y no limitarnos a «darles un pez». Debemos tener cui­dado de no dar a nuestros hijos un estilo de vida fácil; antes bien, debemos ayudarles a mantenerse por sí mismos. Si educamos a nuestros hijos con una actitud pobre con res­pecto al trabajo y no aprenden a mantenerse, serán adultos débiles y dependientes. En última instancia, acabarán siendo una amenaza para la sociedad en vez de realizar una contribución real.

El Señor estaba hablándonos a todos cuando dijo: «Maldita será la tierra por tu causa; con dolor comerás de ella todos los días de tu vida. Espinas también, y cardos te producirá, y comerás la hierba del campo. Con el sudor de tu rostro comerás el pan hasta que vuelvas a la tierra —pues de cierto morirás— porque de ella fuiste tomado: pues polvo eras, y al polvo has de volver» (Moisés 4:23-25).

El mandamiento de trabajar fue uno de los primeros que el Señor dio a Sus hijos. Creo que El sabía que si éra­mos ociosos, seríamos más dados al desánimo y a la ten­tación, mientras que si se nos daba algo concreto que hacer, estaríamos más cerca del Señor y tendríamos una vida más plena. No hay nada más descorazonado!» que ser ocioso y no tener trabajo suficiente. Creo que por eso el Señor quiere que trabajemos todos los días de nuestra vida, en la medida de nuestra capacidad física, para man­tenernos con el sudor de nuestra frente.

El viejo refrán inglés «Manos vacías, trabajo del diablo» encierra mucha verdad. El Señor nos ha mandado estar ansiosamente embarcados en una buena causa y no malgas­tar nuestro tiempo:

Porque he aquí, no conviene que yo mande en todas las cosas,- porque el que es compelido en todo es un siervo perezoso y no sabio; por tanto no recibe galardón alguno. De cierto digo que los hom­bres deben estar anhelosamente consagrados a una causa buena, y hacer muchas cosas de su propia voluntad y efectuar mucha justicia (D&C 58:26-27).

Cesad de ser ociosos; cesad de ser impuros; cesad de criticaros el uno al otro,- cesad de dormir más de lo necesario; acostaos temprano para que no os fatiguéis,- levantaos temprano para que vues­tros cuerpos y vuestras mentes sean vigorizados (D&.C 88:124; para otros pasajes sobre el trabajo y temas relacionados, véase la Guía para el Estudio de las Escrituras).

El Señor dio instrucciones especiales a los padres sobre este tema: «Yo, el Señor, no estoy bien complacido con los habitantes de Sión, porque hay ociosos entre ellos,- y sus hijos también están creciendo en la iniquidad; tampoco bus­can con empeño las riquezas de la eternidad, antes sus ojos están llenos de avaricia» (D&C 68:31).

ENSEÑE A SUS HIJOS A COLABORAR CON LAS TAREAS DE LA CASA

¿Dónde aprenderán nuestros hijos los principios del tra­bajo? Deben aprenderlos en el hogar. Estos principios no se aprenden necesariamente porque los padres intenten ense­ñarlos, sino que deben ser experimentados por los hijos cuando están trabajando.

Los padres deben marcar la pauta al determinar qué tra­bajo debe hacerse en la casa, y entonces repartirlo entre sus hijos de acuerdo con la edad, las habilidades y las necesida­des especiales de cada uno. Esta división de responsabilida­des cambiará a lo largo de los meses y de los años, con las necesidades del hogar y a medida que la familia va creciendo, y dependerá de la habilidad física, mental y emo­cional de nuestros hijos.

Hace unos años dividimos las responsabilidades del tra­bajo en un gráfico rotatorio hecho de dos discos de papel, uno grande y otro pequeño, sujetos en el medio con un alfi­ler. En el disco grande estaban escritas las tareas de la fami­lia, y en el pequeño los nombres de nuestros hijos. Cada semana hacíamos girar el disco pequeño y los deberes rota­ban entre los integrantes de la familia.

Descubrimos también que necesitábamos una lista menos formal de cosas que hacer en la casa de vez en cuando. Tenía que ser una lista flexible a la que se pudiera añadir de un día para otro, para que nuestros hijos supieran diariamente lo que se esperaba de ellos. La lista era útil para todo el año, pero especialmente para la época de verano, cuando nuestros hijos nos preguntaban una y otra vez: «¿Qué puedo hacer?».

También utilizábamos listas y gráficos para mantener un registro de las reparaciones, las grandes compras que teníamos que hacer, las asignaciones para la noche de hogar, los temas de los que queríamos hablar como familia, las actividades familiares, etc.

Sí, para tener éxito, las familias deben estar bien organi­zadas. Pero ese tipo de organización no viene por sí solo, sino que hace falta una gran cantidad de planeamiento y de trabajo duro.

Tal como dijo el élder L. Tom Perry:

Uno no logra una familia eterna «de la noche a la mañana». Para disfrutar del mayor de todos los dones, debemos ganárnoslo a través de nuestros logros en la mortalidad.

En primer lugar, me aseguraría de que se aparta el tiempo suficiente cada semana para celebrar una reunión en la que el comité ejecutivo familiar planee la estrategia de la familia. El comité ejecu­tivo, compuesto por los padres, se reúne para comunicar, tratar, planear y preparar su papel de liderazgo en la organización familiar.

En segundo lugar, haría de la noche de hogar una reunión de consejo familiar donde los niños serían enseñados por sus padres sobre cómo prepararse para sus papeles como miembros de la familia y futuros padres. La noche de hogar comenzaría con una cena familiar, seguida de una reunión de con­sejo en la que se trataran y se diera instrucción sobre los siguientes temas: preparación para el templo, preparación misional, administración del hogar, finanzas familiares, desarrollo vocacional, educación, participación en la comunidad, refina­miento cultural, adquisición y cuidado de la propiedad, planeamiento del calendario familiar, uso del tiempo libre y asignaciones de trabajo. Podríamos poner punto final a esa noche de hogar con un postre especial y un tiempo para que los padres tuviesen entrevistas individuales con cada hijo.

En tercer lugar, el sábado podría ser un día de actividades especiales dividido en dos partes: primero, un tiempo para enseñar a los hijos las bendiciones del trabajo, como cuidar y mejorar la casa, el patio, el jardín y el huerto,- segundo, un tiempo para las actividades familiares que contri­buyen a la edificación del legado familiar de las cosas que disfrutamos haciendo juntos.

En cuarto lugar, el domingo se convertiría en el día especial de la semana. Los preparativos especia­les deben preceder a las tres horas del servicio de adoración de la capilla. La familia debe llegar a la iglesia descansada y espiritualmente preparada para disfrutar de las reuniones. Podríamos pasar ese día en un clima de edificación espiritual. Nos vestiría­mos de manera apropiada para la ocasión —los muchachos con algo mejor que pantalones vaque­ros y camisetas, y las jovencitas con vestidos que resaltaran la modestia. Éste sería el momento de nuestro estudio familiar de las Escrituras, la inves­tigación genealógica, los diarios personales, la his­toria familiar, escribir cartas, hacer contactos misionales y visitar a nuestros parientes, amigos y enfermos («For Whatsoever a Man Soweth, That He Shall Also Reap», Ensign, noviembre de 1980, pág. 9).

LOS BENEFICIOS ESPIRITUALES DEL TRABAJO

¿Por qué es necesario que los niños trabajen dedicada-mente en el hogar? Creo que hay muchas razones, tanto espirituales como temporales, para cumplir con el mandamiento del Señor de que debemos trabajar todos los días de nuestra vida:

  1. Trabajar hace que los hijos sean más disciplinados.
  2. Trabajar hace que los niños se sientan parte de la familia, parte de un equipo.
  3. Trabajar ayuda a la familia a cumplir con sus objeti­vos. El mantener una casa requiere mucho trabajo: lim­pieza, reparaciones, pintura, jardinería, etc. Los niños se benefician con ese trabajo y también tienen la responsabili­dad de ayudar a cumplir con él.
  4. Trabajar enseña a los hijos a ser responsables, les enseña que deben hacer su parte en el hogar así como en la sociedad. Trabajar ayuda también a los niños a ser miem­bros más responsables de la Iglesia, y les será de gran ayuda cuando deban ir a su puesto de trabajo y a mantenerse a sí mismos en el mundo.
  5. Trabajar enseña a los niños a ser lo suficientemente disciplinados como para «completar la tarea». Aprenden paciencia, perseverancia y muchas características espiritua­les que no se pueden aprender de otro modo.

Nunca olvidaré cómo mi padre nos enseñó a sus hijos mientras trabajábamos en una plantación de cítricos en Arizona. Era un trabajo que se hacía bajo temperaturas superiores a los 43s centígrados, y estábamos siempre sedientos. Él con frecuencia nos decía: «Acabemos con dos filas más y entonces podremos entrar a beber algo fresco». Eso nos enseñó a disciplinarnos y a asegurarnos de que completábamos la tarea.

  1. Trabajar les enseña a los niños a inspeccionar, apro­bar y corregir una tarea en caso de ser necesario. La verifi­cación apropiada por parte de los padres permite a los hijos dar un informe de sus labores.

Un padre solía tener a sus hijos enderezando viejos cla­vos que no se podían reutilizar. Cuando se le preguntó por qué lo hacía dijo que el trabajo es más que producir un resultado: es una disciplina. Si los padres se concentran en el resultado de las labores de sus hijos, se frustrarán ante la forma inadecuada que los niños tienen de hacer las cosas. Sin embargo, si se dan cuenta de que el verdadero fruto del trabajo es que los niños aprendan, los padres tendrán más paciencia. Comprenderán que están desarrollando atributos y características en sus hijos que no pueden desarrollar de ninguna otra manera.

