El andar a la luz del testimonio

El andar a la luz del testimonio

¿Cómo puede la luz de nuestro testimonio crecer hasta llegar “al intenso fulgor de la convicción”?

Durante más de 32 años, Harold B. Lee fue un testigo especial del Salvador Jesucristo, y testificó: “Con toda solemnidad, y con toda mi alma, les doy mi testimonio de que sé que Jesús vive, de que Él es el Salvador del mundo”1.

Al hablar de cómo obtener un testimonio, dijo:

“En una ocasión recibí la visita de un joven sacerdote católico que iba acompañado de un misionero de estaca del estado de Colorado. Cuando le pregunté cuál era el motivo de su visita, me respondió: ‘He venido a verle a usted’.

“ ‘¿Puedo preguntarle por qué?’ ”, le dije.

“ ‘Bueno’, me contestó, ‘he andado buscando ciertos conceptos que no he podido hallar, pero creo que empiezo a descubrirlos en la comunidad mormona’.

“Eso condujo a una conversación de media hora. Le dije: ‘Padre, cuando el corazón comience a decirle lo que su intelecto no sabe, será porque estará recibiendo el Espíritu del Señor’.

“Sonrió y dijo: ‘Creo que eso ya me está ocurriendo’.

“ ‘Entonces no espere mucho’, le señalé.

“Unas semanas después, me llamó por teléfono y me informó: ‘El sábado que viene me voy a bautizar y seré miembro de la Iglesia, porque el corazón me dijo lo que mi intelecto no sabía’.

“Se convirtió. Vio lo que debía haber visto. Oyó lo que debía haber oído. Comprendió lo que debía haber comprendido e iba a actuar de conformidad con ello. Tenía un testimonio”2.

Enseñanzas de Harold B. Lee

¿Qué es un testimonio?

Un testimonio se puede definir sencillamente como revelación divina a la persona de fe. El salmista hizo eco al mismo pensamiento: “…el testimonio de Jehová es fiel…” (Salmos 19:7). Pablo, el apóstol, indicó: “…nadie puede llamar a Jesús Señor [o sea, saber que Jesús es el Señor], sino por el Espíritu Santo” (1 Corintios 12:3). Además, los profetas han enseñado: “…si pedís con un corazón sincero, con verdadera intención, teniendo fe en Cristo, él os manifestará la verdad de ellas por el poder del Espíritu Santo; y por el poder del Espíritu Santo podréis conocer la verdad de todas las cosas” (Moroni 10:4–5)…

¡Dios vive! ¡Jesús es el Salvador de este mundo! ¡El Evangelio de Jesucristo que se encuentra en su plenitud tanto en las Escrituras antiguas como en las modernas es verdadero! Sé estas cosas por el testimonio que el Espíritu ha dado a mi espíritu3.

Permítanme contarles una experiencia que tuve con un ejecutivo. Su esposa y sus hijos son miembros, pero él no lo es… Me comentó: “No puedo unirme a la Iglesia mientras no obtenga un testimonio”. Yo le dije: “La próxima vez que visite Salt Lake, venga a conversar conmigo”. Unas semanas después, mientras charlábamos tras terminar una reunión de negocios, le dije: “No sé si usted se da cuenta de si tiene un testimonio o no; ni si sabe lo que es un testimonio”. Entonces quiso saber lo que es un testimonio, y le contesté: “Cuando llegue el momento en que el corazón le diga cosas que su intelecto no sabe, será porque el Espíritu del Señor se lo estará haciendo saber”. Y luego añadí: “A medida que he llegado a conocerle, he entendido que hay cosas que usted sabe en su corazón que son verdaderas; ningún ángel va a venir a darle golpecitos en el hombro para decirle que esto es verdadero”. El Espíritu del Señor es como dijo el Maestro: “El viento sopla de donde quiere, y oyes su sonido; mas ni sabes de dónde viene, ni a dónde va; así es todo aquel que es nacido del Espíritu” (Juan 3:8). Y así le dije a mi amigo, el ejecutivo: “Recuerde que no recibirá su testimonio de un modo espectacular, pero cuando lo reciba, lágrimas de regocijo mojarán su almohada de noche. Y usted sabrá, mi querido amigo, cuando reciba ese testimonio”4.

Les doy mi testimonio de que sé que el Salvador vive, de que el testimonio más poderoso que puedan tener de que Él vive lo reciben cuando el poder del Espíritu Santo da testimonio al alma de ustedes de que Él vive. Más potente que el verle, más intenso que el andar y el hablar con Él es ese testimonio del Espíritu mediante el cual serán ustedes juzgados si se vuelven en contra de Él. Es responsabilidad de todos ustedes, y también es responsabilidad mía, establecer ese testimonio. De continuo nos preguntan: ¿Cómo se recibe revelación? El Señor dijo en una revelación manifestada a los primeros líderes: “Sí, he aquí, hablaré a tu mente y a tu corazón por medio del Espíritu Santo que vendrá sobre ti y morará en tu corazón. Ésa es la revelación mediante la cual Moisés condujo a los hijos de Israel a través del Mar Rojo”. [Véase D. y C. 8:2– 3.] El que ese Espíritu haya dado testimonio a nuestro espíritu ha sido revelación de Dios Todopoderoso5.

[Cuando murió Lázaro, el Salvador dijo a Marta:] “Yo soy la resurrección y la vida; el que cree en mí, aunque esté muerto, vivirá. Y todo aquel que vive y cree en mí, no morirá eternamente”. Entonces, mirando a Marta, Él le preguntó: “¿Crees esto?”. Y en lo más profundo del alma de esa humilde mujer algo despertó y dijo con la misma convicción con la que Pedro lo había dicho: “Sí, Señor; yo he creído que tú eres el Cristo, el Hijo de Dios, que has venido al mundo” [Juan 11:25–27].

¿De dónde sacó ella eso? No provino del leer libros, ni del estudiar teología, ni ciencias ni filosofía. Había recibido un testimonio en el corazón, del mismo modo que Pedro lo había recibido. Si el Maestro le hubiese contestado, le habría dicho: “Bienaventurada eres, María, porque no te lo reveló carne ni sangre, sino mi Padre que está en los cielos”… La más preciada de todas las cosas que puedan poseer es tener en el corazón el testimonio de que estas cosas son verdaderas6.

No muchas personas han visto al Salvador cara a cara aquí, en la vida terrenal, pero cada uno de los que hemos sido bendecidos para recibir el don del Espíritu Santo después del bautismo puede tener la certeza perfecta de Su existencia, como si le hubiese visto. En efecto, si tenemos fe en la realidad de Su existencia, aunque no hayamos visto, como el Maestro lo dio a entender en lo que dijo a Tomás, mayor es la bendición para “los que no vieron, y creyeron” (Juan 20:29), “porque por fe andamos, no por vista” (2 Corintios 5:7). Al creer, aunque no le hayamos visto, nos alegramos con gozo inefable, obteniendo el fin de nuestra fe, que es la salvación de nuestras almas (véase 1 Pedro 1:8–9)7.

¿Podemos resumir, entonces, y decir que la persona que ha recibido un testimonio verdadero ha recibido una revelación del Dios viviente, y que de lo contrario, no tendría el testimonio? Luego, quien tiene un testimonio ha recibido el don de profecía, ha tenido el espíritu de revelación; ha tenido el don mediante el cual los profetas han podido hablar cosas referentes a sus responsabilidades…

Que el Señor nos ayude a todos a esforzarnos por obtener ese testimonio que es de la mayor importancia en nuestra preparación para saber. Cuando finalmente llegamos a obtener ese conocimiento divino de que José Smith fue y es un profeta y de que el Evangelio es verdadero, todas las demás dificultades aparentes se desvanecen como desaparece la densa escarcha ante los rayos del sol naciente8.

¿De qué modo nos preparamos para recibir un testimonio?

Se dice que [el Salvador] dijo: “…el reino de Dios está entre vosotros” (Lucas 17:21), o sea, “el reino de Dios está en medio de vosotros”. Al pensar en las palabras “…el reino de Dios está entre vosotros”, recordé una experiencia que tuvimos con un grupo de alumnos de la Universidad Brigham Young… en la “Casa del León”; allí, a dieciséis de ellos, que representaban a dieciséis países extranjeros, se les pidió que se pusiesen de pie y contaran cómo llegaron a saber acerca del Evangelio y a aceptarlo… y que expresaran su testimonio. Fue una velada sumamente interesante. Oímos a jóvenes y a señoritas de México, Argentina, Brasil, los países escandinavos, Francia e Inglaterra.

La descripción era la misma. Cuando comenzaban a relatar cómo llegaron a encontrar el Evangelio, indicaban lo siguiente: Anhelaban hallar la verdad; buscaban la luz; no se sentían satisfechos y, en medio de su búsqueda, alguien llegó a ellos con las verdades del Evangelio. Oraron en cuanto a ello y buscaron al Señor con intensidad, con empeño, con todo el corazón y llegaron a recibir un testimonio divino mediante el cual supieron que éste es el Evangelio de Jesucristo… Por tanto, dentro del alma de cada uno, de todo sincero buscador de la verdad que tenga el deseo de saber y que estudie con verdadera intención y fe en el Señor Jesucristo, puede estar el reino de Dios, o, en otras palabras, el poder para recibirlo es suyo9.

Es fundamentalmente importante que, para que la persona reciba un testimonio, su vida sea recta y pura, pues de no ser así, el Espíritu no puede testificar en cuanto a la divinidad de la misión del Señor o de esta obra en nuestra época10.

El primer elemento indispensable… para obtener un testimonio es asegurarse de que el estado espiritual personal se encuentre en el debido orden. La mente y el cuerpo de la persona deben ser limpios para que den cabida al don del Espíritu Santo por medio del cual puede conocer la realidad de las cosas espirituales11.

La conversión debe significar algo más que el hecho de estar inscrito como miembro de la Iglesia, con un recibo de diezmos, una cédula de miembro, una recomendación para el templo, etc.; significa vencer la tendencia a criticar y esforzarse constantemente por mejorar en lo que respecta a superar las debilidades interiores y no tan sólo las apariencias exteriores12.

Junto con los misioneros, decimos a las personas a las que enseñan: “No les pedimos que se unan a la Iglesia sólo para anotar su nombre en los registros. Ése no es nuestro interés. Venimos a ustedes a ofrecerles el mejor obsequio que el mundo puede dar: el obsequio del reino de Dios. Es para ustedes si tan sólo lo aceptan y creen”. Éste es nuestro desafío al mundo: “Nosotros les enseñamos las doctrinas de la Iglesia de Jesucristo y les damos testimonio de la divinidad de la obra, pero el testimonio de la veracidad de lo que les enseñamos tienen que recibirlo mediante su propia búsqueda”.

A las personas que enseñamos, les decimos: “Ahora, ustedes pregunten al Señor. Estudien, pongan manos a la obra y oren”. Ése es el procedimiento por medio del cual las personas entran en la Iglesia y ha sido el mismo camino que desde el principio han seguido los sinceros de corazón de todas partes que se han unido a la Iglesia13.

Al levantar Jesús la mirada en oración cuando “su hora había llegado” [véase Juan 17:1], expresó una verdad profunda que debiera estar llena de significado para toda alma: “Y esta es la vida eterna: que te conozcan a ti, el único Dios verdadero, y a Jesucristo, a quien has enviado” (Juan 17:3). En tanto que esa expresión tiene un significado más profundo que el que trataré en esta ocasión, quisiera extraer un concepto de ella: ¿Cómo se puede conocer al Padre y al Hijo?… Comenzamos a adquirir ese conocimiento por medio del estudio. El Salvador nos aconsejó: “Escudriñad las Escrituras; porque a vosotros os parece que en ellas tenéis la vida eterna; y ellas son las que dan testimonio de mí”(Juan 5:39). En ellas se encuentra la historia de los tratos de Dios con el hombre en cada dispensación, así como las obras y las palabras de los profetas y las del Salvador mismo “inspirada por Dios”, como dijo el apóstol Pablo, “y útil para enseñar, para redargüir, para corregir, para instruir en justicia, a fin de que el hombre de Dios sea perfecto, enteramente preparado para toda buena obra” (2 Timoteo 3:16–17). Los jóvenes no deberían dejar pasar ni un solo día sin leer esos libros sagrados.

Pero no basta aprender simplemente de Su vida y obras por medio del estudio. En respuesta a la pregunta referente a cómo se podía saber de Él y de Su doctrina, el Maestro respondió: “El que quiera hacer la voluntad de Dios conocerá [si la doctrina es de Dios]…” (Juan 7:17). ¿Considerarían que una autoridad en ciencias fuese una persona que no hubiera hecho nunca un experimento en un laboratorio? ¿Harían mucho caso a los comentarios de un crítico en música que no supiese música o a los de un crítico en arte que no supiese pintar? Del mismo modo, una persona como ustedes que quiera “conocer a Dios” debe ser una persona que haga la voluntad Dios, que guarde los mandamientos de Dios y que practique las virtudes que vivió Jesús14.

El adquirir conocimiento por la fe no es un camino fácil hacia el aprendizaje, puesto que exige un arduo esfuerzo y una lucha constante mediante la fe…

En resumen, el aprender por la fe no es tarea para el ocioso. Alguien ha dicho, aunque con otras palabras, que tal procedimiento exige el aplicar el alma entera, el rastrear y reunir los más profundos sentimientos y pensamientos, y enlazarlos con Dios: debe establecerse la debida conexión. Sólo entonces se verifica el “conocimiento por la fe”15.

¿Qué podemos hacer para fortalecer nuestro testimonio?

[El Maestro dijo a Pedro:] “Satanás os ha pedido para zarandearos como a trigo; pero yo he rogado por ti, que tu fe no falte; y tú, una vez vuelto [o sea, convertido], confirma a tus hermanos” (Lucas 22:31–32). Ahora bien, fíjense en que dijo eso al principal de los Doce: He orado por ti; ahora ve y conviértete, y, una vez que te hayas convertido, ve y fortalece a tu hermano. Ello significa [que podemos] “desconvertirnos” del mismo modo que podemos convertirnos. El testimonio es algo que tienen hoy, pero que podrían no tener siempre16.

El testimonio es tan fugaz como un rayo de luna; tan frágil como una orquídea; tienen que volver a retenerlo todas las mañanas de su vida. Tienen que sujetarlo con el estudio, con la fe y con la oración. Si se permiten llenarse de enojo, si se permiten andar en malas compañías, si prestan oído a cuentos malos, si estudian temas malos, si participan en prácticas pecaminosas, todo eso les irá quitando la sensibilidad espiritual hasta llegar a apartarlos del Espíritu del Señor y será como si salieran de un salón tan iluminado como éste para entrar en un lugar de tinieblas17.

Lo que poseen hoy de testimonio no será de ustedes mañana si no hacen algo con respecto a él. Su testimonio va a aumentar o va a disminuir, y eso dependerá de ustedes. ¿Recordarán, entonces, la responsabilidad que tienen sobre sus hombros? El Señor ha dicho: “El que quiera hacer la voluntad de Dios, conocerá si la doctrina es de Dios, o si yo hablo por mi propia cuenta” (Juan 7:17)18.

Ningún Santo de los Últimos Días que se haya convertido verdaderamente puede ser inmoral. Ningún Santo de los Últimos Días en verdad convertido puede ser poco honrado, ni mentir ni robar. Eso significa que uno puede tener un testimonio en el día de hoy, pero, si se degrada y hace lo que contradice las leyes de Dios, es porque ha perdido su testimonio y tendrá que luchar para volver a recuperarlo. El testimonio no es algo que tienen hoy y que conservarán siempre. El testimonio va a ir creciendo y creciendo hasta llegar al intenso fulgor de la convicción, o va a ir disminuyendo hasta llegar a nada, según lo que ustedes hagan con respecto a él. Afirmo que el testimonio que volvemos a retener día tras día es lo que nos salva de las trampas del adversario19.

¿Por qué es el testimonio un ancla para el alma?

Hubo una ocasión durante el ministerio [de Cristo] en la que Pedro, el principal de Sus Apóstoles, expresó fervientemente su fe y su testimonio de la divinidad de la misión del Maestro: “Tú eres el Cristo, el Hijo del Dios viviente”. El Señor contestó a Pedro, diciendo: “…no te lo reveló carne ni sangre, sino mi Padre que está en los cielos” y que sobre “esta roca” —o, en otras palabras, el testimonio revelado por el Espíritu Santo, la revelación de que Jesús es el Cristo— estaba edificada Su Iglesia, “y las puertas del Hades no prevalecerán contra ella” (Mateo 16:16– 18)20.