  1. Mediante el trabajo, los hijos aprenden a ser indepen­ dientes y a confiar en sí mismos. Los padres no tienen que preocuparse por ellos, ya que cumplirán con sus responsabili­dades sin que se les pida que lo hagan y no habrá una gran necesidad de verificar. Por ejemplo, nunca me gustó sulfatar los frutales. Cuando mis hijos mayores aprendieron cómo hacerlo, para mí fue una gran bendición el no tener que preo­ cuparme más de esa tarea. Cada pocas semanas sulfataban los árboles y me aliviaban de esa responsabilidad, llegando así a convertirse en un deber de ellos.

Nunca olvidaré una dulce nota que una de mis hijas me dio después de pasar por ciertas dificultades porque ella no quería trabajar. Tras darle algunos consejos, puso manos a la obra y se sintió muy bien con sus logros. Me dejó una nota en mi maletín cuando yo salía para cumplir con las asignaciones de una conferencia. Parte de la nota decía:

Eres muy importante para mí y haces más por mí de lo que merezca o de lo que jamás pueda pagarte. Espero no decepcionarte nunca y que siempre pueda ser una buena hija para ti. ¡Te mere­ces lo mejor! Y si alguna vez piensas que no eres guapo o te comparas con otras personas, no me lo digas porque me sentiré triste. ¡Eres el mejor padre del mundo! Te amo por todo lo que eres. Que duer­mas bien. ¡Te quiero!

Cuán feliz me sentí como padre aquella noche, especial­mente porque había amado a mi hija lo suficiente como para disciplinarla cuando no quería trabajar. Ella aprendió, y yo también.

  1. Trabajar enseña a los hijos a tener confianza en sí mismos. Sabrán que pueden trabajar, y que pueden hacerlo de manera eficaz. Y cuando los padres se vayan, el trabajo seguirá estando ahí. Esto dará a los padres aún más con­fianza en sus hijos y les tratarán de acuerdo con ello; un agradable ciclo para cualquier familia.
  2. Trabajar enseña a la familia a estar unida, a obrar y lograr buenas cosas juntos. Debemos asegurarnos de que no nos limitamos a enviar a nuestros hijos al trabajo, sino que debemos trabajar con ellos. Además de hacer el trabajo y edificar buenas relaciones, el pasar ese tiempo juntos nos da una oportunidad para hablar sobre la oración, la lectura de las Escrituras y otros principios importantes. Pasar tiempo con nuestros hijos nos proporciona muchos «momentos para enseñar».

Trabajar también nos da momentos de diversión. Nunca olvidaré a un niño pequeño que vio a su padre entrar en el jardín con un camión lleno de estiércol. El niño dijo: «¿Para qué es eso?». El padre respondió: «Es para las fresas». El muchacho dijo: «Bueno, si no te importa, yo prefiero echar azúcar y helado a las mías».

EL APRENDIZAJE DE DESTREZAS MEDIANTE EL TRABAJO

A través del trabajo en el hogar, nuestros hijos han aprendido destrezas poco habituales. Uno de ellos, por ejemplo, ha desarrollado una habilidad mecánica extraordi­naria que le será de gran utilidad a lo largo de la vida.

Cuando fuimos llamados a vivir en México, tuvimos que hacer frente muy pronto al hecho de que a los latinoa­mericanos les gustan las llaves para abrir puertas. Yo pen­saba que nuestra casa tendría unas ocho o diez llaves para las diferentes puertas y armarios pero, después de mudar­nos, contamos hasta sesenta y dos. Había una cerradura para todo: habitaciones, cuartos de baño, armarios, cocinas, etc. Cada cerradura tenía su propia llave y todas las llaves eran diferentes.

La costumbre de la zona consistía en dejar las llaves puestas por dentro para que pudieran manejarse más fácil­mente, y los de la inmobiliaria nos habían dicho que núestra casa era tan segura como cualquier otra del lugar. Después de uno o dos días de vivir allí, mi hijo de quince años había aprendido a abrir cualquier puerta desde el exte­rior de la casa en menos de quince segundos utilizando una moneda, un bolígrafo o algún otro objeto. Cuando le pre­gunté cómo había aprendido a hacerlo, me dijo: «Me he dado cuenta de que cuando se deja una llave en la cerradura, se le permite al pasador girar libremente, con lo cual la puerta se puede abrir con gran facilidad». Podría entrar por cualquiera de las puertas desde el exterior siempre y cuando la llave estuviera puesta por dentro. Inmediatamente pusi­mos fin a la práctica de dejar las llaves en las cerraduras.

Un contratista que trabajaba para la Iglesia vino a los pocos días y nos dijo: «Me considero un experto en cerradu­ras. Hemos puesto estas cerraduras en cientos de lugares y siempre hemos pensado que eran seguras». Se quedó asom­brado cuando mi hijo le mostró cómo abrir una puerta desde el exterior cuando ésta estaba cerrada por dentro.

Aunque nos reímos con este incidente, me di cuenta de que nuestro joven hijo tenía un talento mecánico poco común, pues siempre ha sido bastante ingenioso para dedu­cir cómo funcionan las cosas y arreglarlas cuando están rotas. Mucho de eso, creo yo, se ha ido desarrollando al tra­bajar en las cosas de la casa.

LA HORTICULTURA

Los profetas han aconsejado con frecuencia a los miem­bros de la Iglesia que tengan un huerto, y nosotros hemos visto que eso es algo muy útil para enseñar a nuestros hijos a trabajar. Hemos descubierto que, además de producir ali­mentos, los huertos fortalecen la unidad familiar. Nosotros hemos tenido que aprender a trabajar juntos para poder tener un buen huerto. A veces era tan grande que los niños se quejaban de que estábamos intentando ser granjeros, y solían decir: «Papá, no somos sino esclavos». A ellos puede haberles parecido de ese modo, pero ciertamente fue una gran manera de enseñarles el valor de trabajo. El ser continuamente responsables, tal como requiere un huerto, de seguro ayudará a nuestros hijos cuando alcancen la edad adulta.

El trabajo en el huerto nos enseña también muchas lec­ciones espirituales. Permite a los niños ver las creaciones del Señor, cosas de gran valor que no se pueden hacer de manera precipitada, pues hay un proceso que se debe seguir pacientemente. Los hijos aprenden que, aparte de hacer el trabajo, debemos esperar y confiar en el Señor para ver final­mente los frutos de nuestra labor. Por último, pueden ver la mano del Señor mientras trabajan en el huerto, donde se manifiesta el milagro de la vida en todas sus variedades. Algunas de las tareas se pueden delegar individualmente a los niños o se pueden hacer como familia.

Para tener un huerto productivo, las familias deben dise­ñarlo, preparar el terreno y plantar las semillas. Entonces, cuando éstas comiencen a germinar, tienen que quitar las malas hierbas una y otra vez. A veces hacíamos que nues­tros hijos se responsabilizasen por una parte determinada del huerto,- en otras ocasiones todos juntos, como familia, quitábamos las malas hierbas. Para tener éxito teníamos que regar con regularidad, fertilizar según fuese necesario, y volver a quitar algunas hierbas más. Este proceso requiere trabajo pero desarrolla disciplina, paciencia y perseverancia; entonces la familia comienza a cosechar, almacenar y a comer los alimentos, llegando así a apreciar el valor de su trabajo.

Siempre hemos hallado que es una gran bendición el tener un aprovisionamiento de comida para un año. Hemos intentado almacenar más que los meros productos básicos como trigo, azúcar y otros, para poder tener fruta embote­llada o alimentos enlatados para un año. Esto significaba que uno o dos de nuestros hijos tenían que llevar cuenta del inventario y sugerir a su madre lo que hacía falta comprar para mantener el aprovisionamiento. [Estamos constante­mente comiendo y renovando nuestro almacenamiento de alimentos). No sólo el almacenamiento proporcionó seguridad a la familia, sino que también nos dio un trabajo de calidad que realizar, nos enseñó destrezas útiles y nos ayudó a ser más responsables. Esperamos también que nuestros hijos lleven estas características en su vida adulta.

Finalmente, hemos descubierto que uno de los grandes beneficios de un huerto es que siempre producimos más de lo que llegamos a comer, lo cual nos dio una oportunidad de compartir con otras personas dentro y fuera de nuestro vecindario, y de desarrollar buenas relaciones, con excep­ción, permítame decirlo con una sonrisa, de cuando com­partíamos calabacines. En realidad, el compartir estos productos siempre nos dio una razón para visitar a alguien y, una vez más, aprender, mientras lo hacíamos, algunos grandes principios.

Testifico que el tener un huerto es una gran manera de enseñar a la familia muchos principios del Evangelio. El Señor mencionó con frecuencia en Sus parábolas las accio­nes de plantar y cosechar, con un buen propósito, creo yo. El plantar un huerto nos enseña el verdadero valor del tra­bajo: que debemos plantar y cultivar para después poder cosechar. El ver cómo crecen las plantas también nos proporciona muchas lecciones espirituales. Además, el tra­bajar en un huerto ofrece muchas oportunidades de hablar, compartir y pasar un buen rato juntos.

Lógicamente, tener un huerto no es siempre motivo de felicidad. A veces tuvimos que disciplinar a los niños porque no querían trabajar y en otras ocasiones abandonaron sus tareas para ir a jugar con los amigos. Pero aun cuando las cosas no hayan ido siempre como nos hubiera gustado, el tener algo de provecho que hacer como familia ha sido una ayuda de valor incalculable para criar una familia celestial.

CÓMO ENSEÑAR A LOS HIJOS A TRABAJAR FUERA DE CASA

El presidente Wilford Woodruff dijo una vez:

Una de las más grandes bendiciones que Dios haya jamás derramado sobre los niños es el que éstos tengan padres que estén en posesión de prin­cipios verdaderos referentes a su Padre Celestial, la salvación y la vida eterna; y que estén preparados y sean capaces de enseñar, establecer y acostumbrar a sus hijos en cuanto a ellos, para que puedan estar en condiciones de cumplir con el propósito de su creación… Noventa y nueve de cada cien niños a quienes sus padres enseñan los principios de la honradez y la integridad, la verdad y la virtud, los observarán a la largo de la vida [Discourses of Wilford Woodraff, editados por G. Homer Durham [Salt Lake City: Bookcraft, 1990], págs. 266-268).

Es importante que los hijos aprendan los principios de la honradez, la verdad, la integridad y la virtud, y que los aprendan en el hogar. Entonces estos hijos salen al mundo a trabajar y comienzan a aprender a mantenerse por sí mis­mos. Si estos principios están en su sitio, nuestros hijos ten­drán una experiencia favorable debido, en gran medida, a una buena familia que les enseñó los principios del Señor.

Es nuestra experiencia que los hijos deben aprender no sólo a trabajar en casa sino a trabajar también en el mundo, para que puedan mantenerse a medida que vayan madurando.

El trabajar fuera de casa, por supuesto, depende de la edad y de la habilidad de los hijos. Siempre hemos inten­tado enseñar a nuestros hijos a ganar dinero por sí mismos tan pronto como les fuese posible. Algunos pudieron conse­guir trabajo repartiendo periódicos a los once o doce años de edad. Antes de cumplir los dieciséis, cuando la mayoría de los jóvenes pueden trabajar, los menores pueden hacerlo cortando el césped para los vecinos, lavando ventanas, lavando coches, limpiando garajes, etc.

También hemos enseñado a nuestros hijos a vender cosas, siendo algunas de las actividades más lucrativas la venta de galletas.

Uno de nuestros hijos estaba teniendo dificultades para ganar dinero. Había intentado cortar césped en el vecinda­rio, lavar ventanas, o lo que fuera, pero realmente no podía encontrar a nadie que quisiera darle trabajo. Su madre y yo hablamos con él sobre cómo hacer galletas caseras y vender­las, y era tanta la desesperación que se determinó a hacerlo. Su madre le enseñó cómo hacer galletas e inmediatamente hizo diez docenas y se fue a venderlas. Un poco antes de irme a trabajar intenté enseñarle qué decir, y tuve la impre­sión de que el niño podría hacerlo.

Cuando volví a casa, antes de lo habitual, me encontré con un jovencito muy negativo y desanimado. Había ido a muchas casas, pero sólo había vendido una docena de galle­tas. Le dije que si iba a estar tan desanimado y negativo, el Señor no podría ayudarle y que el Espíritu ayudaba a aque­llos que ejercen la fe, que creen que pueden conseguirlo y que el Señor les ayudará.

Le pregunté si él creía eso, a lo que me contestó: «Quiero creer, pero he estado ahí fuera, llamando a todas las puertas y nadie quiere comprar galletas».

Le dije: «¿Qué te parece si oramos juntos? Luego te llevo en el coche para ver si podemos ejercer un poco más de fe y te ayudo a vender las galletas».

Se sintió tan aliviado, que dijo: «Me parece muy bien». Primero oró él, y luego yo. Cada uno de nosotros intentó dar lo mejor de sí mismo para ejercer nuestra fe en que el Señor nos inspiraría para saber qué decir y tocar los corazo­nes de las personas para que comprasen las galletas.

Al salir de casa estaba más animado, pero todavía luchaba un poco con la experiencia que había tenido antes. Repasamos con mucho cuidado lo que iba a decir en cada puerta. En la tercera casa hizo una venta y luego otra en la cuarta y en la sexta. En cuarenta y cinco minutos había vendido nueve docenas de galletas y era veinte dólares más rico. Estaba maravillado y se sentía muy humilde, al igual que su padre. Ambos nos dimos cuenta de que, debido a que había hecho a un lado la duda, el temor y la negatividad, y que estaba intentando ejercer fe en el Señor, ese espíritu se había transmitido a los demás, quienes percibieron su sin ceridad, sus deseos y su buen desempeño como vendedor, por lo que le compraron las galletas.

El verdadero objeto de todo esto no fue tanto el ganar dinero ni aprender a hacer galletas, aun cuando es impor­tante, sino aprender los principios espirituales más impor­tantes relacionados con el trabajo.

Aprendió determinación y persistencia. Aprendió a desenvolverse con las personas, a mirarlas a los ojos, a dar respuesta directa a sus preguntas, a hablar con confianza y a hacer frente a sus objeciones. Pero por encima de todo, aprendió lo que se siente al tener éxito. Descubrió la satisfacción y la plenitud que vienen como resultado de sus propios logros, de cumplir con lo que se había fijado hacer. Podría añadir que este joven, algunos años más tarde, llegó a ser uno de los mejores cocineros de toda nuestra familia. Tiene buena fama entre nosotros y en el vecindario por sus pizzas, su helado casero y, por supuesto, sus galletas.

En una ocasión, unas semanas antes de la Navidad, les dijimos a nuestros hijos más jóvenes que podrían ganar un buen dinero si salían a recoger árboles de Navidad después de la festividad y se ofrecían a retirarlos a cambio de una cantidad. Pensamos que si llamaban a la gente por teléfono, podrían conseguir un buen número de clientes, al igual que si intentaban llamar a sus puertas.

Dos hijos y una hija realizaron los intentos más grandes y fueron calle abajo para hablar con los vecinos. Estaban bastante desanimados tras haber ido por treinta o cuarenta casas y haber conseguido que solamente tres o cuatro per­sonas aceptaran la oferta. Les dije que tenían que vender su producto y no limitarse a recibir los pedidos. Ellos me hicie­ron frente diciendo: «No puede ser. Lo hemos intentado y la gente no tiene interés».

Tomé a uno de mis hijos conmigo, pues parecía ser el más interesado, y le di algo muy persuasivo para decir por teléfono. Él lo practicó, pero intentó cambiar algunas de las palabras, a lo que le dije: «No, tienes que decirlo exacta­mente de esta manera. Si lo dices así podrás hacer frente a cualquier objeción que la gente tenga. Si ellos dicen que no por cualquier razón, entonces tú debes decir esto otro».

En aproximadamente media hora había ganado veinte dólares. Entonces comenzó a cambiar su enfoque, reali­zando ajustes en las palabras cuidadosamente escogidas que yo le había dado, y empezó a tener menos éxito,- así que vol­vió a las palabras originales y continuó recibiendo los com­promisos para pasar a recoger los árboles de Navidad.

Más o menos una semana después de la Navidad, con­vencí a un hijo y a una hija para que fueran con nosotros a golpear las puertas de las casas situadas a ambos lados de aquellas a donde íbamos a recoger los árboles. Ellos tenían que persuadir a las personas para que les diesen dos dólares por retirar los árboles. Estuvieron de acuerdo pero no esta­ban muy seguros de que fuese a dar resultado.

Después de un rato, el muchacho estaba realmente des­animado porque no había hecho ninguna venta. Volvió llo­rando al coche y dijo que renunciaba. Finalmente lo convencí para que se humillase y dijese las palabras que le había enseñado. Sólo entonces tendría éxito. Aceptó y comenzó también a tener algunas ventas.

Nunca olvidaré el deleite de su rostro cuando recibió sus primeros dos dólares. Vino arrastrando el árbol por entre la nieve como si fuera un relámpago. Su sonrisa era tan grande que casi le iba de oreja a oreja. ¡Qué tremenda auto-confianza había en él!

Una mujer se acercó hasta la camioneta y le dijo a nues­tro hijo mayor: «Verdaderamente no estaba interesada en que ustedes se lleven mi árbol, pero pueden hacerlo. Pagaría dos dólares con gusto siempre que pudiese ver a un joven trabajar. La mayoría de los muchachos lo quieren todo a cambio que nada. Te felicito por tener iniciativa propia».

Nuestro hijo más joven había ido a la puerta por la que había entrado la mujer para recibir los dos dólares, pero salió el marido y asustó al pequeño con su brusquedad, el cual se volvió a la furgoneta y dijo: «Lo siento, no quiere comprar».

«Bueno», dije. «¿Le mencionaste que lo harías por un dólar?» Dijo que no, pero que tampoco iba a regresar.

Nuestro hijo mayor volvió a la furgoneta y le dijo al pequeño: «Ese hombre piensa que se va a salir con la suya. Vuelve y dile que nos llevaremos su árbol por un dólar».

El pequeño fue a la puerta y le dijo: «Lo hemos pensado y decidimos que nos llevaremos su árbol por un dólar». El hombre no sabía qué decir ante la determinación del muchacho, y finalmente dijo: «De acuerdo, trato hecho por cincuenta centavos». Nos llevamos el árbol y luego nos reímos mucho.

Hacia el final de la mañana, mi hija no estaba teniendo mucho éxito y se encontraba un poco desanimada porque hacía frío. Cuando llegamos a casa para el almuerzo, con el calorcito que había adentro, ella decidió no volver a salir.