La hora se acerca y se les está presentando ahora mismo… en la que si no tienen ese testimonio de la certeza de que estas cosas [el Evangelio, la Iglesia, etc.] son verdaderas no podrán resistir las tempestades que van a golpear contra ustedes e intentar sacarlos de sus amarraderos hoy. Pero si saben con toda el alma que estas cosas son verdaderas… sabrán quién es Jesús su Salvador y quién es Dios su Padre; sabrán lo que es la influencia del Espíritu Santo. Si saben esas cosas, permanecerán firmes como un ancla en medio de las tempestades que den con ímpetu contra su casa, como lo describió el Maestro en Su parábola: que el que oye Sus palabras y guarda Sus mandamientos será como la casa que fue edificada sobre la roca y cuando vino la tempestad y vinieron ríos que golpearon contra la casa, y soplaron vientos, no cayó, porque estaba fundada sobre la roca. “Pero cualquiera que me oye estas palabras y no las hace, le compararé a un hombre insensato, que edificó su casa sobre la arena; y descendió lluvia, y vinieron ríos, y soplaron vientos, y dieron con ímpetu contra aquella casa; y cayó, y fue grande su ruina” (Mateo 7:26–27).

El Maestro estaba diciendo, y yo se lo digo a ustedes en esta ocasión, que las lluvias del desastre, las lluvias de la dificultad, las inundaciones y los vientos de las grandes tribulaciones van a golpear contra la casa de cada uno de ustedes. Habrá tentaciones de pecar, tendrán aflicciones, tendrán dificultades que les saldrán al paso en la vida. Los únicos que no caerán cuando les sobrevengan esas pruebas serán los que hayan fundado su casa sobre la roca del testimonio. Sabrán sea lo que fuere que les sobrevenga; no podrán permanecer en pie con luz prestada. Sólo podrán permanecer con la luz que tengan y que hayan recibido por el testimonio del Espíritu que todos ustedes tienen derecho de recibir21.

No es suficiente que los Santos de los Últimos Días sigamos a nuestros líderes y aceptemos su consejo; tenemos la responsabilidad mayor de obtener por nosotros mismos el testimonio inquebrantable de la divina designación de esos hombres y el testimonio de que lo que nos han dicho es la voluntad de nuestro Padre Celestial22.

Vengo a ustedes en el día de hoy en calidad de testigo especial, y, sobre todo lo demás, con la responsabilidad que en mí se ha depositado de dar ese testimonio. He vivido momentos de íntima compenetración en los que he llegado a saber con certeza. Al buscar el Espíritu para dar un mensaje sobre el tema de la Pascua, la resurrección del Señor, me he encerrado en una habitación para leer los cuatro Evangelios, en particular hasta la Crucifixión y la Resurrección, y algo me ha ocurrido. Mientras leía, era prácticamente como si hubiese estado reviviendo el acontecimiento mismo y no tan sólo leyendo un relato. Después de eso, he pronunciado el mensaje y he dado testimonio de que, ahora, como el más pequeño de mis hermanos, yo también tengo un testimonio de la muerte y de la resurrección de nuestro Señor y Maestro. ¿Por qué? Porque algo había ardido dentro de mi alma y podía hablar con la convicción que no admite asomo de duda. Ustedes también pueden experimentar eso. Y lo más satisfactorio del mundo, la mejor ancla para el alma de ustedes, en los momentos de tribulación, en los momentos de tentación, en los momentos de enfermedad, en los momentos de indecisión, en los momentos de dificultades y de esfuerzo [es que] pueden saber con certeza absoluta, que no admite duda alguna, que Dios vive23.

Sugerencias para el estudio y el análisis

    • ¿Por qué es la revelación del Santo Espíritu “el testimonio más poderoso que puedan tener” de que el Salvador vive?

    • ¿Qué consejo dio el presidente Lee con respecto a cómo recibir un testimonio del Evangelio? ¿Qué les ha servido para recibir el testimonio que tienen?

    • ¿Cómo podemos llegar a conocer a nuestro Padre Celestial y a Jesucristo?

    • ¿Qué consideran que quiso decir el presidente Lee cuando indicó: “El testimonio es tan fugaz como un rayo de luna… tienen que volver a retenerlo todas las mañanas de su vida”?

    • ¿Qué puede hacer que nuestro testimonio disminuya o muera? ¿Qué debemos hacer para que la luz de nuestro testimonio crezca “hasta llegar al intenso fulgor de la convicción”?

    • Una vez que obtenemos un testimonio, ¿cómo podemos ayudar a los demás para que fortalezcan el de ellos?

    • ¿Por qué el conocimiento de que Dios vive es el ancla de nuestra alma en los momentos de dificultades? ¿En qué ocasiones su testimonio del Salvador ha sido una fuente de fortaleza para ustedes?

Notas

1. “ ‘But Arise and Stand upon Thy Feet’—and I Will Speak with Thee”, discurso pronunciado en la Universidad Brigham Young, el 7 de febrero de 1956, pág. 2, Archivo General del Departamento Histórico, La Iglesia de Jesucristo de los Santos de los Últimos Días.
2. Stand Ye in Holy Places, 1974, págs. 92–93.
3. Stand Ye in Holy Places, págs. 193, 196.
4. The Teachings of Harold B. Lee, editado por Clyde J. Williams, 1996, págs. 140–141.
5. Discurso pronunciado en la conferencia que se celebró en Lausana, Suiza, el 26 de septiembre de 1972, pág. 8, Archivo General del Departamento Histórico, La Iglesia de Jesucristo de los Santos de los Últimos Días.
6. Discurso pronunciado en Pocatello, Idaho, el 9 de marzo de 1973, Archivo General del Departamento Histórico, La Iglesia de Jesucristo de los Santos de los Últimos Días.
7. The Teachings of Harold B. Lee, pág. 93.
8. “Church and Divine Revelation”, 1954, págs. 17, 23, Archivo General del Departamento Histórico, La Iglesia de Jesucristo de los Santos de los Últimos Días.
9. En “Conference Report”, octubre de 1953, págs. 26–27.
10. The Teachings of Harold B. Lee, pág. 133.
11. The Teachings of Harold B. Lee, pág. 137.
12. Véase “La barra de hierro”, Liahona, octubre de 1971, pág. 7.
13. The Teachings of Harold B. Lee, págs. 135–136.
14. Decisions for Successful Living, 1973, págs. 39–40; dividido en párrafos.
15. The Teachings of Harold B. Lee, pág. 331.
16. The Teachings of Harold B. Lee, pág. 138.
17. The Teachings of Harold B. Lee, pág. 139.
18. The Teachings of Harold B. Lee, pág. 135.
19. The Teachings of Harold B. Lee, pág. 139.
20. Stand Ye in Holy Places, pág. 40.
21. The Teachings of Harold B. Lee, pág. 140.
22. The Teachings of Harold B. Lee, pág. 133.
23. Education for Eternity, “The Last Message”, disertación en el Instituto de Religión de Salt Lake, 15 de enero de 1971, pág. 11.

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Los primeros principios y ordenanzas del Evangelio

Los primeros principios y ordenanzas del Evangelio

¿Cómo podemos ser más fieles en la obediencia a los primeros principios y ordenanzas del Evangelio y perseverar hasta el fin?

Llegar a ser puro y santo en el modo de vivir y de ser es el deseo de todo fiel Santo de los Últimos Días. El presidente Harold B. Lee enseñó que la manera de alcanzar la pureza y la santidad es aceptar los primeros cuatro principios y ordenanzas del Evangelio, que son: fe en el Señor Jesucristo, arrepentimiento, bautismo y recibir el don del Espíritu Santo; y, en seguida, perseverar hasta el fin en el cumplimiento de todos los mandamientos de Dios. El presidente Lee dijo:

“Las leyes de Dios que se han dado al género humano se encuentran plasmadas en el plan del Evangelio, y la Iglesia de Jesucristo tiene la responsabilidad de enseñar esas leyes al mundo. Las ha dado nuestro Padre Celestial con un solo fin: el de que ustedes que son gobernados por la ley sean también preservados por la ley y por ella sean perfeccionados y santificados (véase D. y C. 88:34). El máximo de todos los dones de Dios es ser salvos en Su reino”1.

Además, enseñó: “El conocimiento de Dios y de Jesús, Su Hijo, es fundamental para la vida eterna, pero el guardar los mandamientos de Dios debe preceder a la adquisición de ese conocimiento o inteligencia”2.

En este capítulo se trata la forma en que los primeros cuatro principios y ordenanzas del Evangelio y el perseverar hasta el fin en la rectitud nos conducen hacia la vida eterna.

Enseñanzas de Harold B. Lee

¿Qué es la fe y de qué modo nos dirige en los esfuerzos que hagamos por recibir la vida eterna?

La fe aplicada a la religión es su principio básico y, en realidad, es la fuente de toda la rectitud que dirige al hombre en sus esfuerzos por obtener la vida eterna en el mundo venidero; se centra en Dios, quien, por medio de la fe, es reconocido como la fuente de todo poder y de toda sabiduría en el universo, y la Inteligencia que dirige “todas las cosas visibles e invisibles que evidencian Su sabiduría”. Por la fe en Dios, entonces, ustedes también… pueden llegar a estar en armonía con el Infinito y, mediante el poder y la sabiduría que obtengan de su Padre Celestial, utilizar los poderes del universo y valerse de ellos cuando los necesiten para solucionar los problemas que sean demasiado grandes para su fortaleza o inteligencia humanas.

¿Cómo [podemos] cultivar esa fe? La respuesta es por medio del estudio, de las obras y de la oración. El apóstol Pablo hizo la pregunta: “…¿Y cómo creerán en aquel de quien no han oído? ¿Y cómo oirán sin haber quién les predique?” (Romanos 10:14). Nosotros debemos responder, ellos no pueden hacerlo. La fe, entonces, sólo se recibe cuando se oye la palabra de Dios de labios de los que predican la verdad. La predicación de la verdad con respecto a Dios y Sus propósitos se ha comparado con el sembrar una semilla: si la semilla es buena, empezará a brotar y a crecer en el corazón de ustedes con las siguientes condiciones: Primero, que se plante en el rico y fértil suelo de la sinceridad y del verdadero deseo; segundo, que se cultive con el estudio y la investigación diligentes; y, tercero, que se riegue con el templado rocío espiritual y se le dé calor con los rayos de la inspiración que provienen de la humilde oración. La cosecha de ese cultivo sólo la recoge quien actúa de acuerdo con las verdades que ha aprendido y reforma su vida de pecado, y llena sus días de resuelto comportamiento al guardar los mandamientos de Dios, en quien tiene fe, y al prestar servicio a su semejantes3.

Por la fe los diez mandamientos del monte Sinaí se transforman de meras banalidades de filósofo en la voz resonante de autoridad desde lo alto, y las enseñanzas de los profetas vienen a ser la palabra revelada de Dios para guiarnos a nuestro hogar celestial… Por la fe llegamos a entender que cualquier cosa que lleve en la vida a revitalizar la norma de Jesús: “Sed, pues, vosotros perfectos, como vuestro Padre que está en los cielos es perfecto” [Mateo 5:48] es para nuestro bien y para nuestro beneficio eterno aun cuando el proceso refinador suponga el castigo severo de Dios que todo lo sabe: “Porque el Señor al que ama, disciplina, y azota a todo el que recibe por hijo” [Hebreos 12:6]4.

Todo hijo debe aprender que la fe necesaria para la perfección sólo se cultiva mediante el sacrificio, y si no aprende a sacrificar sus apetitos y sus deseos [físicos] en obediencia a las leyes del Evangelio, no puede ser santificado ante el Señor5.

¿Por qué es necesario el arrepentimiento diario?

A fin de que el bien florezca, debe cultivarse y ejercitarse mediante la práctica constante, y, para ser verdaderamente recto, es preciso podar todos los días los crecimientos de lo malo en nuestro ser por medio del arrepentimiento diario del pecado…

Ahora bien, ¿qué pasos deben darse para recorrer el camino del arrepentimiento, de manera de ser dignos del perdón de Dios, mediante la redención del sacrificio expiatorio del Maestro, y de recibir los privilegios de la vida eterna en el mundo venidero? Nuestro Padre Celestial, con sabiduría universal, al prever que algunos caerían en pecado y que todos tendríamos necesidad de arrepentirnos, ha proporcionado en las enseñanzas de Su Evangelio y por conducto de la Iglesia el plan de salvación que describe el claramente definido camino del arrepentimiento.

Primero, los que hayan cometido pecados deben confesarlos: “Por esto sabréis si un hombre se arrepiente de sus pecados: He aquí, los confesará y los abandonará” (D. y C. 58:43). La confesión debe hacerse primero a la persona que haya resultado más perjudicada por sus actos. Una confesión sincera no equivale tan sólo a admitir la culpa después de que la prueba se haya puesto en evidencia. De haber “ofendido públicamente a muchas personas”, deberán reconocer su falta públicamente y ante quienes hayan ofendido a fin de que manifiesten su vergüenza, su humildad y buena disposición para recibir la merecida reprensión. De haber sido su acto secreto y de no haber perjudicado a nadie más sino a ustedes mismos, su confesión deben hacerla en secreto, a fin de que nuestro Padre Celestial que oye en lo secreto los recompense en público. Los actos que puedan afectar su condición en la Iglesia, o su derecho a privilegios o a ser avanzados [en el sacerdocio] en la Iglesia, deben confesarlos sin demora al obispo, a quien el Señor ha designado como pastor de cada rebaño y comisionado para que sea juez común en Israel. Él puede oír esa confesión en secreto y tratar el asunto con justicia y misericordia, como lo merezca el caso… Después de la confesión, la persona que se encuentre en pecado debe poner de manifiesto los frutos de su arrepentimiento mediante obras buenas que compensen las malas o que las superen. Debe esforzarse al máximo de lo que le sea posible por restituir debidamente lo que haya quitado o por reparar el daño que haya hecho. Quien así se arrepienta de sus pecados y se aparte totalmente de ellos, para no volver más a repetirlos, tiene derecho a la promesa de recibir el perdón de sus pecados, si es que no ha cometido el pecado imperdonable, como lo manifestó el profeta Isaías: “si vuestros pecados fueren como la grana, como la nieve serán emblanquecidos; si fueren rojos como el carmesí, vendrán a ser como blanca lana” (Isaías 1:18)6.

Reconozcamos que todos hemos hecho algo que no debíamos haber hecho, o que no hemos cumplido con lo que debíamos haber cumplido. Todos, entonces, hemos cometido errores, por lo cual cada uno de nosotros tiene necesidad de arrepentirse. El diablo antiguo desea que piensen que si han cometido un error, ¿por qué no han de seguir cometiéndolo? Es Satanás que intenta decirles que no hay oportunidad alguna de volver atrás. Pero ustedes deben volver el rostro hacia lo recto y, mediante el arrepentimiento, apartarse de lo malo que hayan hecho y no volver a cometerlo nunca más. El Señor ha dicho: “…id y no pequéis más; pero los pecados anteriores volverán al alma que peque [es decir, que vuelva a pecar], dice el Señor vuestro Dios” (D. y C. 82:7)7.

Si han cometido errores, hagan del día de hoy el comienzo de un cambio en su vida. Apártense de lo malo que hayan estado haciendo. El más importante de todos los mandamientos de Dios es aquel que les resulte más difícil de guardar hoy. Si se trata de falta de honradez, de falta de castidad, de falsedad, de no decir la verdad, hoy es el día para comenzar a esforzarse por vencerlo hasta que puedan superar esa debilidad. Corrijan ese problema y en seguida encárguense del siguiente mandamiento que les resulte más difícil de cumplir. Ésa es la forma de santificarse: guardar los mandamientos de Dios8.

¿Por qué es el bautismo una preparación necesaria para comparecer ante Dios?

Cuando entramos en las aguas del bautismo, hicimos el convenio con el Señor de que haríamos todo lo que pudiésemos por guardar los mandamientos de Dios, con el entendimiento de que el Señor nos daría promesas, de que Su gloria sería aumentada para siempre jamás y de que permitiríamos que nuestra vida fuera dirigida [por Dios], de tal manera que seríamos testigos de Dios en todo lugar hasta la muerte. [Véase Mosíah 18:8–10.] Ése fue el convenio que hicimos cuando fuimos bautizados miembros de esta Iglesia9.

El bautismo por inmersión para la remisión de pecados… es para los que hayan llegado a la edad de responsabilidad, una preparación necesaria para comparecer ante nuestro Dios. Por ese medio llegan a ser “hijos de Dios por la fe en Cristo Jesús; porque todos los que habéis sido bautizados en Cristo, de Cristo estáis revestidos” (Gálatas 3:26–27), o, en otras palabras, por medio del bautismo han recibido “poder para ser hijos e hijas de Dios”. [Véase Mosíah 5:7.] Por ese medio pueden aplicar a ustedes mismos la sangre expiatoria de Cristo, para que reciban el perdón de sus pecados y sean purificados sus corazones. [Véase Mosíah 4:2.] Para ser dignos de ese perdón después de haber sido bautizados, deben humillarse, invocar a Dios todos los días y andar constantemente a la luz de las enseñanzas del Evangelio… …Sólo los que se arrepientan y sean bautizados para la remisión de sus pecados tendrán pleno derecho a reclamar la sangre expiatoria de la expiación del Señor10.