Mientras estaba allí, habló con su madre y por la tarde volvió a salir e hizo algo de dinero. Cuando estábamos solos, me dijo: «Papá, ¿sabes por qué lo he hecho tan bien esta tarde? Mamá me dijo que debía orar al Señor y que Él me ayudaría. Oré de verdad cuando estaba en casa y he estado orando aquí. ¡Mira lo que ha hecho el Señor! Mira todo lo que he ganado».

A veces los niños se avergonzaban cuando llegaban a una casa en la que conocían a los jovencitos de su edad. En una ocasión, uno de los árboles cayó de la camioneta justo en la mitad de la calle. Yo salí para recogerlo y allí me encontré con el primer consejero en el obispado, quien se reía de lo que estábamos haciendo. Un consejero en la presi­dencia de la estaca pasó también con su coche y se rió sana­mente por lo que estábamos haciendo. Estábamos en una zona de gente bastante adinerada, y puede que algunos de los vecinos pensasen que no estábamos haciendo algo apro­piado, pero ese día vi una gran madurez en mis tres hijos.

Obtuvieron una mayor confianza en que el Señor les ayudaría en cualquier cosa que estuvieran haciendo. Ganaron más confianza en sí mismos. Aprendieron cómo conocer personas, hablar con ellas y hacer frente a sus objeciones.’ Aprendieron más sobre cómo administrar el dinero y separar para el diezmo y los ahorros para la misión. Por encima de todo, sentimos una gran dosis de amor y de unión. Entre todos habíamos diseñado un plan en nuestra mente, algo que nunca habíamos visto hacer a nadie más, e hicimos que tuviese éxito. Estaban tan complacidos que comenzaron a buscar otros proyectos para ganar dinero, y al año siguiente querían volver a recoger árboles de Navidad.

En esa ocasión hablé con mis hijos sobre cómo persuadir a las personas. Ellos habían desarrollado parte de la habili­dad el año anterior, así que ya sabían lo que tenían que decir y podían valerse muy bien sin mi ayuda. La verdadera dife­rencia entre el «medio persuasivo» y aquellos otros que alcanzan sus metas la mayor parte del tiempo reside en lo que hacen cuando la gente dice que no.

Si desde un principio las personas decían que no tenían interés, los niños responderían: «Bueno, ya que estamos aquí, me llevaré su árbol por sólo un dólar. ¿Está bien?». La mayoría de las personas decían que sí. Si decían que no, los muchachos dirían: «Estoy intentando ganar este dinero para comprar ropa para ir a la escuela, y seguro que me gustaría ofrecerle este servicio con usted. Es tan sólo un dólar. Estaríamos agradecidos de poder llevar su árbol».

Si aún así la gente decía que no o decían: «Bueno, el ser­vicio de recolección de residuos vendrá y se lo llevará», entonces los niños añadían: «Esta misma mañana llama­mos al departamento de sanidad [lo cual habíamos hecho] y nos confirmaron que pasarían a recoger los árboles, pero que no lo van hacer hasta la tercera semana de enero. Mientras tanto, usted va a tener el árbol en la acera, esparciendo las agujas por todas partes al secarse. Nosotros se lo llevaremos por sólo un dólar». Ante ese argumento, casi todas las per­sonas cedían y nos entregaban sus árboles.

Yo me aseguraba de que la furgoneta estuviera justo delante de la puerta, para que las personas pudieran vernos. A veces tocaba el claxon para que pudieran ver la furgoneta. Les dije a los niños que señalasen la furgoneta para que la gente pudiera ver los árboles que ya habíamos recogido. Entonces sentirían que les estábamos ofreciendo un buen trato y que aceptarían. Cosas pequeñas como éstas marcan una gran diferencia. De hecho, este tipo de cosas pequeñas marcan toda la diferencia entre un «medio persuasivo» y uno que puede persuadir a casi todo el mundo.

Enseñe a los niños a no hablar con su tono normal de voz, sino a hacerlo con más sentimiento y entusiasmo. Yo no podía oír lo que decían porque estaba bastante lejos, pero sí podía ver la reacción de las personas y adivinar casi con exactitud lo que los niños les estaban diciendo. Era diver­tido ver cómo un no se convertía en un sí y cómo los niños venían arrastrando otro árbol hacia la furgoneta.

El don de la persuasión es uno que debemos transmitir a nuestros hijos, pues les ayudará enormemente a lo largo de la vida, les será de gran beneficio en sus años de adoles­cencia, cuando comiencen a buscar empleo, y en el campo misional. (Por este motivo he compartido los detalles de estas experiencias.) Creo que este proceso no consiste sino en eliminar la duda, el temor y la incertidumbre de nues­tras palabras, y acercarnos a una situación con una fe pura. Tal como enseñó José Smith, la fe es la causa motora de toda acción.

EXCUSAS PARA NO TRABAJAR

Cuán importante es que los niños, especialmente cuando entran en la adolescencia, encuentren trabajo y aprendan a ganar su propio dinero. Recibirán grandes bendi­ciones a medida que aprendan cómo tratar con la gente más allá del entorno familiar y vivan en el mundo pero sin ser del mundo. Se tiene que enseñar a los niños a dar de sí mis­mos, de su propio tiempo, a sacrificarse y aprender a traba­jar. El sacrificio mismo de algunas de las cosas que desean les enseñará mucho y les ayudará a tener el Espíritu del Señor con ellos. «El sacrificio nos abre las bendiciones del cielo».

No siempre resulta fácil convencer a nuestros hijos de que deben tener un empleo. Algunos han tenido la inclina­ción, pero en nuestra comunidad muchas de las familias eran tan adineradas que sus hijos no tenían necesidad de trabajar, y muchos no lo hacían. Siempre hemos sentido que los hijos debían trabajar tanto si era necesario como si no, pues aprenden mucho cuando son serios y tienen que responder con regularidad a quien les da trabajo.

Hemos descubierto que las excusas que dan para no tener que trabajar son todas iguales:

  • «No quiero dedicarle todo mi tiempo libre. Tengo muchas cosas que hacer con mis amigos».
  • «¿Cómo puedo trabajar cuando tengo deberes que hacer después de la escuela, tengo clases de piano y tareas que hacer en casa?».
  • «¿Cómo puedo tener un trabajo cuando hay tantas actividades? No podría ser miembro del club de motivación, ni del coro, ni pasarlo bien en todas las actividades extra escolares».
  • «No quiero trabajar porque sentiría vergüenza de que mis amigos me viesen. Después de todo, el único lugar en el que podría trabajar sería en esos restaurantes de comida al paso. Ninguno de mis amigos quiere trabajar ahí, y yo tampoco».

Usted tendrá que enseñar a sus hijos los principios del trabajo esforzado a través de su propia fe. Testifíqueles del valor del trabajo y convénzales de manera amorosa para que hagan a un lado sus temores y «se pongan en marcha».

LA BÚSQUEDA DE EMPLEO

Los hijos que quieren encontrar trabajo tendrán más éxito si los padres les enseñan cómo buscarlo. Las siguien­tes sugerencias pueden serle de ayuda:

  1. Los jóvenes necesitan vestirse bien cuando van a bus­car empleo. Muchos de ellos van con aspecto descuidado, por lo que no atraen demasiado la atención de quien los entrevista. Si los jóvenes se visten con la ropa de domingo o algo por el estilo, realmente se destacarán ante la compe­tencia.
  2. Necesitan ayuda para preparar una pequeña biografía o curriculum. Si se lo entregan al futuro jefe, especialmente si antes han tenido uno o dos empleos, causarán una buena impresión.
  3. La mayoría de los jóvenes necesitan ayuda para pre­parar una presentación y presentarse ellos mismos a un posible futuro jefe.
  4. Hemos encontrado particularmente útil el ir con los hijos cuando éstos son aún jóvenes, esperarles en el coche y hablar con ellos después de cada entrevista. La mayoría de los jóvenes se desaniman al ser rechazados las primeras veces. El tener a un padre allí para animarles ha sido muy beneficioso. Éste es también un buen momento para que el padre invite al Espíritu del Señor por medio de la oración o de cualquier otro de los medios tratados. Además, en momentos como ésos, los jóvenes necesitan saber cómo tener el Espíritu con ellos y cómo hacer que las demás per­sonas lo sientan,- de ese modo los jefes serán más dados a ofrecerles un empleo.
  5. Enseñe a los jóvenes a no caer en la práctica de limi­tarse a «entregar solicitudes». Muchos patrones sugieren que ésta es una manera de desasociarse de la persona que está pidiendo empleo.
  6. De ser posible, enseñe a sus hijos a contar algo breve de ellos que ilustre su madurez y confianza en sí mismos.
  7. Los jóvenes deben entrar en cualquier estableci­miento comercial con una actitud positiva y con confianza. No deben pensar que están allí para mendigar un empleo, sino que el posible empleador es afortunado de tener a alguien tan bueno como ellos que le ofrece sus servicios. La actitud del joven marcará la diferencia.
  8. Encuentre maneras de mostrar que el joven tiene talen­tos y habilidades especiales. Ellos pueden decir cosas como: «He trabajado con regularidad en nuestro huerto familiar durante cuatro años; soy una persona responsable». «Estoy dispuesto a llegar temprano y trabajar hasta tarde». «Estoy dispuesto a hacer cualquier cosa que se me pida». «Me esfor­zaré por tomar la iniciativa». Este tipo de frases generan un sentimiento de confianza en un posible empleador y mani­fiestan la autoconfianza de la persona que busca empleo.

Este tipo de experiencias verdaderamente contribuyeron al desarrollo de nuestros hijos, pues aprendieron a ser más osados y a sacar mejor provecho de las circunstancias a las que se enfrentaban.