El Salvador mismo fue bautizado por Juan el Bautista, como dijo Él, para “…[cumplir] toda justicia” (Mateo 3:15). Si el Señor cumplió así, ¿qué pasa con nosotros? A Nicodemo se le dijo: “…el que no naciere de agua y del Espíritu, no puede entrar en el reino de Dios” (Juan 3:5). El Maestro no dejó ninguna duda en cuanto al porqué del bautismo que Él enseñó.

“Y nada impuro puede entrar en su reino; por tanto, nada entra en su reposo, sino aquellos que han lavado sus vestidos en mi sangre, mediante su fe, y el arrepentimiento de todos sus pecados y su fidelidad hasta el fin” (3 Nefi 27:19).

Por esa razón Pedro amonestó a los que le oían: “Arrepentíos, y bautícese cada uno de vosotros en el nombre de Jesucristo para perdón de los pecados; y recibiréis el don del Espíritu Santo” (Hechos 2:38), porque por medio del bautismo efectuado por quien tenga autoridad, el que lo recibe en realidad puede, con sentido figurado, lavar sus vestidos en la sangre del Hijo de Dios, que expió los pecados de todos los que le reciben y entran por la puerta del redil por medio del bautismo. “Mas si no se arrepienten”, ha dicho el Salvador con claridad, “tendrán que padecer así como yo” (D. y C. 19:17)11.

¿De qué modo nos guía el Espíritu Santo a la presencia del Señor?

A todo miembro bautizado los élderes le han puesto las manos sobre la cabeza y, tras confirmarle miembro de la Iglesia, le han dicho: “Recibe el Espíritu Santo”. En seguida, pueden haber repetido las palabras que el Maestro habló a Sus discípulos cuando les habló del Consolador, o sea, el Espíritu Santo, que había de venir: Te recordará todo. Te enseñará todas las cosas. Te hará saber las cosas que habrán de venir. [Véase Juan 14:26; 16:13.] Entonces, si yo le estuviese confirmando a usted miembro de la Iglesia, le conferiría el don del Espíritu Santo, que siempre será lámpara a sus pies y guía a su camino, que le enseñará todas las cosas y le recordará todo, y le hará saber todas las cosas que habrán de venir12.

El Señor dice: “Y éste es mi evangelio: Arrepentimiento y bautismo en el agua, tras lo cual viene el bautismo de fuego y del Espíritu Santo, sí, el Consolador, el cual manifiesta todas las cosas y enseña las cosas apacibles del reino” (D. y C. 39:6).

Cuando un hombre tiene el don del Espíritu Santo, posee lo que es necesario para revelarle todo principio y ordenanza de salvación relacionados con el hombre aquí en la tierra13.

Lo ideal es decir que, cuando la persona es bautizada en el agua y recibe las bendiciones del Espíritu por la imposición de manos, se ha efectuado en ella un nacer de nuevo. Es un nuevo nacimiento por motivo de que ha sido traída desde esa muerte espiritual a la presencia de uno de los miembros de la Trinidad, a saber, el Espíritu Santo. Por eso, cuando a usted se le confirma, se le dice: “Recibe el Espíritu Santo”. Ese don se da al creyente que es fiel y que vive digno de reclamar esa bendición, el derecho de tener intercomunicación con uno de los miembros de la Trinidad y anular esa muerte espiritual14.

El bautismo por inmersión simboliza la muerte y la sepultura del hombre de pecado, y el salir del agua, la resurrección a una nueva vida espiritual. Después del bautismo, se ponen las manos sobre la cabeza del creyente bautizado y éste es bendecido para recibir el Espíritu Santo. De ese modo, el que ha sido bautizado recibe la promesa o don del Espíritu Santo, o sea, el privilegio de ser llevado nuevamente a la presencia de uno de los miembros de la Trinidad; por su obediencia y fidelidad, el que así es bendecido puede recibir la orientación y la guía del Espíritu Santo en lo que haga y diga todos los días, aun como Adán, en el Jardín de Edén, anduvo y habló con Dios, su Padre Celestial. Recibir esa orientación y guía del Espíritu Santo es nacer de nuevo espiritualmente15.

En los principios básicos del Evangelio —fe, arrepentimiento, bautismo y el recibir el Espíritu Santo, mediante cuyo poder todas las cosas pueden ser reveladas—, podremos comenzar a comprender lo que el profeta José Smith posiblemente quiso decir cuando, en una ocasión en la que le preguntaron por qué esta Iglesia era diferente de todas las demás Iglesias, él respondió que lo era porque tenemos el Espíritu Santo. [Véase History of the Church, tomo IV, pág. 42.] Cuando se tiene ese poder por el cual todas las cosas pueden ser reveladas, se puede establecer la plenitud del Evangelio de Jesucristo16.

¿Cómo podemos perseverar hasta el fin?

¿Cuáles son las leyes y los medios por los cuales recibimos [la bendición de la gloria celestial]? Y bien, tenemos los primeros principios y ordenanzas del Evangelio: fe, arrepentimiento, bautismo y el Espíritu Santo; y en el reino de Dios hay leyes que nos enseñan el camino que conduce a la perfección. Cualquier miembro de la Iglesia que esté aprendiendo a vivir con perfección cada una de las leyes que hay en el reino está aprendiendo la manera de llegar a ser perfecto. No hay ningún miembro de esta Iglesia que no pueda vivir la ley, cada ley del Evangelio, con perfección. Todos podemos aprender a hablar con Dios en oración. Todos podemos aprender a vivir con perfección la Palabra de Sabiduría. Todos podemos aprender a santificar el día de reposo con perfección. Todos ustedes pueden aprender a guardar la ley del ayuno con perfección. Sabemos de qué forma guardar la ley de castidad con perfección. Ahora bien, al aprender a guardar una de esas leyes de un modo perfecto, nos encontramos en el camino que conduce a la perfección17.

Podrían ustedes preguntarme: ¿Cómo se santifica uno, cómo se hace uno santo de manera de que esté preparado para andar en la presencia del Señor?… El Señor dice lo siguiente: “Y además, de cierto os digo que lo que la ley gobierna, también preserva, y por ella es perfeccionado y santificado” (D. y C. 88:34). ¿Qué ley? Las leyes del Señor que se encuentran en el Evangelio de Jesucristo; el guardar esas leyes y ordenanzas constituye el medio por el cual somos purificados y santificados. El guardar cada una de las leyes que el Señor nos ha dado es un paso que nos acerca más al recibir el derecho de entrar un día en la presencia del Señor.

En otra revelación nos ha dado la fórmula mediante la cual podemos prepararnos a medida que vayan pasando los años: “De cierto, así dice el Señor: Acontecerá que toda alma que deseche sus pecados y venga a mí, invoque mi nombre, obedezca mi voz y guarde mis mandamientos, verá mi faz y sabrá que yo soy” (D. y C. 93:1). Sencillo, ¿no es así? Pero presten atención una vez más. Todo lo que tienen que hacer es desechar sus pecados, venir a Él, invocar Su nombre, obedecer Su voz y guardar Sus mandamientos, y entonces verán Su rostro y sabrán que Él es18.

Ésta es la obra del Señor y cuando Él da un mandamiento a los hijos de los hombres, prepara la vía para que cumplan ese mandamiento. Si Sus hijos hacen todo lo que pueden por ayudarse a sí mismos, el Señor bendecirá sus esfuerzos.

…El Señor espera que hagamos todo lo que podamos por salvarnos nosotros mismos, y… después de que hayamos hecho todo lo posible por salvarnos nosotros mismos, podremos apoyarnos en las misericordias de la gracia de nuestro Padre Celestial. Él dio a Su Hijo para que, por medio de la obediencia a las leyes y las ordenanzas del Evangelio, pudiéramos obtener nuestra salvación, pero no sino hasta que hayamos hecho todo lo hayamos podido por nosotros mismos19.

El Señor da a cada uno de nosotros una lámpara para llevar, pero el que tengamos o no aceite en nuestra lámpara depende exclusivamente de cada uno. El que guardemos los mandamientos y nos proveyamos del aceite necesario para iluminar nuestro camino, así como para guiarnos en nuestro recorrido, depende de cada uno de nosotros en forma individual. No podemos depender de nuestra calidad de miembros de la Iglesia para suministrar aceite para nuestra lámpara, ni tampoco podemos depender para ello de un linaje ilustre. El que tengamos o no aceite para nuestra lámpara, repito, depende única y exclusivamente de cada uno de nosotros; eso queda determinado por nuestra fidelidad en el cumplimiento de los mandamientos del Dios Viviente20.

Todos los principios del Evangelio y todas las ordenanzas del Evangelio no son más que una invitación al aprendizaje del Evangelio mediante la práctica de sus enseñanzas. Eso es todo lo que son: una invitación a venir a ponerlas en práctica a fin de que puedan saber… A mí me parece claro que bien podríamos decir que en realidad no llegamos a conocer ninguna de las enseñanzas del Evangelio sino hasta que las hayamos experimentado una por una al vivirlas. En otras palabras, aprendemos el Evangelio cuando lo vivimos21.

El mejor mensaje que el que se encuentre en este lugar podría dar a los miembros de la Iglesia es el de guardar los mandamientos de Dios, puesto que en ello yace la seguridad de la Iglesia y la seguridad de la persona, individualmente. Guarden los mandamientos. Nada podría yo decir que fuese un mensaje más potente ni más importante en el día de hoy22.

Sugerencias para el estudio y el análisis

    • ¿Cómo podemos cultivar una mayor fe en el Señor Jesucristo? ¿Por qué la fe nos ayuda a vivir los mandamientos en lugar de tomarlos a la ligera? ¿En qué ocasión su fe en Dios les ha permitido “solucionar problemas que hayan sido demasiado grandes para su fortaleza o inteligencia humanas”?

    • ¿Por qué es importante la confesión para el proceso del arrepentimiento? ¿Por qué debemos comenzar hoy a arrepentirnos de nuestros pecados y cambiar nuestra vida en lugar de postergar nuestro arrepentimiento para después?

    • ¿En qué forma “con sentido figurado, lavamos nuestros vestidos en la sangre del Hijo de Dios”?

    • Según el presidente Lee, ¿en qué forma el recibir el don del Espíritu Santo nos hace vencer la muerte espiritual? ¿Qué podemos hacer para recibir más plenamente la orientación y la guía del Espíritu Santo “en lo que hagamos y digamos todos los días”?

    • ¿Qué se nos enseña en Doctrina y Convenios 93:1 acerca de la importancia de perseverar hasta el fin en el cumplimiento de los mandamientos?

    • ¿De qué forma el vivir una enseñanza del Evangelio en particular le ha servido a usted para saber que es verdadera?

Notas

1. The Teachings of Harold B. Lee, editado por Clyde J. Williams, 1996, pág. 19.
2. “ ‘And This Is Life Eternal’ ”, Relief Society Magazine, abril de 1950, pág. 225.
3. Decisions for Successful Living, 1973, págs. 75–76.
4. “ ‘Put on the Whole Armor of God’ ”, Church News, 30 de mayo de 1942, pág. 8.
5. “For Every Child, His Spiritual and Cultural Heritage”, Children’s Friend, agosto de 1943, pág. 373.
6. Decisions for Successful Living, págs. 94, 98–99.
7. The Teachings of Harold B. Lee, pág. 115.
8. The Teachings of Harold B. Lee, pág. 82.
9. Discurso pronunciado para la “Mutual Improvement Association”, 1948, pág. 5, Archivo General del Departamento Histórico, La Iglesia de Jesucristo de los Santos de los Últimos Días.
10. Decisions for Successful Living, págs. 116, 118.
11. Stand Ye in Holy Places, 1974, págs. 316–317.
12. Discurso pronunciado en una conferencia para la juventud celebrada en Billings, Montana, el 10 de junio de 1973, pág. 4, Archivo General del Departamento Histórico, La Iglesia de Jesucristo de los Santos de los Últimos Días.
13. Stand Ye in Holy Places, pág. 51.
14. Discurso pronunciado durante la convención de seminarios en Jordan, el 26 de febrero de 1947, pág. 5, Archivo General del Departamento Histórico, La Iglesia de Jesucristo de los Santos de los Últimos Días.
15. The Teachings of Harold B. Lee, pág. 95.
16. Discurso pronunciado durante el seminario para los nuevos presidentes de misión, celebrado el 29 y el 30 de junio de 1972, pág. 5, Archivo General del Departamento Histórico, La Iglesia de Jesucristo de los Santos de los Últimos Días.
17. Discurso pronunciado durante una conferencia de distrito celebrada en Lima, Perú, el 1° de noviembre de 1959, págs. 6–7, Archivo General del Departamento Histórico, La Iglesia de Jesucristo de los Santos de los Últimos Días.
18. The Teachings of Harold B. Lee, pág. 166; dividido en párrafos.
19. En “Conference Report”, Conferencia de Área de Munich, Alemania, 1973, pág. 7.
20. En “Conference Report”, octubre de 1951, pág. 30.
21. “Learning the Gospel by Living It”, discurso pronunciado en la conferencia anual de la Primaria número 52, realizada el 3 de abril de 1958, pág. 3, Archivo General del Departamento Histórico, La Iglesia de Jesucristo de los Santos de los Últimos Días.
22. Ensign, agosto de 1972, cubierta posterior.

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El Cordero que fue inmolado desde el principio del mundo

El Cordero que fue inmolado desde el principio del mundo

¿En qué forma la expiación de Jesucristo anula los efectos de la caída de Adán y nos posibilita volver a la presencia del Padre?

El presidente Harold B. Lee enseñó que debemos comprender la caída del hombre a fin de comprender la expiación del Salvador, la cual anuló los efectos de la Caída e hizo posible la vida eterna. Dijo: “Cuán fundamentalmente importante… es entender la Caída, que hizo necesaria la Expiación y, por tanto, la misión del Señor Jesucristo”1.

El presidente Lee testificaba a menudo de la misión divina del Salvador, sin el cual no podríamos ser librados de la muerte ni del pecado. Dijo: “El hijo de Dios… tenía poder para hacer mundos, para dirigirlos. Él vino aquí como el Hijo Unigénito para cumplir una misión, para ser el Cordero que fue inmolado desde el principio del mundo, para traer la salvación a todo el género humano. Al dar Su vida, Él abrió la puerta a la resurrección y enseñó el camino por el cual podemos obtener la vida eterna, lo cual significa volver a la presencia del Padre y del Hijo. Eso era lo que Jesús fue en toda Su grandiosidad”2.

En este capítulo se tratan la caída de Adán y Eva, la expiación del Salvador que anuló los efectos de la Caída, y las responsabilidades que caen sobre nuestros hombros si hemos de recibir todas las bendiciones de la Expiación.

Enseñanzas de Harold B. Lee

¿De qué forma la caída de Adán y Eva hace posible las bendiciones de la vida terrenal?

Adán y Eva… ejercieron el albedrío y por su propia voluntad participaron del fruto, del cual se les había mandado no comer; de esa manera quedaron sujetos a la ley de Satanás. Tras esa desobediencia, Dios estaba libre para visitarlos con un castigo; ellos habían de aprender que Dios, además de ser un Padre misericordioso, también es un Padre justo; y cuando quebrantaron la ley, quedaron sujetos a la consecuencia de recibir un castigo, por lo que fueron expulsados de aquel hermoso jardín. Les sobrevinieron todas las vicisitudes a que han estado expuestos los mortales desde aquel entonces. Habían de aprender que por su desobediencia recibieron el castigo de un juicio justo. Al volverse mortales, se vieron obligados a ganar el pan con el sudor de su rostro.

…Les sobrevinieron el dolor, la adversidad y la muerte, pero junto con ese dolor, que hemos experimentado desde aquella época hasta ahora, vinieron el conocimiento y el entendimiento que nunca hubiésemos podido adquirir de otro modo…

…El cambio que la Caída produjo en Adán y Eva también afectó a toda la naturaleza humana, así como a todas las creaciones naturales, a toda la creación animal y vegetal: todas las especies de vida fueron cambiadas. La tierra misma quedó sujeta a la muerte… De qué modo ocurrió, nadie lo puede explicar, y si alguien intentara hacerlo, ello excedería a todo lo que el Señor nos ha dicho. Sí, se verificó un cambio en toda la creación, la cual, hasta entonces, no había estado sujeta a la muerte. Desde ese tiempo en adelante, todo lo de la naturaleza cayó en un estado de gradual descomposición hasta llegar a la muerte terrenal, después de la cual sería necesaria una restauración en un estado resucitado…

…Uno de los mejores sermones, que supongo es el más breve que haya pronunciado persona alguna, provino de labios de nuestra madre Eva… “…De no haber sido por nuestra transgresión, nunca habríamos tenido posteridad, ni hubiéramos conocido jamás el bien y el mal, ni el gozo de nuestra redención, ni la vida eterna que Dios concede a todos los que son obedientes” [Moisés 5:11].

Por tanto, junto con Eva, regocijémonos por la Caída, la cual permitió que llegara el conocimiento del bien y del mal, que vinieran hijos a la vida terrenal, así como también el experimentar el regocijo de la redención y de la vida eterna que Dios da a todos.

Y, Adán, del mismo modo, bendecido con el don del Espíritu Santo, “…bendijo a Dios en ese día y fue lleno, y empezó a profetizar concerniente a todas las familias de la tierra, diciendo: Bendito sea el nombre de Dios, pues a causa de mi transgresión se han abierto mis ojos, y tendré gozo en esta vida, y en la carne de nuevo veré a Dios” [Moisés 5:10]…

Ruego que el Señor nos dé Su entendimiento de la gran bendición que de ese modo llegó a nosotros; honremos tanto en nuestra mente como en nuestras enseñanzas el gran legado que nos dieron Adán y Eva cuando, mediante el ejercicio del albedrío, participaron del fruto que les dio las simientes de la vida terrenal y que nos dio a nosotros, sus descendientes a lo largo de las generaciones del tiempo, la gran bendición por medio de la cual también nosotros podemos experimentar el gozo de nuestra redención y en la carne ver de nuevo a Dios, y tener vida eterna3.

¿Cómo anula la expiación del Salvador los efectos de la Caída?

El Señor expulsó a Adán del Jardín de Edén a causa de su desobediencia. Adán padeció la muerte espiritual… Pero, he aquí, les digo que el Señor Dios hizo a Adán la promesa de que no moriría en cuanto a la muerte temporal sino hasta que Él enviara ángeles para declararles el arrepentimiento en el nombre de Su Hijo Unigénito, para que por Su muerte [natural] resucitara a la vida eterna [véase D. y C. 29:41–43]… Cuando Adán fue echado del Jardín de Edén, murió espiritualmente, lo cual es la separación de la estrecha comunión con la presencia del Señor4. ¿Por qué fue el Salvador enviado al mundo? El Maestro mismo contestó esa pregunta durante Su ministerio cuando dijo: “Porque no envió Dios a su Hijo al mundo para condenar al mundo, sino para que el mundo sea salvo por él” [Juan 3:17]…

¿Salvo de qué? ¿Redimido de qué? Bien, primero, salvo de la muerte terrenal por medio de la resurrección de los muertos. Del mismo modo, mediante el sacrificio expiatorio [del Salvador], somos salvos del pecado5.

Para los Santos de los Últimos Días, la salvación significa la liberación del cautiverio y de las consecuencias del pecado por medio de acción divina, liberación del pecado y de la condenación eterna mediante la expiación de Cristo.

Considero que en ningún otro lugar hay una mejor exposición del plan de la Expiación que en los escritos de Jacob, que se encuentran en el Libro de Mormón, en 2 Nefi, capítulo 9. Por esa razón se lo menciono y los insto a leer una y otra vez esa valiosísima explicación…

“¡Oh, la grandeza de la misericordia de nuestro Dios, el Santo de Israel! Pues él libra a sus santos de ese terrible monstruo, el diablo y muerte e infierno, y de ese lago de fuego y azufre, que es tormento sin fin.

“¡Oh, cuán grande es la santidad de nuestro Dios! Pues él sabe todas las cosas, y no existe nada sin que él lo sepa.

“Y viene al mundo para salvar a todos los hombres, si éstos escuchan su voz; porque he aquí, él sufre los dolores de todos los hombres, sí, los dolores de toda criatura viviente, tanto hombres como mujeres y niños, que pertenecen a la familia de Adán.

“Y sufre esto a fin de que la resurrección llegue a todos los hombres, para que todos comparezcan ante él en el gran día del juicio.

“Y él manda a todos los hombres que se arrepientan y se bauticen en su nombre, teniendo perfecta fe en el Santo de Israel, o no pueden ser salvos en el reino de Dios.

“Y si no se arrepienten, ni creen en su nombre, ni se bautizan en su nombre, ni perseveran hasta el fin, deben ser condenados; pues el Señor Dios, el Santo de Israel, lo ha dicho” [2 Nefi 9:19– 24]…

Allí se define… la salvación individual, que llega a cada persona, según su propia conducta y su propia vida. [También] tenemos lo que llamamos la [salvación] general, la cual llega a todas las personas sean buenas o malas, ricas o pobres durante esta vida, a todas por igual. A todas las personas se les han dado las bendiciones de la Expiación y las bendiciones de la resurrección como una dádiva gratuita por motivo del sacrificio expiatorio del Salvador…

Por consiguiente, esas enseñanzas básicas exponen claramente que, por medio del poder expiatorio, todo el género humano puede salvarse, porque así como en Adán todos mueren, también en Cristo todos serán vivificados sin excepción. Incluso los hijos de perdición que cometen el pecado imperdonable serán resucitados junto con todos los demás de la posteridad de Adán… Tenemos esa declaración en los Artículos de Fe: “Creemos que por la Expiación de Cristo, todo el género humano puede salvarse, mediante la obediencia a las leyes y ordenanzas del Evangelio” [Artículos de Fe 1:3]6.

¿Por qué el tener fe en Jesucristo y el ser obedientes nos permite recibir todas las bendiciones de la Expiación?

El hecho de que el conocimiento del Salvador y de Su misión divina es de importancia fundamental lo puso de relieve el Maestro en una ocasión en que, habiéndose reunido los fariseos a su alrededor, como solían hacerlo, para intentar turbarle o hacerle caer en una trampa, dijo: “¿Qué pensáis del Cristo?” [Mateo 22:42]…

Durante Su ministerio había habido quienes, careciendo de fe, esparcieron comentarios con respecto al Maestro. En su tierra de Nazaret, habían dicho con desdén:

“¿No es éste el hijo del carpintero? ¿No se llama su madre María, y sus hermanos, Jacobo, José, Simón y Judas?… Y se escandalizaban de él” [Mateo 13:55, 57]…

En cambio… sus fieles discípulos, como Pedro, por ejemplo, el principal de los apóstoles, dijo: “…Tú eres el Cristo, el Hijo del Dios viviente” (Mateo 16:16), y la fiel Marta: “Sí, Señor; yo he creído que tú eres el Cristo, el Hijo de Dios, que has venido al mundo” (Juan 11:27). Y otro de Sus discípulos, Tomás, después de haber visto y tocado al Señor resucitado, expresó poderosamente su testimonio con las sencillas palabras: “¡Señor mío, y Dios mío!” [Juan 20:28]…

Pienso ahora en dos hechos que contrastan. Un estimado amigo mío recibió uno de esos funestos mensajes: “Lamentamos comunicarle que su hijo ha resultado muerto en combate”. Fui a su casa y allí encontré a la familia destrozada de dolor; eran gente que poseía todo lo que se puede comprar con dinero: riquezas, prestigio, las cosas que el mundo llamaría honorables, y, sin embargo, allí estaban con sus esperanzas y sus sueños hechos trizas a su alrededor, procurando entender algo que no habían vivido para adquirir y que desde entonces en adelante al parecer no adquirieron. No tenían el consuelo que pudieron haber conocido.

Comparé aquello con una escena que presencié en el Hospital LDS hace tan sólo unos seis meses cuando uno de nuestros amados y fieles presidentes de misión yacía internado allí muriendo lentamente. Aunque padecía un intensísimo dolor, sentía regocijo en el corazón puesto que sabía que los hombres suelen aprender, a través del dolor, la obediencia y el derecho a compenetrarse con Aquel que padeció más que lo que cualquiera de nosotros podría padecer. Él, también, conocía el poder del Señor resucitado.

En el día de hoy debemos hacernos la pregunta, en respuesta a lo que el Maestro preguntó a los de Su época: “¿Qué pensáis del Cristo?”. Debiéramos hacernos la pregunta como lo haríamos en la actualidad: “¿Qué pensamos nosotros del Cristo?”, y, en seguida, hacerla un poco más personal y preguntarnos: “¿Qué pienso yo del Cristo?”. ¿Pienso en Él como en el Redentor de mi alma? ¿Pienso en Él, sin tener duda alguna en mi mente, como el que apareció al profeta José Smith? ¿Creo que Él estableció esta Iglesia sobre la tierra? ¿Le acepto como el Salvador de este mundo? ¿Soy fiel a los convenios que he hecho, lo cual, en las aguas del bautismo, si es que lo comprendí, significó que sería testigo de Dios en todo tiempo, y en todas las cosas y en todo lugar en que estuviese, aun hasta la muerte?7.

El Señor nos bendecirá hasta el punto en que guardemos Sus mandamientos. Nefi… dijo:

“Porque nosotros trabajamos diligentemente para escribir, a fin de persuadir a nuestros hijos, así como a nuestros hermanos, a creer en Cristo y a reconciliarse con Dios; pues sabemos que es por la gracia por la que nos salvamos, después de hacer cuanto podamos” (2 Nefi 25:23).

La sangre del Salvador, Su expiación, nos salvará, pero sólo después de que hayamos hecho cuanto podamos por salvarnos nosotros mismos al haber guardado Sus mandamientos. Todos los principios del Evangelio son principios que encierran una promesa si se obedecen, por medio de los cuales los planes del Todopoderoso se manifiestan a nosotros8.

Cada uno debe hacer cuanto pueda por salvarse del pecado; entonces puede reclamar las bendiciones de la redención del Santo de Israel, para que todo el género humano pueda salvarse, mediante la obediencia a las leyes y ordenanzas del Evangelio.

Además, Jesús expió no sólo las transgresiones de Adán, sino también las de todo el género humano. Pero la redención de los pecados individuales depende del esfuerzo individual, puesto que cada uno será juzgado según sus obras.

Las Escrituras explican claramente que, si bien todos serán resucitados, sólo los que obedezcan al Cristo recibirán las bendiciones mayores de la salvación eterna. Refiriéndose a Jesús, Pablo explicó a los hebreos que Él “vino a ser autor de eterna salvación para todos los que le obedecen” (Hebreos 5:9)…

Es mi humilde oración que todos los hombres de todas partes comprendan más plenamente la importancia trascendental de la expiación que efectuó el Salvador de todo el género humano, que nos ha dado el plan de salvación que nos conducirá a la vida eterna, donde Dios y Cristo moran9.

Sugerencias para el estudio y el análisis

    • ¿Cómo contestaría usted a la pregunta: “¿Qué pensáis del Cristo?”.

    • ¿Por qué se dice del Salvador que es el “Cordero que fue inmolado desde el principio del mundo”? (Apocalipsis 13:8).

    • ¿Por qué fue la Caída tanto una bendición como una tribulación para Adán y Eva? ¿Por qué es también una fuente de regocijo y de pesar para nosotros?

    • ¿Qué clases de conocimiento y entendimiento se adquieren únicamente mediante el sobrellevar las pruebas y las dificultades de la vida terrenal?

    • ¿Qué es la muerte espiritual? ¿Cómo se triunfa sobre la muerte espiritual?

    • ¿Qué bendiciones de la Expiación llegan a todo el género humano como una dádiva gratuita? ¿Qué debemos hacer individualmente para llegar a obtener todas las bendiciones de la Expiación?

    • ¿Qué nos enseñan los dos relatos del presidente Lee acerca de las personas que se enfrentaron con la muerte con respecto a la importancia de la fe en Jesucristo?

    • ¿Qué experiencias que ha tenido en la vida han fortalecido su testimonio de la expiación del Salvador?

    • ¿De qué forma la Expiación “nos conduce a la vida eterna, donde Dios y Cristo moran”?

Notas

1. “Fall of Man”, discurso dirigido al personal de seminario e instituto de la Universidad Brigham Young, el 23 de junio de 1954, pág. 6, Archivo General del Departamento Histórico, La Iglesia de Jesucristo de los Santos de los Últimos Días.
2. Discurso pronunciado en una reunión espiritual para la juventud celebrada en Long Beach, California, el 29 de abril de 1973, pág. 24, Archivo General del Departamento Histórico, La Iglesia de Jesucristo de los Santos de los Últimos Días.
3. “Fall of Man”, págs. 15, 17, 19–20.
4. Discurso pronunciado durante la convención de seminarios en Jordan, el 26 de febrero de 1947, pág. 4, Archivo General del Departamento Histórico, La Iglesia de Jesucristo de los Santos de los Últimos Días.
5. En “Conference Report”, octubre de 1956, pág. 61.
6. “The Plan of Salvation”, discurso dirigido al personal de seminario e instituto de la Universidad Brigham Young, el 1° de julio de 1954, págs. 4–6, Archivo General del Departamento Histórico, La Iglesia de Jesucristo de los Santos de los Últimos Días.
7. En “Conference Report”, octubre de 1955, págs. 54–56.
8. Stand Ye in Holy Places, 1974, pág. 246.
9. Véase “Para aliviar el corazón afligido”, Liahona, abril de 1973, pág. 5.

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¿Quién soy yo?

¿Quién soy yo?

Enseñanzas de los Presidentes de la Iglesia: Harold B. Lee

¿Por qué el saber quiénes somos nos sirve para recibir la vida eterna?

Un día una joven maestra de la Escuela Dominical [fue] a hacerme una pregunta bastante interesante que le habían hecho a ella en la clase el domingo anterior”, dijo el presidente Harold B. Lee a una congregación de santos. “Me explicó que habían estado hablando de la vida anterior a ésta, así como de esta vida y de la vida venidera, y que uno de los miembros de la clase le había preguntado: ‘La vida anterior a ésta llegó a su fin cuando nacimos en la vida terrenal; esta vida llega a su fin cuando pasamos por la muerte terrenal; ¿cuál será el fin de la vida venidera? ¿Será una total inconsciencia?’. La joven maestra de la Escuela Dominical dijo: ‘No sé la respuesta’.

“Al pensar en ello, le dije que empleamos palabras imprecisas cuando hablamos de ‘la vida anterior a ésta, de esta vida y de la vida venidera’, como si fuésemos gatos de nueve vidas cuando en realidad sólo tenemos una vida. Esta vida de la que hablamos no comienza con el nacimiento terrenal. Esta vida no termina con la muerte terrenal. Hay algo que no fue creado ni hecho: las Escrituras lo llaman ‘inteligencia’, la cual en cierta etapa de la preexistencia fue organizada en ‘espíritu’. Una vez que ese espíritu hubo crecido hasta alcanzar una cierta estatura, el Padre, que todo lo sabe, le dio la oportunidad de venir a pasar por otra etapa para que siguiese progresando. Le fue añadido y, después de haber vivido su lapso de tiempo en la vida mortal y de haber alcanzado su propósito en ella, pasó por otro cambio. En realidad, no vamos a otra vida, sino que pasamos a otra etapa de la misma vida. Hay algo que no fue creado ni hecho, algo que no muere, y ese algo seguirá existiendo para siempre”1.

En este capítulo se trata nuestra identidad eterna y la forma en que nuestro conocimiento de esa identidad influye en nuestra vida.

Enseñanzas de Harold B. Lee

¿Por qué nos bendice el saber que somos hijos e hijas espirituales de nuestro Padre Celestial?

¿Quiénes somos?… El apóstol Pablo escribió: “Por otra parte, tuvimos a nuestros padres terrenales que nos disciplinaban, y los venerábamos. ¿Por qué no obedeceremos mucho mejor al Padre de los espíritus, y viviremos?” [Hebreos 12:9], indicando con esas palabras que todos los que viven sobre la tierra y que tienen padres de la carne también tienen un Padre de su espíritu… A Moisés y a Aarón… el Señor dijo: “Apartaos de entre esta congregación, y los consumiré en un momento”. Estaba encendida Su ira en contra de aquellos inicuos, pero Moisés y Aarón se postraron sobre sus rostros, y dijeron: “Dios, Dios de los espíritus de toda carne, ¿no es un solo hombre el que pecó? ¿Por qué airarte contra toda la congregación?” [Números 16:21–22]. ¿Se han fijado en la forma en que se dirigieron a Él? Dios de los espíritus de toda carne…

Una de las Escrituras más antiguas llegó a nosotros de un modo milagroso; la llamamos la Perla de Gran Precio. Uno de los grandes libros de esas valiosas Escrituras se conoce como el Libro de Abraham. En ese libro… encontramos lo siguiente:

“Y el Señor me había mostrado a mí, Abraham, las inteligencias que fueron organizadas antes que existiera el mundo; y entre todas éstas había muchas de las nobles y grandes;

“y vio Dios que estas almas eran buenas, y estaba en medio de ellas, y dijo: A éstos haré mis gobernantes; pues estaba entre aquellos que eran espíritus, y vio que eran buenos; y me dijo: Abraham, tú eres uno de ellos; fuiste escogido antes de nacer.

“Y estaba entre ellos uno que era semejante a Dios, y dijo a los que se hallaban con él: Descenderemos, pues hay espacio allá, y tomaremos de estos materiales y haremos una tierra sobre la cual éstos puedan morar; “y con esto los probaremos, para ver si harán todas las cosas que el Señor su Dios les mandare;

“y a los que guarden su primer estado les será añadido; y aquellos que no guarden su primer estado no tendrán gloria en el mismo reino con los que guarden su primer estado; y a quienes guarden su segundo estado, les será aumentada gloria sobre su cabeza para siempre jamás” [Abraham 3:22–26].