Cuando era joven, descubrí los medios que mi padre empleaba para motivar a sus hijos a trabajar. A los once años me dijo que no iba a seguir comprándome la ropa y que yo tendría que hacerlo. Sabía que hablaba en serio pues había hecho lo mismo con mi hermano mayor. Mi padre tenía la determinación de que sus hijos fuesen autosuficien-tes económicamente, e hizo todo lo que pudo para enseñar­nos con tal fin. Así que, con once años de edad, obtuve un trabajo de repartidor de periódicos y comencé a ganar y aho­rrar algún dinero. Cinco años más tarde todavía estaba repartiendo periódicos. Un día, el director del periódico me dijo: «Joven, has sido tan leal y lo has hecho tan bien al entregar los periódicos y vender las subscripciones, que te voy a nombrar director auxiliar de distribución del perió­dico. Supervisarás a los demás repartidores y les enseñarás a vender subscripciones. Después de la escuela y de termi­nado el reparto, podrás venir a la oficina y trabajar dos o tres horas más. Podrás hacer algunos deberes del colegio mientras esperas al teléfono para responder quejas. Después de todo, será un buen empleo para ti y, a propósito, voy a tri­plicarte el sueldo».

Yo quedé asombrado, pues estaba ahorrando dinero para servir una misión y aquel aumento de sueldo iba a ayu­darme a alcanzar la meta más rápidamente. Era un trabajo ideal en una época en la que muchos adolescentes no tenían empleo. Me decía a mí mismo una y otra vez: «Verdaderamente, el Señor bendice a los que guardan los mandamientos». Yo me había estado esforzando por pagar fielmente el diezmo, santificar el día de reposo y honrar mi sacerdocio.

Pocos años después, el director del periódico se acercó a mí un sábado con otra gran oportunidad. «¡Buenas noti­cias!», dijo. «En una semana vamos a comenzar a repartir el periódico en domingo. No sólo tendrás que repartir el perió­dico los domingos por la mañana temprano, sino que podrás quedarte en la oficina desde las siete hasta las dos de la tarde, por lo que recibirás un treinta por ciento de aumento en tu sueldo».

Cuando el director me vio bajar el rostro me dijo: «Sé que eres mormón y puede que estés pensando en no aceptar esta responsabilidad adicional. Pero si no tomas el trabajo perderás la ruta de reparto y también serás despedido del empleo de entre semana. Muchos de los demás repartidores darían el brazo derecho por tener tu trabajo y, después de todo, no te he estado capacitando todos estos años para nada. Bien, ¿cuál es tu respuesta?».

Yo dije un tanto afectado: «Le responderé el martes».

Cuando ese día regresaba a casa en bicicleta, iba muy serio y oraba en silencio: «¿Cómo puede ser, Padre Celestial? He guardado los mandamientos. He intentado hacer lo correcto. He pagado el diezmo. Estoy intentando ahorrar para la misión. Y ahora puedo perder mi trabajo. ¿Debo trabajar en domingo o no?».

Le expliqué el problema a mi padre, quien respondió sabiamente: «No puedo darte una respuesta, pero sé de alguien que sí puede hacerlo». (Se estaba refiriendo al Señor.) Hablé con mi obispo, quien me dijo más o menos lo mismo que me había dicho mi padre. Pasé dos días orando y luchando. Sabía que los domingos podría asistir a la reunión sacramental en otro barrio, pero entonces me perdería las del mío.

Cuando mi jefe me preguntó el martes siguiente cuál era mi decisión, le contesté: «Me gusta, mi trabajo y la ruta de reparto, pero no puedo trabajar los domingos y dejar de ir a las reuniones de la Iglesia. No es correcto».

«¡Estás despedido!», dijo muy enfadado. «Ven el sábado a recoger tu último cheque. ¡Eres un joven muy desagrade­cido!». Y salió muy airado del despacho.

Durante los días siguientes el director apenas me habló, pero siempre que yo me preguntaba si mi decisión habría sido la correcta, la respuesta parecía ser la misma: «Puede que algunas personas tengan que trabajar los domingos, pero tú no tienes ni debes».

Cuando el sábado fui a recoger mi último cheque, des­cubrí que el director estaba esperando por mí. «Joven, por favor, perdóname», dijo. «Yo estaba equivocado. No debí haberte presionado a actuar en contra de tus creencias y de los mandamientos». Entonces me confesó que era un miembro inactivo de la Iglesia. Y añadió: «He encontrado a un joven de otra religión que está dispuesto a hacer el trabajo de los domingos. Puedes mantener tu trabajo. ¿Aceptas?». Yo respondí que sí con un corazón agradecido.

Entonces el director añadió: «A propósito, descubrirás que el treinta por ciento extra que te iba a pagar por el tra­bajo del domingo está incluido en el cheque a partir de ahora, aun cuando no vayas a trabajar los domingos en la oficina, y será así mientras trabajes para mí».

Qué gran gozo tuve en mi corazón cuando llegué a casa esa tarde. Me decía una y otra vez: «Vale la pena guardar los mandamientos del Señor, pues Él bendice a quienes lo hacen». Por supuesto que habría valido la pena aun sin esa recompensa tangible. Un año más tarde, cuando di mi último discurso antes de ir a la misión, me llenó de gozo el ver que mi jefe estaba entre la congregación, y mi dicha fue aún mayor cuando no hace mucho supe que, después de todos estos años, ahora es un fiel líder de grupo de sumos sacerdotes de su barrio.

Las decisiones sobre empleo y las oportunidades profe­sionales son verdaderamente difíciles, pero si enseñamos a los jóvenes a mirar al Señor y a guardar Sus mandamientos con exactitud, El ciertamente hará que todas las cosas «[obren] juntamente para [su] bien» (D&.C 90:24). Debemos enseñar a nuestros hijos a nunca comprometer sus princi­pios. Siempre deben tener la confianza en el Señor

La vida es una lucha, pero las promesas del Señor son ciertas. Tenemos problemas grandes y decisiones importan­tes a las que hacer frente, mas todo ello se puede solucionar si confiamos en el Señor, pues realmente Él es la respuesta a todo, Él es quien puede desatar nuestro potencial y el de nuestros hijos, y quien puede enseñarnos quiénes somos y lo que debemos hacer.

Debemos enseñar a nuestros hijos que será el Señor, en última instancia, el que hará prosperar a aquellos que guar­den Sus mandamientos. Tal como dijo Nefi: «Y si los hijos de los hombres guardan los mandamientos de Dios, él los alimenta y los fortifica, y provee los medios por los cuales pueden cumplir lo que les ha mandado» (1 Nefi 17:3; énfa­sis añadido).

Comparto mi testimonio sobre el hecho de que si ense­ñamos a nuestros hijos a guardar los mandamientos, el Señor proveerá para sus necesidades y les permitirá lograr todo lo que se requiera de ellos. Les ayudará a encontrar un empleo y los bendecirá para que trabajen y apliquen los principios que Él les ha enseñado.

CÓMO HACER QUE LOS JÓVENES TENGAN EL DESEO DE TRABAJAR

En ocasiones los padres tendrán que ayudar a los jóve­nes a desarrollar el deseo de trabajar, tarea que a veces es harto difícil. Las siguientes son unas sugerencias que podrían ayudar a germinar este deseo en un joven, así como algunos pensamientos sobre cómo el Señor lo hace con nosotros. Por ejemplo, es interesante que el Señor nos diga que debemos ganar el pan con el sudor de nuestra frente y que, literalmente, nos deje en el mundo para arreglárnoslas por nosotros mismos. Él nos permite que seamos nosotros los que encontremos trabajo, una casa o que nos las arregle­mos por nosotros mismos cada día, todo lo cual es un enorme desafío. Por supuesto que el Señor nos va a ayudar, pero sólo cuando trabajamos y hacemos nuestra parte. ¿No se aplican estos mismos principios a nuestros hijos?

Cuando yo era un muchacho, la gente solía arrojar a los perritos al canal para enseñarles a nadar, lo cual aprendían por necesidad. Nunca vi que ninguno se ahogase, aunque cada vez era algo más molesto de contemplar. Pero, debido a la necesidad, cada uno de los cachorros comenzaba a nadar.

¿No ocurre igual con nosotros? Si tenemos una verda­dera necesidad de algo, entonces desarrollaremos el deseo de alcanzarlo, pero generalmente no lo haremos antes. Así que, para crear ese deseo en los hijos, los padres deben ayudarles a reconocer una necesidad real. Por lo general se puede moti­var a los hijos a ayudar económicamente cuando alguien está enfermo, cuando hay un fallecimiento en la familia, un serio problema económico o de cualquier otro tipo. Pero esto mismo es igual con las cosas espirituales; cuando haya una necesidad, habrá también un deseo. Entonces, si conduci­mos apropiadamente a nuestros hijos, éstos se volverán al Señor para solucionar el problema.

A veces podemos crear una necesidad al dar a un hijo una asignación o un llamamiento difícil. Por ejemplo, desde un principio, mi padre me dijo que no iba a pagar por mi misión, que yo tendría que hacerlo por mí mismo. Estoy seguro de que estaba intentando crear una necesidad, y lo consiguió. Trabajé durante ocho años para tener el dinero suficiente para mantenerme en la misión. Sin embargo, pocos días antes de partir me informó de que «no tenía intención de quedarse sin las bendiciones de pagar por mi misión». Y me dijo que podía utilizar mi dinero para casarme e ir a la universidad cuando volviese a casa. Cualesquiera que fuesen sus razones para hacerlo, de cierto creó una necesidad en mí. Me ayudó a alcanzar una meta muy valiosa y, al mismo tiempo, a desarrollar mi carácter mucho más allá de lo que pudiera haber hecho de otro modo.