Ahora bien, en esos pasajes de las Escrituras hay varias verdades valiosísimas. En primer lugar, se nos da tan sólo un indicio, un destello de lo que es un espíritu. Un espíritu, si se han fijado en lo que dice Abraham, es una inteligencia que fue organizada. Ése es el primer comienzo que tenemos en nuestro entendimiento de lo que es un espíritu. Es una inteligencia organizada que vivió como espíritu antes de que este mundo existiese. ¿Qué aspecto tiene un espíritu? ¿Qué clase de concepto tienen de ese espíritu? Y bien, el Señor ha dado una respuesta inspirada por conducto del profeta José Smith, parte de la cual dice: “…siendo lo espiritual a semejanza de lo temporal, y lo temporal a semejanza de lo espiritual”; y ahora presten atención a lo que sigue: “el espíritu del hombre a semejanza de su persona, como también el espíritu de los animales y toda otra criatura que Dios ha creado” [D. y C. 77:2].

Ahora bien, ustedes me ven aquí como un hombre físico y maduro. Hay una parte de mí que ustedes no pueden ver con los ojos físicos: esa parte espiritual de mí mira a través de mis ojos y me da poder para moverme, y también me da una medida de intelecto y de inteligencia…

Ésa es la primera verdad que aprendemos: que hubo una inteligencia organizada que se llamó… espíritu. Allí el Señor [Jehová], que era el gran e ilustre espíritu semejante a Dios [el Padre], fue entre las inteligencias organizadas llamadas espíritus y les dijo: Haremos una tierra sobre la cual ustedes, espíritus, puedan morar, y aquellos de ustedes que vivan dignos aquí en el mundo espiritual podrán descender a esa tierra y les será añadido. Y, de ese modo, a los espíritus que guardaron la fe, o, por decirlo de otra manera, que fueron dignos, se les permitió venir a la tierra y que se les añadiera a su cuerpo espiritual un cuerpo físico aquí, en esta tierra… El hecho de que ustedes y yo estemos aquí, en esta tierra, con un cuerpo físico, es evidencia de que estuvimos entre los que guardaron su primer estado; aprobamos la prueba y se nos permitió venir aquí. Si no hubiésemos aprobado la prueba, no estaríamos aquí, sino que estaríamos con Satanás procurando tentar a los que tuviesen cuerpo…

¿Por qué debemos ser fieles a fin de cumplir en la tierra las misiones para las que fuimos preordenados?

Habiendo establecido nuestra identidad preterrenal, o sea, quiénes somos, vale decir, hijos e hijas de Dios antes de que este mundo fuese, quien es el Padre de los espíritus de todos los hombres que viven en la carne sobre la tierra, estamos entonces preparados para pasar a la siguiente respuesta de la pregunta. De lo que les he leído del Libro de Abraham en el versículo 23, han oído que a Abraham se le dijo que fue ordenado, o sea, escogido antes de nacer. Me pregunto si se habrán preguntado en cuanto a eso. A Moisés se le dijo lo mismo…

“e invocando [Moisés] el nombre de Dios, de nuevo vio su gloria, porque lo cubrió; y oyó una voz que decía: Bendito eres, Moisés, porque yo, el Omnipotente, te he escogido, y serás más fuerte que muchas aguas, porque éstas obedecerán tu mandato cual si fueses Dios” [Moisés 1:25]. Ésa había de ser su misión: la de ser un gobernante grande y poderoso. A Jeremías, del mismo modo, el Señor dijo: “Antes que te formase en el vientre te conocí, y antes que nacieses te santifiqué, te di por profeta a las naciones” [Jeremías 1:5]. José Smith, en forma más sencilla, nos dijo esto: “Todo hombre que tiene el llamamiento de ministrar a los habitantes del mundo fue ordenado para ese fin en el Gran Concilio de los cielos antes que este mundo fuese”. En seguida, añadió: “Supongo que yo fui ordenado para este mismo oficio en ese Gran Concilio” [History of the Church, tomo VI, pág. 364].

Y hay una advertencia alarmante. A pesar de ese llamamiento, el Señor comunicó a la mente del profeta José Smith, y éste lo puso por escrito… “He aquí, muchos son los llamados, y pocos los escogidos”. En otras palabras… por motivo de que aquí tenemos el albedrío, hubo muchos que fueron preordenados para efectuar una obra mayor de lo que se prepararon para realizar aquí. En seguida, dice: “¿Y por qué no son escogidos?”. Entonces da dos razones por las que los hombres no llegan a cumplir con su designación. Primero, “porque a tal grado han puesto su corazón en las cosas de este mundo”, y, segundo, “aspiran tanto a los honores de los hombres, que no aprenden esta lección única: Que los derechos del sacerdocio están inseparablemente unidos a los poderes del cielo…” [D. y C. 121:34–36]2.

Por favor, no interpreten mal al pensar que tal llamamiento y tal preordenación predeterminan lo que deben hacer. Un profeta de este continente occidental habló con claridad sobre este asunto al decir: “…habiendo sido llamados y preparados desde la fundación del mundo de acuerdo con la presciencia de Dios, por causa de su fe excepcional y buenas obras, habiéndoseles concedido primeramente escoger el bien o el mal…” (Alma 13:3)… Dios habrá llamado y escogido hombres en el mundo espiritual, o sea, en el primer estado, para realizar cierta obra, pero el que ellos acepten ese llamamiento aquí y lo magnifiquen por medio del servicio fiel y las buenas obras mientras se encuentren en la vida terrenal yace en el derecho y privilegio de ellos de ejercer su albedrío para escoger el bien o el mal3.

¿Por qué el saber quiénes somos influye en la forma en que empleamos el albedrío?

¿Qué más se nos ha dicho que somos? Somos agentes independientes y libres; hay quienes piensan que podemos hacer lo que nos dé la gana, pero eso no es totalmente correcto. Sí, tenemos nuestro albedrío, pero permítanme leerles algo con respecto a eso. Tengan a bien marcar 2 Nefi, capítulo 2, versículos 15–16. Les digo que considero que nuestro Padre corrió un gran riesgo al enviarnos aquí con el privilegio de nuestro albedrío para escoger. Ahora bien, a fin de que pudiésemos escoger y obtener de ese modo nuestras recompensas eternas, había algo que tenía que ocurrirnos. Presten atención; les mencionaré las palabras de un padre que explica este mismo asunto a su hijo: “Y para realizar sus eternos designios en cuanto al objeto del hombre, después que hubo creado a nuestros primeros padres, y los animales del campo, y las aves del cielo, y en fin, todas las cosas que se han creado, era menester una oposición; sí, el fruto prohibido en oposición al árbol de la vida, siendo dulce el uno y amargo el otro” [2 Nefi 2:15].

Y así suele parecer, que las cosas que son prohibidas son las más apetecibles, y las cosas que son correctas para nosotros a veces parecen ser como medicamentos amargos que nos resultan difíciles de tragar. Ahora bien, a fin de dar al hombre la oportunidad de escoger: “Por lo tanto, el Señor Dios le concedió al hombre que obrara por sí mismo. De modo que el hombre no podía actuar por sí a menos que lo atrajera lo uno o lo otro” [2 Nefi 2:16]. Para ser seres individuales independientes y pensantes, teníamos que tener no tan sólo lo bueno sino que también lo malo a fin de poder escoger entre los dos. Piensen en eso un momento. Si todo fuese bueno en el mundo y no hubiera nada malo, ¿podrían escoger cosa alguna que no fuese lo bueno? Si todo fuese malo en el mundo, si no hubiese nada bueno que escoger, ¿podrían escoger cosa alguna que no fuese lo malo? Si piensan en eso un momento, concluirán que la única forma de que las personas que viviesen sobre esta tierra pudieran ejercer el albedrío era que tuviesen ante sí lo bueno y lo malo, y que tuviesen la oportunidad de escoger por sí mismas… Como ven, el albedrío supone riesgos. El Señor estuvo dispuesto a correr ese riesgo para que pudiésemos andar por fe y, como agentes libres e independientes, escogiéramos lo bueno4.

Christ with childrenJesucristo con niños de diversas partes del mundo. Todos somos hijos e hijas espirituales de nuestro Padre Celestial. Si aceptamos todas las bendiciones de la expiación del Salvador, podremos volver a vivir con nuestro Padre y con nuestro Salvador.

¿Cuál es nuestro potencial eterno como hijos de Dios?

El propósito de la vida era llevar a cabo la inmortalidad y la vida eterna. Ahora bien, la inmortalidad significa llegar a tener finalmente un cuerpo que ya no esté sujeto a los dolores de la vida terrenal, que ya no esté sujeto a otra muerte terrenal y que ya no se descomponga, habiendo pasado todas esas primeras cosas. Obtener la vida eterna es ganarse el derecho de vivir en la presencia del Eterno, sí, Dios, nuestro Padre Celestial, y de Su Hijo Jesucristo. Ésos son los dos objetivos por los que todos hemos sido puestos sobre la tierra5.

Hoy nos encontramos aquí preparándonos para la inmortalidad, “un tiempo interminable que es la verdadera existencia del hombre”. Todos somos grandes almas, por motivo de que provenimos de un noble linaje. Tenemos derecho a llegar a ser reyes y gobernantes debido a las funciones que desempeñamos en el mundo espiritual antes de que viniésemos aquí. Fuimos escogidos para venir en esta época y tiempo, y estamos destinados a la inmortalidad al igual que todos los jóvenes de esta Iglesia. Debemos, además, “hallar todo lo que no es eterno demasiado breve y todo lo que no es infinito demasiado pequeño” para que merezca la pena degradarnos por tales cosas6.

A continuación, permítanme leer en la sección 132 de Doctrina y Convenios… “Y además, de cierto te digo, si un hombre se casa con una mujer por mi palabra, la cual es mi ley, y por el nuevo y sempiterno convenio, y les es sellado por el Santo Espíritu de la promesa…”, pasaré por alto algunas palabras para hacer resaltar el significado, “les será cumplido en todo cuanto mi siervo haya declarado sobre ellos, por el tiempo y por toda la eternidad; y estará en pleno vigor cuando ya no estén en el mundo; y los ángeles y los dioses que están allí les dejarán pasar a su exaltación y gloria…” Y ahora escuchen esto: y tendrán una “continuación de las simientes por siempre jamás” [D. y C. 132:19].

El profeta José Smith dijo que eso significa que si los que se casen por el nuevo y sempiterno convenio son fieles a sus convenios, después de que hayan pasado por la resurrección podrán vivir juntos otra vez como marido y mujer, y tener lo que allí se denomina una continuación de las simientes. ¿Y qué significa eso? Permítanme leerles otros pasajes de las Escrituras…

“En la gloria celestial hay tres cielos o grados;

“y para alcanzar el más alto, el hombre tiene que entrar en este orden del sacerdocio [es decir, el nuevo y sempiterno convenio del matrimonio];

“y si no lo hace, no puede alcanzarlo.

“Podrá entrar en el otro, pero ése es el límite de su reino”; ahora noten las palabras siguientes: “no puede tener progenie” [D. y C. 131:1–4].

¿Progenie? Sí, descendencia, hijos. En otras palabras, por medio de la obediencia a Su mandato divino, a los seres humanos se nos ha dado aquí poder para colaborar con Dios en la creación de almas humanas y, posteriormente, allende la tumba, tener progenie eterna en una relación familiar después de que esta tierra haya acabado su obra.

…Y hablando de los seres resucitados que hayan guardado el convenio del santo matrimonio y que hayan sido sellados por el Santo Espíritu de la promesa: “Entonces serán dioses, porque no tendrán fin; por consiguiente, existirán de eternidad en eternidad, porque continuarán; entonces estarán sobre todo, porque todas las cosas les estarán sujetas. Entonces serán dioses, porque tendrán todo poder, y los ángeles estarán sujetos a ellos” [D. y C. 132:20]…

…Ruego que vivamos de tal manera que todos los que estén con nosotros no nos vean a nosotros sino lo que es divino [dentro de nosotros y que] proviene de Dios, y que, con esa visión de lo que somos y podemos llegar a ser, recibamos la fortaleza necesaria para subir más alto y siempre hacia adelante hacia la meta de la vida eterna, ruego humildemente, en el nombre de Jesucristo. Amén7.

Sugerencias para el estudio y el análisis

    • ¿Qué ha fortalecido su testimonio de que Dios es su Padre?

    • ¿Por qué a veces algunas personas no llegan a cumplir aquí en la tierra la obra para la que fueron preordenadas?

    • ¿Qué es el albedrío? ¿Por qué es necesaria la oposición para el ejercicio de nuestro albedrío?

    • ¿Por qué influye en nuestro comportamiento diario el conocimiento de nuestro potencial eterno?

    • ¿Qué les ha dado fortaleza al esforzarse por “subir más alto y siempre hacia adelante hacia la meta de la vida eterna”?

Notas

1. Discurso pronunciado en el funeral de Edwin Marcellus Clark, el 5 de abril de 1955, “Harold Bingham Lee Addresses (1939–73)”, pág. 11, Archivo General del Departamento Histórico, La Iglesia de Jesucristo de los Santos de los Últimos Días.
2. “Who Am I?”, discurso pronunciado en el curso de capacitación para futuros élderes de la Estaca Grant, 18 de febrero de 1957, págs. 4–7, Archivo General del Departamento Histórico, La Iglesia de Jesucristo de los Santos de los Últimos Días.
3. Decisions for Successful Living, 1973, págs. 168–169.
4. “Who Am I?”, págs. 9–10.
5. The Teachings of Harold B. Lee, editado por Clyde J. Williams, 1996, pág. 30.
6. The Teachings of Harold B. Lee, pág. 73. 7. “Who Am I?”, págs. 11–12, 14.

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El camino que conduce a la vida eterna

El camino que conduce a la vida eterna

Enseñanzas de los Presidentes de la Iglesia: Harold B. Lee

Alo largo de todo su ministerio, el presidente Harold B. Lee hizo hincapié en que el objetivo principal del Evangelio de Jesucristo es posibilitarnos volver a la presencia de nuestro Padre Celestial. Solía enseñar la importancia del andar por fe hasta alcanzar nuestra meta celestial.

El ministerio del presidente Lee coincidió con los intrépidos vuelos de los inicios de la exploración espacial en el decenio de 1960 y a principios del de 1970. Cuando en 1970 un accidente obligó a las astronautas del Apolo XIII a volver a la tierra antes de tiempo desde las regiones de la luna, al presidente Lee le impresionó la esmerada atención a las instrucciones y la observancia rigurosa de ellas que se requerían para que los astronautas volviesen sanos y salvos a la tierra. Él vio una semejanza entre esa experiencia y la fe y la obediencia necesarias para cumplir nuestra jornada por la vida terrenal hasta llegar a nuestro hogar celestial. En un discurso que pronunció en la conferencia general de octubre de 1970, empleó el relato del Aquarius, que era parte de la nave espacial Apolo XIII, para demostrar la importancia del mantenernos en el camino que el Señor ha proyectado que sigamos.

En sus mensajes, el presidente Lee ponía de relieve constantemente que la meta final de esta jornada terrenal es regresar a la presencia de nuestro Padre Celestial. Esos mensajes nos servirán para darnos cuenta de que “cada uno de nuestros actos, cada decisión que tomemos debe contribuir a modelar la clase de vida que nos permita entrar en la presencia del Señor nuestro Padre Celestial”1.

En este capítulo, el presidente Lee da un concepto general del camino por el cual podemos volver con paz y seguridad a la presencia de nuestro Padre Celestial.

Christ calling apostles

Jesucristo llamando a Pedro y a Andrés. La expiación del Salvador fue necesaria para hacer posible el plan de salvación del Padre. Si cada persona sigue al Salvador, terminará a salvo “su viaje por la vida terrenal hasta su destino final: el regreso a la presencia de ese Dios que le dio la vida”.

Enseñanzas de Harold B. Lee

¿Cómo podemos ser guiados a salvo en estos tiempos turbulentos?

Hace unos meses, millones de telespectadores y de radioescuchas de todo el mundo esperaron con intensa expectación el regreso del precario vuelo del Apolo XIII. Daba la impresión de que el mundo entero oraba, suplicando que se produjese un resultado feliz: que esos tres hombres valerosos regresaran a la tierra sanos y salvos.

Cuando uno de ellos con contenida inquietud anunció el alarmante hecho: “¡Ha habido una explosión en la nave!”, la central de control localizada en Houston, Texas, de inmediato movilizó a todos los científicos técnicamente capacitados que a lo largo de años habían proyectado todos los detalles imaginables referentes a ese vuelo.