En ocasiones hemos sugerido a nuestros hijos que para cierta fecha concreta deben tener una cantidad de dinero específica como objetivo para sus misiones, estudios uni­versitarios o bodas. Este tipo de metas específicas ha contri­buido a la creación de una necesidad real en nuestros hijos. Lo mismo se aplica cuando no tienen dinero y quieren que nosotros les compremos algo. Generalmente hemos dicho que no (excepto con los hijos más pequeños) y que era responsabilidad de ellos el ganarse su propio dinero.

Otra manera de crear necesidades es viendo el ejemplo de otra persona. En muchas ocasiones un buen amigo puede estar trabajando y ganando dinero, y de ese modo nos ayuda a crear en nuestro hijo el deseo de hacer lo mismo. Si los padres son capaces de comenzar debidamente con su primer o segundo hijo en lo que al empleo se refiere, el resto de los hijos le imitarán de manera automática y seguirán ese buen ejemplo.

Una última sugerencia en cuanto a la creación de una necesidad: Muchas veces los hijos pueden crear una necesi­dad en sí mismos. Si nos acercamos a los jóvenes de manera espiritual y les enseñamos lo que el Señor espera que hagan, ellos crearán la necesidad en sí mismos y se esforzarán por hacer lo correcto.

LECCIONES SOBRE EL TRABAJAR FUERA DE CASA

El tener un empleo enseña a nuestros hijos muchas lec­ciones:

  1. Aprenden disciplina. Aprenden a trabajar de manera regular, día tras día. Aprenden a cumplir con las indicacio­nes de un jefe. Adquieren una perspectiva más amplia de la vida al estar lejos de la familia y al ver cómo actúan o dejan de actuar otras familias. Es nuestra experiencia que el tener un empleo siempre ha contribuido a una mayor apreciación de nuestro propio hogar.
  2. En un trabajo los hijos tienen que hacer frente a per­sonas que están rompiendo los mandamientos, así como a enfrentarse al mundo. Encontrarán dificultades con la Palabra de Sabiduría, la castidad, la honradez, etc. Es bueno que hagan frente a estas cosas mientras vivan en el hogar, donde pueden hablar con sus padres sobre estos problemas y verse fortalecidos. Esto es mucho mejor que alejarse de la familia por asuntos de estudio o por otra razón y tener que hacer frente a estos problemas por primera vez estando solo.
  3. Aprenden a tratar a las personas, a ser accesibles y a no ser egoístas. Aprenden cómo persuadir a los demás y a utili­zar buenos hábitos en las relaciones humanas.
  4. El trabajo constante genera confianza en los jóvenes. Ellos lo saben, por lo que tienen confianza en sí mismos, y esa confianza se reflejará rápidamente en muchos otros aspectos de la vida.
  5. Aprenden cómo administrar sus finanzas. Aprenden a ahorrar, a apartar dinero para los grandes gastos del futuro, como la misión y el matrimonio, y especialmente aprenden a pagar sus diezmos y ofrendas.
  6. Un empleo enseña a los jóvenes el verdadero valor de una moneda, para que sean menos dados a querer gastar grandes sumas de dinero en coches u otras cosas que no pueden permitirse si están ahorrando para el futuro.
  7. Un empleo ayuda a los jóvenes a desarrollar una ima­gen sana de sí mismos, un sentimiento de autoconfianza, de hacer las cosas por ellos mismos, de ganarse su propio sustento. Les ayuda enormemente en su desarrollo y madurez.
  8. El tener un empleo fortalece las relaciones entre los demás miembros de la familia cuando los hijos más jóvenes ven cómo sus hermanos mayores van a trabajar. Contribuye al desarrollo del respeto de los hijos más jóvenes por sus hermanos mayores y fija el ejemplo para los años venideros, cuando les llegue el turno a los más pequeños.

Para los padres no siempre es fácil ayudar, puesto que se crean exigencias adicionales para ellos. Pero, una vez más, realmente valen la pena. A veces los padres tienen que hacer de taxistas para llevar a sus hijos a trabajar a horas por demás incómodas, o puede que el principal problema sea el tener que compartir el coche de la familia. Muchas veces los jóvenes comienzan a perderse actividades familiares por­que están trabajando, algo que siempre es difícil para la familia, pero debemos recordar que estos hijos se están pre­parando para el día en que tengan que dejar su casa, y éste es el momento para ayudarles en tal preparación. A veces es difícil para los padres dejarles ir, pero el empleo en el mundo ayuda a los hijos a hacer la transición de la adoles­cencia a la madurez.

Le doy mi testimonio una vez más de la importancia de que los jóvenes trabajen. El trabajo les ayudará a edificar la honradez, la integridad, la fe, la diligencia, la determinación y muchas otras características de una persona de bien y debidamente desarrollada.

CÓMO ENSEÑAR A SUS HIJOS SOBRE LA ADMINISTRACIÓN DEL DINERO

Cuando los hijos tienen un empleo, los padres hacen frente al desafío adicional de enseñarles a administrar correctamente su dinero. Tal como ocurre en la mayoría de otros aspectos, la mejor manera para que los hijos aprendan sobre este asunto es a través de sus padres. Si los padres son diligentes al presupuestar, ahorrar dinero, ser cuidadosos en distinguir entre necesidades y deseos, y estar libres de deu­das, eso mismo harán los hijos. Si los hijos ven tal ejemplo, aprenderán la relación correcta entre gastar y ahorrar, y cómo controlar su dinero.

Los niños deben aprender la diferencia entre lo que les gustaría tener y las cosas que pueden permitirse hacer. Más importante aún, deben aprender las leyes del Señor relacio­nadas con el diezmo y las ofrendas de ayuno.

Los padres deben decidir si van a dar alguna paga a sus hijos. En ello hay algunos aspectos positivos, así como algu­nos negativos. Para algunas familias ha sido beneficioso dar a los niños más pequeños algo de dinero por las tareas que hacen en la casa, lo cual les permite ganar algo, aprender a pagar su diezmo y ahorrar para el futuro.

Otras familias no dan pagas a sus hijos, pues consideran que trabajar en casa es una obligación de todos los miem­bros de la familia y no creen que se deba pagar por ese tipo de tareas. Se les puede dar dinero por algún trabajo especial que no forme parte de las tareas del diario vivir. Estas fami­lias están más inclinadas a animar a sus hijos a trabajar en el vecindario o hacer otros trabajos para otras personas con el fin de ganar dinero. Quizás no importa mucho si los hijos reciben o no una paga mientras aprendan a trabajar.

A medida que los jóvenes empiezan a ganar dinero, los padres deben presentarles una forma sencilla de hacer un presupuesto que les permita planear sus gastos. Es impor­tante que se les enseñe que un presupuesto no es simple­mente una manera de estar al tanto de lo que gastan, sino una forma de planear los gastos. De ese modo aprenderán a vivir dentro de su presupuesto.

Siempre hemos considerado esencial que nuestros hijos presupuesten una cierta cantidad de dinero para sus ahorros, sin importar lo mucho o lo poco que estén ganando. Además, siempre hemos sugerido una prioridad en los gastos:

  1. Pago de diezmos y ofrendas de ayuno.
  2. Ahorrar para la misión, la universidad, el casa­miento, etc.
  3. Disponer de dinero para otros gastos personales.

Siempre hemos pensado que no se debe regalar ni com­prar un coche a los jóvenes, pues les consumirá demasiado dinero del que están ahorrando para el futuro. Ha sido un desafío el hacer que nuestros hijos compartan el coche de la familia, pero les ha aliviado de tener que hacer gastos innecesarios. En verdad, este principio ha ayudado a nuestros hijos mayores, quienes han estado en condiciones de sufra­garse los estudios universitarios sin pedir préstamos, sin pedir dinero a sus padres y sin ningún otro tipo de ayuda. También alejó algunas de las tentaciones a las que los hijos hacen frente cuando pueden ir y venir tal cual les plazca, con quien les plazca y cuando les plazca.

Siempre que la familia planeaba vacaciones, nos asegurábamos de que nuestros hijos ahorraran un poco de dinero para colaborar, lo cual no sólo aligeraba nuestros gastos sino que hacía que ellos fuesen más conscientes del coste que ello implicaba. De este modo, estaban más dispuestos a reducir los gastos y a sugerir lo que debíamos hacer en las vacaciones.

Durante los consejos familiares hemos repasado con regularidad las partes del presupuesto de la familia sobre las cuales nuestros hijos tenían cierto control, tal como el transporte, la comida, las clases de música, los gastos de educación, etc. Esto les ha ayudado a darse cuenta de que no podían tener lo que se les antojase en la vida, sino que tenían que vivir dentro de un presupuesto. A medida que veían cómo su familia actuaba así mes tras mes, ellos des­arrollaron de modo natural el deseo de hacer lo mismo, y descubrieron que era mucho más fácil hacerlo cuando eran independientes o ya estaban casados.

Una de las cosas más importantes que los hijos deben aprender es que existe una relación directa entre guardar los mandamientos y la estabilidad económica con.el transcurso de los años. Si se les enseña este concepto cuando son jóve­nes, entonces tendrán menos problemas económicos cuando sean adultos. Ciertamente, el Señor está dispuesto a intervenir en nuestros asuntos temporales si nosotros hacemos todo lo que esté a nuestro alcance para, humilde­mente, hacerle formar parte de ellos.