El que los tres astronautas volviesen a la tierra sin novedad pasó entonces a depender de dos factores fundamentalmente importantes: de la pericia y del conocimiento de esos técnicos de la central de control de Houston, y de la obediencia absoluta de los hombres del Aquarius a cada una de las instrucciones de los técnicos, los que, por motivo de su entendimiento de las dificultades de los astronautas, estaban mejor capacitados para hallar las soluciones imprescindibles. Las decisiones que tomasen los técnicos tenían que ser perfectas o, de lo contrario, el Aquarius hubiera pasado a miles de kilómetros de distancia de la tierra.

Ese dramático suceso es un tanto análogo a estos tiempos [turbulentos] en que vivimos… Muchos se sienten atemorizados al ver y oír los hechos increíbles que acontecen por todo el mundo: las intrigas políticas, las guerras y la contención que reinan por todas partes, las contrariedades de los padres que se esfuerzan por hacer frente a los problemas sociales que amenazan echar por tierra la santidad del hogar, las dificultades con que se enfrentan los niños y los jóvenes cuando se ponen en entredicho su fe y sus valores morales…

Únicamente si ustedes están dispuestos a escuchar y a obedecer, como lo hicieron los astronautas del Aquarius, podrán tanto ustedes como sus familias ser guiados sanos y salvos al lugar seguro según la manera del Señor…

Basándome en el incidente del Apolo XIII… intentaré exponer, en unos momentos, en forma breve, el plan prodigiosamente proyectado, de cuya obediencia depende la salvación de toda alma en su viaje por la vida terrenal hasta su destino final: el regreso a la presencia de ese Dios que le dio la vida…

¿Cuáles son los objetivos del plan de nuestro Padre Celestial?

Este plan se describe con un nombre, y el objetivo principal se expone claramente en el anuncio que se hizo a la Iglesia al principio de esta dispensación del Evangelio.

Hace más de un siglo, el Señor manifestó:

“Y así he enviado al mundo mi convenio sempiterno, a fin de que sea una luz al mundo y un estandarte a mi pueblo, y para que lo busquen los gentiles, y sea un mensajero delante de mi faz, preparando el camino delante de mí” (D. y C. 45:9).

Ese plan, entonces, había de ser un convenio, el cual suponía un contrato en el que participase más de una persona. Había de ser una norma para los escogidos del Señor y para que todo el mundo se beneficiase por ella; su objetivo era satisfacer las necesidades de todos los hombres y preparar el mundo para la segunda venida del Señor.

Participaron en la formulación de ese plan en el mundo preterrenal todos los hijos espirituales de nuestro Padre Celestial. Nuestras Escrituras más remotas, de los escritos de los antiguos profetas Abraham y Jeremías, también afirman que Dios, o sea, Elohim, estaba allí; Jehová, Su Hijo Primogénito, estaba allí; Abraham; Jeremías y muchos otros de gran importancia estaban allí.

Todas las inteligencias que fueron organizadas antes que existiera el mundo, que llegaron a ser espíritus, estaban allí, incluso muchas de las nobles y grandes cuyas acciones y comportamiento en esa esfera preterrenal las hicieron merecedoras de llegar a ser gobernantes y líderes para llevar a cabo ese plan eterno…

Según las instrucciones del Padre y la dirección de Jehová, se organizaron y se formaron la tierra y todo lo pertinente a ella. Ellos “ordenaron”, “vigilaron” y “prepararon” la tierra; “tomaron consejo entre sí” con respecto al traer toda clase de vida a la tierra, así como todas las cosas, incluso al hombre, y prepararla para llevar a cabo el plan, el cual bien podríamos comparar con un plan maestro, por medio del cual los hijos de Dios pudiesen ser aleccionados y preparados en todo lo necesario para cumplir el propósito divino de brindar, “para gloria de Dios”, a toda alma la oportunidad de obtener “la inmortalidad y la vida eterna”. Vida eterna significa tener vida sempiterna en la esfera celestial donde Dios y Cristo moran, al hacer todas las cosas que se nos mande hacer (véase Abraham 3:25).

¿Cuáles son los principios fundamentales del plan de salvación?

El plan comprendía tres principios distintivos:

Primero, se daría a toda alma el privilegio de escoger por sí misma “la libertad y la vida eterna” mediante la obediencia a las leyes de Dios, o “la cautividad y la muerte” en cuanto a las cosas espirituales mediante la desobediencia (véase 2 Nefi 2:27).

Después de la vida misma, el albedrío es el mayor don de Dios al género humano al proporcionar la mejor oportunidad a los hijos de Dios de progresar en este segundo estado de la vida terrenal. Un profeta líder de este continente explicó eso a su hijo, lo cual se hace constar en una antigua Escritura: que, para que se lleven a cabo ésos, los propósitos eternos de Dios, es preciso que haya una oposición en todas las cosas, el ser atraídos por el bien por un lado y por el mal por el otro, o, para decirlo en el lenguaje de las Escrituras: “…el fruto prohibido en oposición al árbol de la vida, siendo dulce el uno y amargo el otro”. Ese padre de familia explica más adelante: “Por lo tanto, el Señor Dios le concedió al hombre que obrara por sí mismo. De modo que el hombre no podía actuar por sí a menos que lo atrajera lo uno o lo otro” (2 Nefi 2:15–16).

El segundo principio distintivo de ese plan divino tiene que ver con la necesidad de proporcionar un salvador y, así, por medio de Su expiación, el más favorecido Hijo de Dios llegó a ser nuestro Salvador, el “Cordero que fue inmolado desde el principio del mundo” (Apocalipsis 13:8), como fue revelado a Juan en la isla de Patmos. [El profeta Lehi] explicó que la misión del Hijo de Dios es interceder “por todos los hijos de los hombres; y los que crean en él serán salvos” (2 Nefi 2:9).

Mucho oímos de labios de algunas personas de conocimiento limitado con respecto a la posibilidad de ser salvos tan sólo por medio de la gracia. Hace falta la aclaración de otro profeta para comprender la verdadera doctrina de la gracia como él la explica con estas elocuentes palabras:

“Porque”, dijo ese profeta, “nosotros trabajamos diligentemente para escribir, a fin de persuadir a nuestros hijos, así como a nuestros hermanos, a creer en Cristo y a reconciliarse con Dios; pues sabemos que es por la gracia por la que nos salvamos, después de hacer cuanto podamos” (2 Nefi 25:23). Verdaderamente somos redimidos mediante la sangre expiatoria del Salvador del mundo, pero sólo después de que cada uno haya hecho todo lo que haya podido por “labrar su propia salvación”.

El tercer gran principio distintivo del plan de salvación es la estipulación de que “todo el género humano puede salvarse, mediante la obediencia a las leyes y ordenanzas del Evangelio” (tercer Artículo de Fe). Esas leyes y ordenanzas por medio de las cuales viene la salvación se han expuesto claramente:

Primero, fe en el Señor Jesucristo.

Segundo, arrepentimiento del pecado, lo cual significa rechazar los pecados de la desobediencia a las leyes de Dios y no volver nunca más a incurrir en ellos. El Señor ha hablado claro sobre este punto. Él dijo: “…id y no pequéis más; pero los pecados anteriores volverán al alma que peque [lo cual quiere decir, naturalmente, el volver a cometer los pecados de los cuales se había arrepentido], dice el Señor vuestro Dios” (D. y C. 82:7).

Tercero, el bautismo de agua y del Espíritu, que son las únicas ordenanzas mediante la cuales, enseñó el Maestro a Nicodemo, uno puede ver [o sea, entrar en] el reino de Dios (véase Juan 3:4–5).

El Salvador resucitado dejó esa misma enseñanza indeleblemente grabada en los santos de este continente en lo que, al parecer, fue Su último mensaje a Sus discípulos. El Maestro enseñó a Sus santos fieles que “nada impuro puede entrar en su reino; por tanto, nada entra en su reposo, sino aquellos que han lavado sus vestidos en mi sangre, mediante su fe, y el arrepentimiento de todos sus pecados y su fidelidad hasta el fin.

“Y éste es el mandamiento: Arrepentíos, todos vosotros, extremos de la tierra, y venid a mí y sed bautizados en mi nombre, para que seáis santificados por la recepción del Espíritu Santo, a fin de que en el postrer día os presentéis ante mí sin mancha.

“En verdad, en verdad os digo que éste es mi evangelio…” (3 Nefi 27:19–21).

¿Qué bendiciones se han prometido a los que sean fieles?

Si los hijos del Señor, que comprende a todos los que están sobre esta tierra, sea cual fuere su nacionalidad, color o credo, prestan oído a la llamada del verdadero mensajero del Evangelio de Jesucristo y la obedecen, como lo hicieron los tres astronautas del Aquarius a los calificados técnicos de la central de control en los momentos en que corrían peligro, cada uno, con el tiempo, podrá ver al Señor y saber que Él es, como el Señor ha prometido…

Esa promesa de la gloria que aguarda a los que son fieles hasta el fin está vívidamente representada en la parábola del hijo pródigo que relató el Maestro. Al hijo que fue fiel y que no malgastó su parte de los bienes, el padre, que en la lección del Maestro sería nuestro Padre y nuestro Dios, prometió: “Hijo, tú siempre estás conmigo, y todas mis cosas son tuyas” (Lucas 15:31).

En una revelación comunicada por conducto de un profeta contemporáneo, el Señor promete al fiel y obediente de hoy en día: “…todo lo que mi Padre tiene le será dado” (D. y C. 84:38).

¿O seremos como aquellos imprudentes que siguieron navegando por el río Niágara a pesar de ir acercándose a los rápidos que llevan a las cataratas? Pese a las advertencias de los guardas del río que les indicaban que saliesen de allí y se pusieran a salvo antes de que fuese demasiado tarde, no les hicieron ningún caso, rieron a carcajadas, bailaron, bebieron, se burlaron y perecieron.

Tal hubiera sido el fin de los tres astronautas del Aquarius si no hubiesen prestado atención ni obedecido hasta en su último detalle las instrucciones de la central de control de Houston. Sus mismas vidas dependían de la obediencia a las leyes básicas que gobiernan y controlan las fuerzas del universo.

Jesús lloró al ver el mundo que le rodeaba en Su época, el cual parecía haber enloquecido y se burlaba de continuo de Su súplica de que le siguiesen por “el sendero estrecho y angosto”, tan visiblemente delineado en el eterno plan de salvación de Dios.

Ah, si oyésemos otra vez en el día de hoy Su súplica cuando antaño clamó: “¡Jerusalén, Jerusalén, que matas a los profetas, y apedreas a los que te son enviados! ¡Cuántas veces quise juntar a tus hijos, como la gallina junta sus polluelos debajo de las alas, y no quisiste!” (Mateo 23:37).

Ah, si el mundo viese en otra parábola a Juan el Revelador la sagrada figura del Maestro llamándonos hoy de la misma forma en que llamó a los de Jerusalén:

Dijo el Maestro: “He aquí, yo estoy a la puerta y llamo; si alguno oye mi voz y abre la puerta, entraré a él, y cenaré con él, y él conmigo.

“Al que venciere, le daré que se siente conmigo en mi trono, así como yo he vencido, y me he sentado con mi Padre en su trono” (Apocalipsis 3:20–21).

He aquí, entonces, el plan de salvación que enseña la Iglesia verdadera, la cual está edificada sobre el fundamento de los apóstoles y profetas, siendo la principal piedra del ángulo Jesucristo mismo (Efesios 2:20), por el único que se puede experimentar la paz, no como el mundo la da, sino como sólo el Señor la da a los que vencen las cosas del mundo, como lo hizo el Maestro.

“Y en ningún otro hay salvación; porque no hay otro nombre bajo el cielo, dado a los hombres, en que podamos ser salvos” (Hechos 4:12)…

¿En qué forma pueden nuestros actos diarios hacernos avanzar hacia la vida eterna?

Hace poco, en una reunión, oí el reconfortante testimonio de una niña. Su padre estaba aquejado de una enfermedad que los médicos habían dictaminado como incurable. Una mañana, el enfermo, tras una noche de dolor y sufrimiento, dijo con mucho sentimiento a su esposa: “Me siento muy agradecido hoy”. “¿Y por qué?”, le preguntó ella. Él le contestó: “Porque Dios me ha dado el privilegio de estar un día más contigo”.

Hoy desearía de todo corazón que todas las personas que me oyen diesen gracias a Dios de ese mismo modo por vivir un día más. ¿Y por qué? Por tener la oportunidad de encargarse de algunos asuntos que no hayan acabado, de arrepentirse, de rectificar algo indebido, de ejercer una buena influencia en un hijo desobediente, de tender la mano a alguien que necesite ayuda, en suma, de dar gracias a Dios por contar con un día más para prepararse para comparecer ante Dios.

No procuren vivir demasiados días por adelantado. Busquen recibir fortaleza para ocuparse de los problemas del día. En Su Sermón del Monte, el Maestro amonestó: “Así que, no os afanéis por el día de mañana, porque el día de mañana traerá su afán. Basta a cada día su propio mal” (Mateo 6:34).

Hagan todo lo que puedan hacer y dejen el resto en manos de Dios, el Padre de todos nosotros. No basta decir: “Haré lo mejor que pueda”, sino que debemos decir: “Haré todo lo que esté a mi alcance; haré todo lo que sea necesario”2.

Sugerencias para el estudio y el análisis

    • ¿Por qué el plan de salvación de nuestro Padre evidencia Su gran amor por nosotros?

    • ¿Por qué el comprender el plan de salvación le brinda a usted paz?

    • ¿Por qué es necesario el albedrío para que volvamos a la presencia de Dios? ¿Por qué es necesaria la Expiación? ¿Por qué debemos ser obedientes a los principios y las ordenanzas del Evangelio?

    • ¿Cuáles podrían ser algunas de las consecuencias del desviarnos del camino que nuestro Padre Celestial ha preparado para que sigamos?

    • ¿Qué cosas hacen que las personas a veces pierdan de vista la meta de volver a la presencia de nuestro Padre Celestial? ¿Qué consejo podríamos dar tanto a familiares como a otras personas que se hayan desviado del camino?

    • ¿Por qué es importante prestar servicio todos los días? ¿Por qué es importante expresar gratitud todos los días? ¿Por qué es importante arrepentirnos y esforzarnos por vencer nuestras debilidades? ¿Por qué el hacer cada una de esas cosas nos prepara para comparecer ante Dios?

Notas

1. En “Conference Report”, octubre de 1946, pág. 145.
2. En “Conference Report”, octubre de 1970, págs. 113–117; o Improvement Era, diciembre de 1970, págs. 28–30. Véase “Prepararnos para comparecer ante Dios”, Liahona, mayo de 1971, págs. 4–7.

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Demos a conocer el Evangelio

Demos a conocer el Evangelio

Debemos alargar nuestro paso para dar a conocer el Evangelio a otras personas.

De la vida de Spencer W. Kimball

En un viaje que hizo a Quito, Ecuador, cuando era integrante del Quórum de los Doce Apóstoles, el élder Spencer W. Kimball estaba en el restaurante de un hotel formando parte de un grupo en el que había cuatro jóvenes misioneros. “Él comentó a los demás que el mozo que les servía era un joven apuesto y podría ser un buen misionero de la Iglesia. Después de pedir pan y leche, preguntó al camarero si tenía hijos en casa. ‘Un varón’, contestó éste. ‘El pan y la leche los hará saludables’, le dijo el élder Kimball; ‘pero más saludables serían si usted les diera el alimento que estos jóvenes tienen para ofrecer’. El mozo se quedó un tanto perplejo, a lo cual el presidente Kimball le explicó que los jóvenes eran misioneros y que enseñaban el Evangelio de Jesucristo. El hombre demostró interés en que los misioneros le enseñaran” 1.

The Lord promises us great blessings as we share the gospel.El élder Spencer W. Kimball (a la izquierda) como misionero de tiempo completo en la Misión de los Estados Centrales [EE.UU.], en junio de 1915. En la foto, con su compañero, L. M. Hawkes.

El presidente Kimball se refería a menudo al mandato que dio el Salvador de que el Evangelio se llevara “por todo el mundo” (Marcos 16:15). Pedía más misioneros de tiempo completo, especialmente varones jóvenes y matrimonios maduros, y recordaba a todos los miembros de la Iglesia que debían participar en esa obra divinamente inspirada. “Nuestra gran necesidad y nuestro gran llamamiento”, enseñaba, “es llevar a la gente de este mundo el conocimiento que, como una lámpara, ilumine su camino y la saque de la oscuridad al gozo, la paz y las verdades del Evangelio” 2.

Enseñanzas de Spencer W. Kimball

El Señor nos promete grandes bendiciones si damos a conocer el Evangelio.

Hay una aventura espiritual en la obra misional, en dar referencias, en acompañar a los misioneros cuando van a dar las charlas. Es algo emocionante y compensador. Las horas, el esfuerzo, la expectativa, todo vale la pena si aunque sea un alma expresa arrepentimiento, fe y el deseo de bautizarse. Imaginen lo bien que se sentirían si les dijeran: “Cuando tú estás aquí y hablamos de estas cosas, me parece estar recordando algo que ya sabía antes”, o “No quiero que te vayas hasta que nos hayas dicho todo lo que sepas de esa Iglesia restaurada” 3.