SOLUCIONES ESPIRITUALES A PROBLEMAS TEMPORALES

Un conocido mío tiene un amigo mexicano que solía viajar en su viejo coche desde México a Utah para asistir a cada conferencia general. Año tras año, hombre iba y se quedaba con su amigo.

Tras una de esas conferencias, mi conocido estaba algo molesto y le dijo que nunca más debía viajar en ese coche viejo. Le dijo: «Tu coche es tan viejo que te va a dejar en la autopista de California. Sé que para ir a casa pasas por Los Ángeles, San Diego y Tijuana. No vas a volver aquí en ese coche viejo y poner tu vida en peligro». Mi amigo le dio un buen discurso.

El buen hombre le escuchó y siguió su camino, y a la siguiente conferencia general llegó, una vez más, con el mismo viejo coche. Mi amigo comenzó otra vez a darle con­sejos, pero el buen hermano mexicano le dijo: «Espera un minuto, amigo mío, y escúchame. Realmente pasó como dijiste. La última vez que salí de aquí el coche me dejó en medio del tráfico del sur de California, donde mi hermano y yo nos quedamos sentados en la autopista y con todos los coches tocando el claxon.

«No sabíamos qué hacer. Ninguno de los dos es mecá­nico. Finalmente fuimos y levantamos el capó y, mientras miraba el motor, me decía a mí mismo: ‘Lo que este coche necesita es una bendición’. Mi hermano y yo inclinamos la cabeza y oramos para que el Señor bendijese al coche y le ayudase a funcionar bien. Una vez terminada la oración, bajamos el capó y entramos de nuevo en el coche, y con un corazón humilde hicimos girar la llave. El coche arrancó, y desde entonces ha funcionado excepcionalmente bien. Así que, ya que mi coche ha recibido una bendición, no me va a hacer falta comprar uno nuevo».

Uno puede ver la humildad de ese buen hombre. Ciertamente tenía necesidad de mantener su coche y de no comprar uno nuevo, y creo que el Señor les bendijo a él y a su vehículo.

Le testifico que hay respuestas espirituales para todos los problemas temporales, y que nuestros hijos deben apren­der esa lección en los primeros años de su vida. Habrá momentos en el futuro en los que tengan que hacer frente al desempleo, las deudas, o cualquier otro tipo de difíciles problemas económicos. Mas si ellos pueden ver con clari­dad la relación que existe entre las leyes espirituales y las temporales, y experimentan esa relación cuando son jóve­nes, sabrán cómo hacer frente a esos problemas cuando sean mayores. Las leyes son eternas y se ponen en marcha cada vez que nos sometemos humildemente a ellas y, por consi­guiente, al Señor.

Mientras cumplía con una asignación en un país latino­americano, ocurrieron algunas cosas que realmente me enseñaron una gran lección, y empezaron a ayudar a los líderes de ese país a enseñar la actitud de que las personas deben ser autosuficientes individualmente y como país. Este cambio comenzó con un humilde obispo y un hombre a quien llamaré hermano García.

El hermano García acudió a mí durante una conferencia de estaca y me dijo en privado: «Tengo un serio problema. Soy ingeniero y estoy sin empleo». Entonces me habló de sus actividades profesionales y del dinero que había logrado hacer en un principio, y me dijo: «He sido un buen miem­bro y he ido al templo, pero llevo bastante tiempo sin empleo. Acudí a mi obispo en busca de ayuda y él me dijo que lo que yo necesitaba era más fe y diligencia, y que tenía que humillarme. ¿Puede creerlo?» Y entonces se rió de manera sarcástica. ¡El obispo le había ayudado a él y a su familia a cubrir sus necesidades, pero este hombre todavía quería más.)

El humilde obispo, sin educación pero muy inspirado, le había dado la respuesta correcta a si; problema de desem­pleo. Él esperaba cierta conmiseración de mí, pero estaba hablando con la persona equivocada.

Podía ver que no tenía un corazón humilde, y le dije: «Hermano García, usted no ha entendido. La Iglesia no tiene la responsabilidad de ayudarle a usted. De hecho, voy a decirle que su obispo le dio la respuesta correcta según las Escrituras». Fui muy contundente con él. Entonces intenté darle algunas pautas en cuanto a lo que debía hacer, y me dijo: «Como usted sabe, en este país un tercio de los hom­bres están desempleados. Usted habla como si con fe y humildad todos pudieran tener trabajo, pero eso no es posi­ble, ¿no le parece?». Yo le contesté: «Puede haber gente de otras religiones sin empleo, pero no tendría que haber nin­gún Santo de los Últimos Días sin trabajo». Le di mi testimonio de que el Señor le ayudaría y compartí el siguiente pasaje: «Además, de cierto os digo que en cuanto a vuestras deudas, he aquí, es mi voluntad que las paguéis todas» (D&C 104:78).

Le pregunté si estaba libre de deudas, a lo cual dijo que no, y que nunca lo había estado desde que se había casado. Le dije que no podía esperar que el Señor le ayudase si él no estaba dispuesto a obedecerle. Entonces leímos el versículo 79: «Y es mi voluntad que os humilléis delante de mí y obtengáis esta bendición por vuestra diligencia, humildad y la oración de fe».

Le pregunté: «Hermano García, ¿cuáles son las tres claves?».

Él me contestó tímidamente: «Humillarse, ser diligente y orar con fe».

Entonces le dije: «Generalmente el Señor no se repite de inmediato en el versículo siguiente, pero en este caso lo hizo, quizás debido a que pensaba que nosotros no íbamos a captar Su mensaje». Y entonces leímos los versículos 80 y 81: «Y si sois diligentes y humildes, y ejercitáis la oración de fe, he aquí, ablandaré el corazón de vuestros acreedores, hasta que os envíe los medios para libraros.

«Por tanto, escribid luego a Nueva York, escribid con­forme a lo que dictare mi Espíritu, y ablandaré el corazón de vuestros acreedores para que sea quitado de sus mentes el deseo de afligiros».

«Hermano García», le dije, «el Señor ablandará el cora­zón de las personas a quienes usted debe dinero, o el cora­zón de la persona encargada de darle un empleo. ¿Quién enviará los medios para librarle?».

«El Señor», respondió él.

«Hermano García», le dije, «fíjese en cómo el Señor vuelve a resumirlo todo una vez más en el versículo 82: ‘Y si vosotros sois humildes y fieles, e invocáis mi nombre, he aquí, os daré la victoria’.

Le expresé mi amor y mi testimonio y entonces me fui. Regresé a esa misma ciudad cerca de un año más tarde y en una reunión de capacitación de líderes, por alguna razón, comencé a decir algo sobre esta persona, sin recordar que me encontraba allí mismo. (De haberlo recordado, probable­mente no habría sido tan osado como para hablar de ello.) Empecé a decir algunas cosas sin utilizar el verdadero nombre de esta persona, y de repente un hombre se puso en pie en medio de la congregación, y dijo: «Élder Cook, el hom­bre de quien está hablando es mi amigo, quien está aquí, sen­tado a mi lado. Él es demasiado modesto como para decirle esto, pero yo lo haré». Y entonces nos contó esta historia.

Dijo que, al principio, el hermano García había quedado ofendido por nuestra conversación. Económicamente, las cosas siguieron empeorando. Entre un mes y seis semanas, las cosas fueron cuesta abajo, y entonces comenzó a pensar en lo que el obispo y yo le habíamos dicho sobre la humil­dad, la diligencia y la oración de fe. Comenzó a darse cuenta de que el consejo de su obispo era correcto y que debía seguirlo.

Se humilló hasta el polvo y finalmente le dijo al Señor: «Trabajaré en cualquier empleo que quieras darme».

A veces, cuando no tenemos trabajo, no somos lo sufi­cientemente humildes como para aceptar cualquier empleo, pero el proceso no dará comienzo a menos que eliminemos nuestros prejuicios y nuestras pretensiones, y nos humille­mos.

El hombre prosiguió: «Entendió que tenía que salir y comenzar a buscar diligentemente, lo cual no había hecho. Así que entró y salió de todas partes buscando empleo con la oración de fe. Estaba orando y ayunando para que el Señor le diese un trabajo».

Entonces el hermano García se puso en pie y continuó diciendo: «Quizás le sorprenda saber que el trabajo que recibí consistía en cortar césped. ‘Debo sostener a mi familia’, me dije a mí mismo». (Ahí teníamos a un inge­niero que había aceptado un empleo para cortar el césped en la propiedad de un hombre rico. Realmente tuvo que humi­llarse para hacer frente a eso, mas decidió hacerlo.)

Entonces prosiguió: «Desde entonces ha pasado un año, hermano Cook, y le voy a dar estas buenas noticias. En la actualidad poseo la mayor empresa de la ciudad de mante­nimiento de jardines. De hecho, el ayuntamiento me con­trató seis meses después de la experiencia con el obispo y ahora me encargo del césped de toda la ciudad y tengo a veinte hombres trabajando para mí».

Entonces le dije al hermano García: «¿Y qué hay de la ingeniería?»

El respondió: «Olvídese de la ingeniería. Ahora estoy ganando mucho más dinero».

Esta experiencia me enseñó una gran lección sobre la manera en que trabaja el Señor. ¿Por qué toda esta espiritua­lidad funcionó para ese buen hombre? Porque:

  • Se humilló.
  • Estuvo dispuesto a ser diligente y sacrificarse.
  • Superó su orgullo.
  • Oró con fe y lo que pareció ser su más grande prueba se convirtió en la mayor de sus bendiciones.
  • Siguió el consejo de sus líderes del sacerdocio.

¿No podemos todos hacer lo mismo? Cuando nos humillamos y ofrecemos el sacrificio requerido (tal como la diligencia y la oración de fe), el Señor entra en acción. Aquel obispo era un hombre sin estudios y no era sabio en cuanto a la forma del mundo, pero había sido ordenado obispo en la Iglesia y entendía que tenía que orar al Señor para recibir respuestas y ayudar a su gente. Entonces llegó el ingeniero que ganaba diez veces más que el obispo y que tenía una mejor educación,- pero fue el obispo el que reci­bió la respuesta.

Puede que nadie conozca las respuestas a todos nuestros problemas temporales, pero las Escrituras nos enseñan cierto número de principios que son muy claros. He aquí unas pocas de estas claves:

  1. Confiar en el Señor. Si quiere ser bendecido temporalmente, siga el consejo que el Señor da en D&iC 104:78-82, incluyendo las instrucciones referentes a las deudas.

Las claves de estos versículos son verdaderas y podero­sas. Asegurémonos de enseñarlas a nuestros hijos.

  1. Guardar los mandamientos. El segundo principio para solucionar nuestros problemas temporales es guardar los mandamientos. Las Escrituras están llenas de este mandato y el Señor ha dicho en muchas ocasiones que nos bendecirá temporal y espiritualmente si somos obedientes.

Permítame mencionar tres mandamientos que se rela­cionan específicamente con las bendiciones temporales:

El diezmo. El Señor ha prometido enormes bendiciones a los que paguen fielmente su diezmo. ¿Hacía Él excepción de las viudas? No. Aunque eran muy pobres, también paga­ban el diezmo. ¿Hace excepción de los niños? No. A veces esto es muy difícil de entender para la gente muy pobre. Aún así, cuando el significado de la verdad comienza a flo­recer en sus mentes, ellos realmente están impregnados de ella.

Algunas personas casi no tienen nada pero, del mismo modo, les enseñamos a pagar un diezmo de sus ingresos. He oído a algunas personas decir: «No tengo nada». Pero sí tie­nen. ¿Están ganando sólo cincuenta dólares al mes para mantener a su familia? Aún así tienen que pagar el diezmo. El Señor no hizo excepciones y ésta es la manera en que puede bendecirles. Debemos enseñar claramente este prin­cipio a todos nuestros hijos como parte de la respuesta a los problemas (véase Malaquías 3:8-11; D&C 119).

Ofrendas de ayuno. Todos hemos oído muchas historias y puedo compartir mi testimonio personal, al igual que usted, de las bendiciones que se reciben al dar las ofrendas de ayuno. Enseñemos esto mismo a nuestros hijos.

En Mateo 6:25-33, el Señor enseñó: «No os afanéis por vuestra vida, qué habéis de comer o qué habéis de beber; ni por vuestro cuerpo, qué habéis de vestir».

¿De qué tipo de problemas estaba hablando? De proble­mas temporales.

«¿No es la vida más que el alimento, y el cuerpo más que el vestido?»

Nuevamente está colocando en perspectiva lo espiritual y lo temporal, y continúa diciendo:

«Mirad las aves del cielo, que no siembran, ni siegan, ni recogen en graneros,- y vuestro Padre celestial las alimenta. ¿No valéis vosotros mucho más que ellas?»

Piense en esto por un minuto. Aquí tenemos las aves del Señor, y parece que Él las cuida, ¿verdad? Y el Señor nos dice: «¿No valéis vosotros mucho más que ellas?». «¿Cómo podría yo cuidar de ellas y no daros algunas promesas relati­vas a vuestro bienestar temporal?»

«¿Y quién de vosotros podrá, por mucho que se afane, añadir a su estatura un codo? Y por el vestido, ¿por qué os afanáis? Considerad los lirios del campo, cómo crecen: no trabajan ni hilan; pero os digo, que ni aun Salomón con toda su gloria se vistió así como uno de ellos».

Una vez más, piense en lo que nos está diciendo. Él ha proporcionado la belleza de los campos y de las flores, que ni siquiera trabajan por ello. ¿No somos nosotros mucho mayores que los lirios? Y entonces recibimos esta gran pro­mesa en el versículo 30: «Y si la hierba del campo que hoy es, y mañana se echa en el horno, Dios la viste así, ¿no hará mucho más a vosotros, hombres de poca fe?»

¿Cuál es el problema? La poca fe.

«No os afanéis, pues, diciendo: ¿Qué comeremos, o qué beberemos, o qué vestiremos? Porque los gentiles buscan todas estas cosas; pero vuestro Padre celestial sabe que tenéis necesidad de todas estas cosas».

Muchas personas han citado el siguiente versículo pero sin ser conscientes de la importancia de todo lo que le pre­cede: «Más buscad primeramente el reino de Dios y su jus­ticia, y todas estas cosas [las cosas temporales] os serán añadidas».

No se espera que estemos demasiado preocupados por el trabajo aunque sí es un mandamiento el hacerlo. Pero hay una gran necesidad de fe. El Señor promete bendecirnos económica y espiritualmente si depositamos nuestra fe en Él.

A mi entender, habiendo vivido en muchos países lati­noamericanos, no hay excepción. He estado en cientos y cientos de hogares y me he arrodillado en suelos verdadera­mente humildes, en chozas de bambú y todo lo demás. No he visto excepción alguna para que el Señor no derrame Sus bendiciones temporales sobre Su pueblo si tan sólo ellos ejercen fe en Él y hacen lo que les ha mandado. Los proble­mas se solucionarán, no de manera mágica, pero Él les dará una oportunidad aquí y otra allí, y comeuzarán a crecer y a desarrollarse y salir de los serios problemas económicos a los que hacen frente. Le testifico de la veracidad de este hecho.

El día de reposo. Creo que existe una relación directa entre honrar el día de reposo y ser bendecido tanto tempo­ral como espiritualmente. Debemos enseñar este principio a nuestros hijos. El Antiguo Testamento está repleto de estas referencias y haría usted bien en buscarlas en la Guía para el Estudio de las Escrituras. Me referiré a un pasaje que se encuentra en Doctrina y Convenios 59:16-20, donde el Señor da una promesa respecto a santificar el día reposo:

De cierto os digo, que si hacéis esto, la abun­dancia de la tierra será vuestra, las bestias del campo y las aves del cielo, y lo que trepa a los árbo­les y anda sobre la tierra; sí, y la hierba y las cosas buenas que produce la tierra, ya sea para alimento o vestidura, o casas, alfolíes, huertos, jardines o viñas; sí, todas las cosas que de la tierra salen, en su sazón, son hechas para el beneficio del hombre, tanto para agradar la vista como para alegrar el corazón; sí, para ser alimento y vestidura, para gus­tar y oler, para vigorizar el cuerpo y animar el alma.

Y complace a Dios haber dado todas estas cosas al hombre; porque para este fin fueron creadas, para usarse con juicio, no en exceso, ni por extorsión ¡énfasis añadido).

Resulta interesante que la abundancia de la tierra nos sea dada para alimento, vestidura o incluso, un hogar. En otras palabras, si obedecemos esta ley, el Señor nos bende­cirá tanto temporal como espiritualmente.

Testifico que la obediencia al día de reposo tiene un impacto directo sobre nuestro estado financiero y el de nuestros hijos.

  1. Obedecer los principios de estabilidad económica. Enseñaremos a nuestros hijos a ser económicamente esta­bles, lo cual quiere decir que:
  2. Evitaremos la deuda como si de una plaga se tratase. Haremos todo lo posible para no contraer deudas (con excepción de gastos a largo plazo de carácter extraordinario, como para la vivienda o la educación), o, si tenemos deudas, saldremos de ellas lo antes posible, con toda urgencia. No compraremos cosas a crédito ni nos veremos envueltos en pagos a plazos.
  3. Ahorraremos parte de nuestros ingresos sin falta. Siempre «pagaremos al Señor» en primer lugar por medio del diezmo, para luego «pagarnos a nosotros mismos» por medio de nuestros ahorros.
  4. Distinguiremos claramente entre necesidades y deseos, y saciaremos únicamente nuestras necesidades. Estaremos en guardia constante contra los excesos que intentan que satisfagamos nuestros deseos, lo cual nos hará caer en dificultades económicas.
  5. Siempre mantendremos un presupuesto familiar o personal. No sólo registraremos los gastos sino que planea­ remos por adelantado qué cosas debemos comprar y nos limitaremos a esa cantidad de dinero.
  6. Viviremos dentro de nuestros medios. Hace falta mucha humildad para hacerlo, pero no hay duda de que el vivir más allá de nuestras posibilidades es contrario a los mandamientos. Seremos frugales en toda nuestra existen­cia.

Si enseñamos fielmente estos principios a nuestros hijos y ellos aprenden a vivirlos, se evitarán o solucionarán la mayoría de sus problemas económicos. El Señor es fiel a sus promesas. Si aprendemos los principios y los vivimos, seremos bendecidos tanto espiritual como temporalmente. Enseñemos por tanto a nuestros hijos la importancia de trabajar en casa y en su puesto de trabajo, y entonces les prepararemos correctamente para la edad madura y para poder una vida plena y productiva. Que el Señor nos ben­diga para enseñarles los principios relacionados con las finanzas y aquellos que gobiernan tanto las bendiciones temporales como espirituales. El vivir y enseñar estos prin­cipios en su hogar le será de gran ayuda para criar una fami­lia celestial.

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Una respuesta a Como criar una familia Celestial

  1. Stella Maris Gabba dijo:

    Me ayuda a tener esperanza

    Me gusta

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