Compartir el Evangelio brinda paz y gozo a nuestra vida, aumenta nuestra capacidad de amar a los demás y preocuparnos por su bienestar, aumenta nuestra propia fe, fortalece la relación que tenemos con el Señor y mejora nuestra comprensión de sus verdades 4.

El Señor ha prometido grandes bendiciones en proporción a nuestros esfuerzos de compartir el Evangelio. Recibiremos ayuda del otro lado del velo al ocurrir los milagros espirituales. El Señor nos ha dicho que nuestros pecados serán perdonados más prontamente a medida que traigamos almas a Cristo y permanezcamos firmes al dar testimonio ante el mundo; y ciertamente, cada uno de nosotros desea y procura el perdón de sus pecados (véase D. y C. 84:61). En uno de los pasajes misionales más importantes de las Escrituras, la sección 4 de Doctrina y Convenios, se nos dice que si servimos al Señor en la obra misional “con todo [n]uestro corazón, alma, mente y fuerza”, podremos aparecer “sin culpa ante Dios en el último día” (vers. 2).

También dice el Señor:

“Y si acontece que trabajáis todos vuestros días proclamando el arrepentimiento a este pueblo y me traéis aun cuando fuere una sola alma, ¡cuán grande será vuestro gozo con ella en el reino de mi Padre!

“Y ahora, si vuestro gozo será grande con un alma que me hayáis traído al reino de mi Padre, ¡cuán grande no será vuestro gozo si me trajereis muchas almas!” (D. y C. 18:15–16).

¡Si se trabajara todos los días y se trajera aun cuando fuera una sola alma! ¡Qué gozo! ¡Un alma! ¡Cuán preciosa! ¡Oh, que Dios nos diera esa clase de amor hacia las almas! 5

El Señor ha confiado a todos los miembros de la Iglesia la responsabilidad de servir como mensajeros Suyos.

Quisiera que pudiéramos inculcar más eficaz y fielmente en el corazón de todo miembro de la Iglesia la comprensión de que si una persona tiene edad para ser miembro, tiene edad para ser misionero y no necesita ser apartada especialmente con ese fin. Todo miembro tiene la obligación y el llamamiento de llevar el Evangelio a aquellos que estén a su alrededor. Queremos que todo hombre, toda mujer y todo niño asuma esta justa y legítima responsabilidad. Es fundamental que así sea, pues éste es el mensaje del Evangelio: Recibimos sus bendiciones y luego salimos y compartimos esas bendiciones con los demás.

Ahora bien, sé que todos estamos muy ocupados, pero el Señor no nos dijo: “Si te viene bien, ¿podrías, por favor, considerar la idea de predicar el Evangelio?”. No, sino que Él ha dicho: “…aprenda todo varón su deber” (D. y C. 107:99) y “He aquí… conviene que todo hombre que ha sido amonestado, amoneste a su prójimo” (D. y C. 88:81).

Debemos recordar que Dios es nuestro aliado en esta empresa. Él es nuestra fuente de ayuda y nos abrirá el camino, porque Él fue quien nos dio el mandamiento 6.

¡Cuán emocionante es, queridos hermanos miembros del reino de Dios, recibir del Señor la responsabilidad de servir como mensajeros de Su obra a nuestros hermanos y hermanas que no son miembros de la Iglesia! Supongamos por un momento que los papeles se cambiaran, que usted no fuera miembro de la Iglesia pero que su vecino de al lado sí lo fuera. ¿No le gustaría que esa persona le diera a conocer el Evangelio? ¿No se regocijaría usted con las nuevas verdades que hubiera aprendido? ¿No aumentarían su amor y respeto hacia su vecino por haber él compartido esas verdades con usted? Por supuesto, la respuesta a todas esas preguntas es: ¡Sí! 7

Hermanos y hermanas, me pregunto si estamos haciendo todo lo que podemos. ¿Somos displicentes con respecto a nuestra asignación de enseñar el Evangelio a los demás? ¿Estamos preparados para alargar nuestro paso? ¿Para ampliar nuestra visión? 8

Ha llegado el día de llevar el Evangelio a más personas, en más lugares. Debemos poner primero nuestra obligación de compartir el mensaje del Evangelio y después nuestra propia conveniencia. Los llamamientos del Señor pocas veces resultan cómodos. Ha llegado el momento en que el sacrificio tome un lugar más preponderante en la Iglesia. Nuestra devoción y dedicación deben aumentar para que podamos realizar la obra que el Señor tiene para nosotros… Las palabras de despedida del Maestro a Sus Apóstoles, poco antes de la Ascensión, fueron: “…Id por todo el mundo y predicad el evangelio a toda criatura.

“El que creyere y fuere bautizado, será salvo; mas el que no creyere, será condenado” (Marcos 16:15–16).

No debemos flaquear ni cansarnos de hacer el bien. Tenemos que alargar el paso. No sólo nos estamos jugando nuestro propio bienestar eterno, sino también el de muchos de nuestros hermanos y hermanas que todavía no son miembros de ésta, la Iglesia verdadera. Me emocionan las palabras del profeta José Smith en una carta que mandó a la Iglesia desde Nauvoo el 6 de septiembre de 1842, que dice: “…¿no hemos de seguir adelante en una causa tan grande? Avanzad… ¡Valor …adelante a la victoria!” (D. y C. 128:22) 9.

Por nuestra influencia y esfuerzos rectos, podemos ayudar a otras personas a recibir el Evangelio restaurado.

La labor de los miembros misioneros es la clave del futuro crecimiento de la Iglesia 10.

Pienso que el Señor ha puesto, de una forma muy natural, entre nuestros amigos y conocidos a muchas personas que están listas para entrar en Su Iglesia. Les pedimos que oren para reconocer a esas personas y luego soliciten la ayuda del Señor para presentarles el mensaje del Evangelio11.

Debe ser obvio para nosotros que, por lo general, tenemos que acercarnos a nuestros vecinos antes de poder aconsejarles debidamente. Debemos hacerles sentir amistad y afecto sinceros. Queremos que los miembros los persuadan a escuchar, no reprenderlos ni alarmarlos 12.

El Evangelio es verdadero. Cualquier investigador sincero puede llegar a saber que así es mediante el estudio y la obediencia de sus principios, tratando de buscar la inspiración y ayuda del Espíritu Santo. Pero ¡cuánto más fácil es comprenderlo y aceptarlo cuando el que busca la verdad puede, a la vez, observar los principios del Evangelio en acción en la vida de los creyentes! No existe un servicio mayor que se pueda prestar al llamamiento misional de esta Iglesia que el de un ejemplo positivo de las virtudes cristianas en nuestra vida 13.

Los miembros rectos y el vivir el Evangelio dando el ejemplo y cumpliendo los preceptos son la mejor propaganda para la Iglesia 14.

Lo que todo miembro debería hacer, tanto por el buen ejemplo como por la expresión de su testimonio, es demostrar a los que no son miembros el gozo de vivir y comprender el Evangelio a fin de conducirlos a una etapa en la que acepten una enseñanza más formal 15.

La verdadera meta del proselitismo eficaz es que los miembros proporcionen investigadores y los misioneros de tiempo completo les enseñen… Cuando los miembros son quienes consiguen los investigadores, sienten un interés personal en el hermanamiento, se pierden menos investigadores antes del bautismo y los que se bautizan tienden a permanecer activos 16.

We can help others receive the restored gospel of Jesus Christ.“La verdadera meta del proselitismo eficaz es que los miembros proporcionen investigadores y los misioneros de tiempo completo les enseñen”.

Nuestra meta debe consistir en reconocer lo antes posible cuáles de los hijos de nuestro Padre están espiritualmente preparados para seguir hasta recibir el bautismo en el reino. Una de las mejores maneras de saberlo es presentar cuanto antes a los misioneros de tiempo completo a sus amigos, parientes, vecinos y conocidos 17.

A veces olvidamos que es mejor arriesgar un pequeño tropiezo en la relación con un amigo que guardar silencio y privarlo así de la vida eterna 18.

No dejen pasar mucho tiempo en el proceso de hermanamiento ni esperen el momento preciso y perfecto. Lo que deben hacer es averiguar si esas personas están entre los elegidos. “…mis escogidos… escuchan mi voz y no endurecen su corazón” (D. y C. 29:7). Si ellos escuchan y abren el corazón al Evangelio, de inmediato se hará evidente. Si no escuchan y el escepticismo y los comentarios negativos han endurecido su corazón, es porque no están preparados. En tal caso, sigan amándolos y hermanándolos, y esperen hasta la próxima oportunidad para ver si están preparados. No perderán su amistad, sino que ganarán su respeto.

Por supuesto, surgen situaciones desalentadoras; pero al final nada se pierde. Nadie ha perdido a un amigo porque éste desee que se ponga fin a las visitas de los misioneros. El miembro puede continuar su amistad con ellos sin temor a que esa amistad o relación especial que haya con esa familia se vea amenazada. A veces, a unos les toma más tiempo que a otros convertirse a la Iglesia; en esos casos, el miembro debe continuar hermanando y tratar de lograr la conversión en una próxima oportunidad. No se desalienten por una momentánea falta de progreso; hay cientos de relatos referentes al valor de la perseverancia en la obra misional 19.

La obra misional implica el amor y el hermanamiento perseverante de los nuevos conversos y de los miembros menos activos.

Cuando logramos que alguien se bautice, es un crimen dejar que se deslice y desaparezca de la Iglesia sólo por falta de hermanamiento; éste constituye una importante responsabilidad. Deberíamos poder hermanar a todo el que venga a la Iglesia; ésa es la razón por la que queremos que los miembros trabajen en la obra misional además de buscar la ayuda de los misioneros. Queremos que la gente… salga a hacer esta obra, porque la persona sigue siendo su prójimo después de bautizarse. Todavía la pueden hermanar; todavía pueden ir a buscarla y, si es un varón, llevarlo a la reunión del sacerdocio; todavía pueden alentarla y ayudarle con sus noches de hogar y otras cosas 20.

Recalcamos vigorosamente la necesidad de llevar a cabo la obra misional bajo el sistema de correlación del sacerdocio para que los investigadores sean hermanados dentro de los programas de la Iglesia y ligados a ellos de tal modo que muy pronto sean miembros fieles y activos. Ésta es, entonces, otra manera en la que todos los miembros de la Iglesia se dediquen en forma activa y constante al servicio misional, hermanando, haciendo amistades y alentando a los nuevos miembros…21

Es imperativo que a aquellos que son bautizados como conversos se les asignen inmediatamente maestros orientadores que los hermanen en una forma personal y con real interés. Estos maestros orientadores, trabajando con los oficiales del sacerdocio, deben asegurarse de que cada converso adulto reciba alguna asignación importante, del mismo modo que una oportunidad y el aliento para aumentar su conocimiento del Evangelio. Debe también recibir ayuda para establecer relaciones sociales con los miembros de la Iglesia para que no se sienta solo al comenzar su vida como miembro activo Santo de los Últimos Días 22.

Es una inspiración y un gozo ver… a los santos acercarse a los que diariamente entran al reino de nuestro Señor, ayudarles y orar por ellos. Continúen interesándose los unos en los otros, y en los muchos más que entrarán en la Iglesia. Denles la bienvenida, ámenlos y háganles sentir que son parte de la hermandad 23.

Nuestra responsabilidad como hermanos y hermanas en la Iglesia consiste en ayudar a los que estén perdidos a encontrar su camino y a hallar su tesoro a los que hayan extraviado lo que es precioso. Las Escrituras nos enseñan con claridad que todo miembro tiene la obligación de fortalecer a sus hermanos.

El Salvador, con amor pero con firmeza, recalcó esto cuando le dijo a Pedro: “…y tú, una vez vuelto [convertido] confirma a tus hermanos” (Lucas 22:32). Permítanme decir lo mismo a cada uno de ustedes: Una vez que se hayan convertido, por favor, fortalezcan a sus hermanos y hermanas. Hay tantos que padecen hambre, a veces sin conocer la causa de lo que sienten. Hay verdades y principios espirituales que pueden ser un firme cimiento para su vida, seguridad para su alma y paz para su corazón y mente si tan sólo dirigimos nuestras oraciones y nuestro interés activo hacia ellos…

Tal vez haya quien diga: “Es que conocemos a una persona en la que no podemos tener ninguna influencia”. Claro que se puede tener influencia. A esa persona siempre se le puede bendecir y ayudar. Está la promesa de las Escrituras que nos dice: “El amor nunca deja de ser” (1 Corintios 13:8). ¡Nunca! El amor, o caridad, si se hace sentir bastante tiempo, nunca deja de obrar su milagro ni en el individuo ni en nosotros, o en ambos, o en los que rodeen a la persona.

…Yo creo que no hay nadie que no pueda ser convertido —o podría decir reactivado— si la persona apropiada hace el intento apropiado, en el momento apropiado, de la manera apropiada y con el espíritu apropiado. Sé que las bendiciones de nuestro Padre Celestial se unirán a nuestros esfuerzos si nos preparamos, si vivimos felizmente los principios del Evangelio y si buscamos Su ayuda…

Que los maestros orientadores de los quórumes del sacerdocio, las maestras visitantes de la Sociedad de Socorro, los matrimonios, los padres e hijos y los miembros de cualquier parte que amen al Señor y deseen hacer Su voluntad extiendan los brazos y, con amor e inspiración, realicen las labores de rectitud que se requieren ayudando a quienes lo necesiten. Los arranques temporarios de interés y entusiasmo no acarrearán los resultados deseados; pero obtendremos éstos, y los obtendremos más a menudo de lo que cualquiera de nosotros se imagine, si con oración aumentamos nuestros esfuerzos. No sólo recibiremos las bendiciones escogidas del Señor, nosotros y otras personas, sino que nos acercaremos más a Él y sentiremos Su amor y Su Espíritu 24.

Los padres deben ayudar a sus hijos a prepararse para el servicio misional de tiempo completo.

Es necesario que haya aún más jóvenes que den un paso adelante para asumir su debida responsabilidad, privilegio y bendición como siervos del Señor en la obra misional. ¡Cuánta fortaleza recibiríamos nosotros y ellos si todos los muchachos de la Iglesia se prepararan para la obra del Señor! 25

Cuando pido más misioneros, no pido misioneros… sin un testimonio, ni misioneros que no sean dignos; pido que comencemos a preparar a nuestros jóvenes más temprano y mejor en todas las ramas y en todos los barrios de la Iglesia en el mundo. He aquí otro cometido: que nuestros jóvenes lleguen a comprender que cumplir una misión constituye un gran privilegio, y que deben hallarse en buenas condiciones físicas, mentales y espirituales; y además, que “yo, el Señor, no puedo considerar el pecado con el más mínimo grado de tolerancia” (D. y C. 1:31).

Pido misioneros que hayan sido cuidadosamente instruidos y preparados, tanto en el seno familiar como en las organizaciones de la Iglesia, y que lleven a la misión grandes anhelos. Pido… que capacitemos a nuestros futuros misioneros mucho mejor, con más anticipación y durante más tiempo, de manera que cada uno espere su llamamiento con gran gozo 26.

Debemos aspirar a algo más grande. Debemos preparar mejor a nuestros misioneros, no sólo en idiomas nuevos sino en las Escrituras y, sobre todo, inculcarles un testimonio y un fuego ardiente en el pecho que dé poder a sus palabras 27.

Envíen a sus muchachos a la misión. En el mismo momento en que los tomen en sus brazos por primera vez, empiecen a enseñarles. Ellos los oyen orar de noche y de mañana; los oyen cuando piden al Señor que abra las puertas de todas las naciones; los oyen hablar de la obra misional. Los escuchan cuando oran por el obispo, por el presidente de la misión y por todos los demás que les prestan servicio, y la idea va abriéndose paso en su conciencia gradualmente 28.

Casi todas las veces en que me encuentro con un niño, le digo: “Vas a ser un gran misionero, ¿verdad?” Se planta una semilla en su mente, que es como cualquier planta; germina y crece, y si el padre y la madre hablan a sus hijitos… de ir a cumplir una misión —casi desde que son bebés—, esa pequeña semilla germinará y crecerá 29.

Es bueno que los padres comiencen a preparar a sus hijos a temprana edad a ahorrar; que tengan el espíritu de ahorro; que también les inculquen el deseo de estudiar las Escrituras y de orar en cuanto al Evangelio, y de observar por sí mismos el efecto que tiene el Evangelio en su vida y en la vida de aquellos que los rodean. Que aprendan a sentir el espíritu del servicio en sus años formativos y que tengan la experiencia de ayudar a otras personas a analizar el gozo que el mensaje del Evangelio haya llevado a su vida. Que aprovechen las clases de seminario e instituto y sus experiencias personales como capacitación y fuente de conocimiento espiritual sumamente valioso, no sólo para ellos mismos sino para los demás también. Que se preparen viviendo en forma limpia y digna y sintiendo de todo corazón el deseo de ayudar al Señor a llevar el Evangelio a todos los que estén preparados para recibirlo 30.

Espero que todas las familias tengan su noche de hogar sin falta cada lunes por la noche. Uno de los temas principales de esa noche debe ser la obra misional; y padres e hijos, cuando les toque el turno, deben ofrecer oraciones cuyo punto central sea este importante elemento: que las puertas de las naciones se nos abran, y segundo, que los misioneros, los hombres y las mujeres jóvenes de la Iglesia, estén ansiosos por cumplir esa misión y traer almas a la Iglesia 31.

Parents should help their children prepare for full-time missionary service.“Espero que todas las familias tengan su noche de hogar sin falta cada lunes por la noche. Uno de los temas principales de esa noche debe ser la obra misional”.

La Iglesia necesita matrimonios que presten servicio misional.

…Si la salud y otras condiciones lo permiten, los padres pueden tener la expectativa del día en que a ellos también les sea posible prestar servicio en una misión 32.

Creo que es un asunto que hemos pasado por alto: nosotros, las personas mayores, que nos hemos jubilado y encontramos lugares fáciles adonde ir con nuestro equipo de campamento y otras oportunidades de diversión. Hemos descubierto una manera muy fácil de satisfacer nuestros pensamientos y nuestra conciencia con respecto al hecho de que la obra debe seguir avanzando: decimos que mandaremos a nuestros muchachos.

Todos tenemos esa responsabilidad. No todos estamos en condiciones de hacerlo, pero para muchos, muchísimos de nosotros es posible 33.

Podríamos utilizar a cientos de matrimonios, personas mayores como algunos de ustedes, que ya han criado a su familia, que se han jubilado de su trabajo, que podrían salir… y enseñar el Evangelio. Cientos de matrimonios nos serían útiles. Decídanse y vayan a hablar con el obispo; eso es todo lo que tienen que hacer. Díganle: “Estamos prontos para salir si usted quiere”. Creo que es muy probable que reciban un llamamiento 34.

Ésta es la labor del Señor; estamos en Su obra. Él nos ha dado mandamientos precisos y, sin embargo, somos desconocidos para muchas personas en el mundo. Es tiempo de ceñir los lomos e ir adelante con nueva resolución en esta gran obra. Hemos hecho el convenio, ustedes y yo, de cumplir. Ruego que todos digamos como aquel jovencito a quien sus ansiosos padres encontraron en el templo, sentado en medio de los doctores de la ley: “…en los negocios de mi Padre me es necesario estar” (Lucas 2:49) 35.

Sugerencias para el estudio y la enseñanza

Al estudiar el capítulo o al prepararse para enseñar su contenido, tenga en cuenta estos conceptos. Para ayuda adicional, vea las páginas V–X.

  1. ¿En qué sentido es la obra misional “una aventura espiritual”? (pág. 285). Cuando damos a conocer el Evangelio, ¿qué experiencias “emocionantes y compensadoras” podemos tener? (Para un ejemplo, véase el relato en la pág. 284.)

  2. Repase las páginas 259–260, fijándose en cuáles son las bendiciones que recibimos cuando hablamos del Evangelio a los que no son miembros. ¿Cuándo ha recibido usted alguna de esas bendiciones?

  3. Lea el cuarto párrafo completo de la página 287. ¿Qué quiere decir “alargar nuestro paso” y “ampliar nuestra visión”? ¿Qué debemos hacer para seguir ese consejo en la obra misional?

  4. Repase la sección que empieza en la página 288. Medite o analice con otras personas el consejo que se nos da sobre dar a conocer el Evangelio a familiares y amigos. Por ejemplo: (a) ¿Qué podemos hacer para “acercarnos a nuestros vecinos”? (b) ¿En qué sentido somos “una propaganda” de la Iglesia? (c) ¿Qué posibles problemas puede presentar el esperar “el momento preciso y perfecto” para hablar del Evangelio? (d) ¿Cómo debemos reaccionar si nuestros familiares y amigos no aceptan nuestra invitación a escuchar el Evangelio?

  5. ¿Cuáles son algunas de las cosas que necesita un miembro nuevo? ¿O uno menos activo? ¿Qué podemos hacer para ayudarles? (Véanse las págs. 291–293.)

  6. ¿Qué cualidades buscan los líderes de la Iglesia en los misioneros de tiempo completo? (Para algunos ejemplos, véanse las págs. 293–295.) ¿Qué deben hacer los padres y otras personas para ayudar a los niños y jovencitos a desarrollar esas cualidades? El presidente Kimball aconseja que se ahorre dinero para la misión. ¿Qué pueden hacer padres e hijos para seguir ese consejo?

  7. El presidente Kimball exhorta a los matrimonios mayores a cumplir una misión (págs. 295–296). ¿Qué opciones y oportunidades ofrece la Iglesia a los matrimonios misioneros? ¿Qué deben hacer los matrimonios para prepararse a prestar servicio? ¿Cómo hace usted obra misional en esta etapa de su vida?

Pasajes relacionados: Mosíah 3:20; Alma 26:1–16; Helamán 6:3; Moroni 6:3–4; D. y C. 84:88.

Notas

1. Edward L. Kimball y Andrew E. Kimball, hijo, Spencer W. Kimball, 1977, pág. 354.
2. “¿Es esto todo lo que podemos hacer?”, Liahona, junio de 1983, pág. 5.
3. “It Becometh Every Man”, Ensign, octubre de 1977, pág. 7.
4. Liahona, junio de 1983, pág. 3.
5. Véase “El servicio misional”, Liahona, abril de 1982, págs. 51–52.
6. Liahona, junio de 1983, pág. 2.
7. Véase “Me seréis testigos”, Liahona, noviembre de 1977, págs. 1–2.
8. Véase “Cuando el mundo sea convertido”, Liahona, septiembre de 1984, pág. 3.
9. Véase “La obra de los últimos días”, Liahona, enero de 1983, págs. 6–7.
10. Seminario para representantes regionales, 3 de octubre de 1980, Archivos de La Iglesia de Jesucristo de los Santos de los Últimos Días, pág. 2.
11. Véase Liahona, junio de 1983, pág. 3.
12. Seminario para representantes regionales, 30 de septiembre de 1976, Archivos de La Iglesia de Jesucristo de los Santos de los Últimos Días, pág. 2.
13. Véase “La barra de hierro”, Liahona, febrero de 1979, pág. 8.
14. Seminario para representantes regionales, 3 de octubre de 1980, pág. 2.
15. “President Kimball Speaks Out on Service to Others”, New Era, marzo de 1981, págs. 48–49.
16. Véase Liahona, noviembre de 1977, pág. 3.
17. Véase Liahona, noviembre de 1977, pág. 3.
18. Seminario para representantes regionales, 3 de abril de 1975, Archivos de La Iglesia de Jesucristo de los Santos de los Últimos Días, pág. 7.
19. Véase Liahona, noviembre de 1977, pág. 3.
20. En Conference Report, Conferencia de Área de Glasgow, Escocia, 1976, pág. 23.
21. Liahona, noviembre de 1977, pág. 3.
22. Véase “El poder del perdón”, Liahona, febrero de 1978, pág. 59.
23. “Always a Convert Church: Some Lessons to Learn and Apply This Year”, Ensign, septiembre de 1975, pág. 4.
24. Véase “Ayudemos a otros a alcanzar…”, Liahona, marzo de 1984, págs. 2, 6.
25. Véase Liahona, junio de 1983, pág. 2.
26. Véase “Id por todo el mundo”, Liahona, noviembre de 1974, págs. 3–4.
27. Seminario para representantes regionales, 5 de abril de 1976, Archivos de La Iglesia de Jesucristo de los Santos de los Últimos Días, pág. 14.
28. En Conference Report, Conferencia de Área de Glasgow, Escocia, 1976, pág. 6.
29. The Teachings of Spencer W. Kimball, pág. 556.
30. Véase Liahona, junio de 1983, pág. 4.
31. Véase “Vivamos de acuerdo con estos principios”, Liahona, febrero de 1979, pág. 62.
32. “Therefore I Was Taught”, Ensign, enero de 1982, pág. 4.
33 . The Teachings of Spencer W. Kimball, pág. 551.
34. The Teachings of Spencer W. Kimball, pág. 551.
35. Liahona, abril de 1982, pág. 52.

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Los pastores del rebaño

Los pastores del rebaño

El sostener y seguir al Profeta y a los demás líderes de la Iglesia nos provee un camino seguro.

De la vida de Spencer W. Kimball

El presidente Spencer W. Kimball enseñaba con frecuencia la importancia de sostener a los líderes de la Iglesia, locales y generales. En la sesión del sacerdocio de la conferencia general de abril de 1978, recordó los sentimientos que tenía de niño y jovencito hacia cada hombre que había servido como su obispo: “Nosotros siempre tuvimos un buen obispo, a quien todos amábamos. Estaban el obispo Zundel y el obispo Moody y el obispo Tyler y el obispo Wilkins. Yo los quise a todos. Espero que todos mis jóvenes hermanos quieran al obispo que tienen como yo quería al mío” 1.

En otro discurso dijo: “Recuerdo cuando, siendo muchacho, venía con mi padre a este Tabernáculo [el de Salt Lake] desde Arizona, para asistir a la conferencia general. Me maravillaba oír los discursos de las Autoridades Generales… me maravillaban sus palabras, y desde joven tomaba seriamente sus advertencias. Estos hombres se encuentran entre los profetas de Dios del mismo modo que lo fueron los del Libro de Mormón y los de la Biblia” 2.

The Lord directs His Church through divinely appointed leaders.El presidente Kimball saludando a la gente al entrar en el Tabernáculo de Salt Lake para una conferencia general.

El presidente Kimball expresaba a menudo su agradecimiento a los miembros por su disposición a sostenerlos a él y a otros líderes de la Iglesia: “Dondequiera que voy encuentro una gran efusión de amor y bondad hacia mi persona, y por eso estoy humildemente agradecido, pues es maná para mi alma; sus oraciones y su amor me mantienen. El Señor escucha sus oraciones y me bendice, al igual que a las demás Autoridades, con salud y fortaleza, y Él nos dirige en los asuntos de Su reino aquí, sobre la tierra. Todos le estamos sumamente agradecidos por estas bendiciones” 3. También se refería al amor que él y los demás líderes de la Iglesia sentían por los santos: “Los queremos y les deseamos completo progreso, gozo y felicidad, que sabemos que sólo se obtienen siguiendo las admoniciones de Dios que proclaman Sus profetas y Sus líderes” 4.

Enseñanzas de Spencer W. Kimball

El Señor dirige Su Iglesia por medio de líderes nombrados por inspiración divina.

El Maestro y Salvador, el Señor Jesucristo mismo, se encuentra al frente de esta Iglesia en toda Su majestad y gloria, y dirige Sus asuntos mediante profetas y apóstoles divinamente llamados y sostenidos 5.

La Presidencia de la Iglesia y los Doce Apóstoles administran los asuntos de la Iglesia de Jesucristo, con la ayuda de otras numerosas Autoridades Generales, así como por medio de los presidentes de estaca y de misión, y los obispos. Estos hombres son los pastores del rebaño. El Señor ha instalado a estos hombres para que dirijan Su reino sobre la tierra y les ha conferido autoridad y responsabilidad, a cada cual en su esfera particular. Él les ha dado el Sacerdocio de Melquisedec, el cual es Su propio poder y autoridad que Él les delega. Además, reconoce y ratifica los actos de esos siervos escogidos y ungidos 6.

Les doy mi testimonio de que los líderes de ésta, la Iglesia de Jesucristo, son llamados por inspiración divina y apartados para guiar por medio del espíritu de profecía, como ha sucedido en otras dispensaciones 7.

A todo miembro de esta Iglesia, el Señor ha proporcionado líderes en tres niveles: el obispo o presidente de rama, el presidente de estaca o de misión y las Autoridades Generales. Estos líderes son dignos de confianza. Alguno podrá estar limitado en conocimiento, en preparación académica o en capacitación, pero tiene derecho a recibir las revelaciones del Señor para su gente y tiene abierto el canal de comunicación con Dios mismo 8.

Desde la época de la Crucifixión, ha habido decenas de millares de hombres que el Salvador ha llamado para ocupar puestos de responsabilidad, ninguno de los cuales ha sido perfecto; y sin embargo, todos son llamados por el Señor, y los deben apoyar y sostener aquellos que quieren ser discípulos del Señor. Ése es el espíritu verdadero del Evangelio 9.

Los líderes escogidos, aprobados y ordenados nos protegerán de la “estratagema de hombres… [y] las artimañas del error” [Efesios 4:14]. Al que se protege de los guías ciegos o malvados siguiendo al Espíritu y a los correspondientes líderes de la Iglesia, nunca se le podrá engañar 10.

Nadie puede estar más anheloso de recibir la guía que el Señor les dé para el beneficio de la humanidad y para la gente de la Iglesia que las Autoridades Generales que están a la cabeza de esta Iglesia 11.

Yo sé que el Señor se comunica con Sus profetas y que revela la verdad a Sus siervos en la actualidad, del mismo modo que lo hizo en los días de Adán, Abraham, Moisés, Pedro y José, y de los muchos otros que les siguieron a lo largo del tiempo. No cabe duda de que los mensajes de luz y verdad de Dios llegan al hombre hoy día al igual que en cualquier otra dispensación 12.

Los profetas enseñan conceptos similares.

Algunas personas se preguntarán por qué las Autoridades Generales hablan de las mismas cosas en todas las conferencias. Al estudiar las declaraciones de los profetas a través de los siglos, veo que el modelo que siguen es bien claro. De acuerdo con las palabras de Alma, tratamos de enseñarle al pueblo “un odio perpetuo contra el pecado y la iniquidad”. Predicamos “el arrepentimiento y la fe en el Señor Jesucristo” (Alma 37:32, 33). Elogiamos la humildad. Tratamos de enseñar al pueblo “a resistir toda tentación del diablo, con su fe en el Señor Jesucristo” (Alma 37:33). Enseñamos a nuestra gente “a no cansarse nunca de las buenas obras” (Alma 37:34).

Los profetas repiten las mismas cosas, porque nos enfrentamos fundamentalmente con los mismos problemas. Hermanos y hermanas, las soluciones a éstos no han cambiado. Sería un mal faro aquel que emitiera una señal diferente a cada uno de los barcos al guiarlos para que entraran al puerto; sería un mal guía el que, conociendo un camino seguro, llevara a aquellos que en él han puesto su confianza por otro, pleno de peligrosos senderos del cual no hay viajero que regrese 13.

Los líderes de la Iglesia no podemos ofrecerles, cada vez que les enseñamos, una ruta nueva o más atractiva que los vuelva a la presencia de nuestro Padre Celestial. La ruta sigue siendo la misma. Por lo tanto, es necesario alentarlos continuamente con respecto a los mismos conceptos y repetirles las advertencias. Pero el hecho de que la verdad se repita no la hace menos importante ni menos real. Sin duda, sucede lo contrario 14.

Me imagino que si el Señor mismo estuviera en el Monte de los Olivos instruyendo al pueblo, diría muchas de las mismas cosas que se han dicho y que se dirán [en nuestras conferencias]. Me imagino que si Él estuviera de pie junto al Mar de Galilea, rodeado de barcos en el agua y de gente a Su lado en la orilla, diría lo mismo de siempre: que obedezcamos los mandamientos de Dios, que nos mantengamos sin mancha del mundo y que vivamos de acuerdo con todo mandamiento que Dios nos ha dado. Eso es lo que diría, y por eso hoy lo dice a través de Sus siervos 15.

Muchas veces a los profetas no se les ha hecho caso o han sido rechazados durante su vida.

Cuando el mundo ha seguido a los profetas, ha avanzado; cuando los ha dejado de lado, ha habido como resultado estancamiento, servidumbre y muerte 16.

Aun dentro de la Iglesia muchos adornan la tumba de los profetas muertos, mientras que mentalmente arrojan piedras a los vivos [véase Mateo 23:29–30, 34] 17.

…No cometamos el mismo error que cometieron los antiguos habitantes de la tierra. Actualmente, gran número de personas religiosas creen en Abraham, Moisés y Pablo, pero se niegan a creer en los profetas de nuestra época. Los antiguos también podían creer en los profetas de tiempos remotos, pero maldijeron y condenaron a los de sus propios días 18.

A través de los siglos se han utilizado diversos pretextos para rechazar a estos mensajeros divinos [los profetas vivientes]. Ha habido repudio porque el profeta procedía de un lugar sin importancia: “…¿De Nazaret puede salir algo de bueno?” (Juan 1:46). Jesús también se enfrentó con la pregunta: “¿No es éste el hijo del carpintero?” (Mateo 13:55). De un modo u otro, el método más rápido para rechazar a los santos profetas ha sido encontrar un pretexto, por más falso y absurdo que fuera, para descartar al hombre a fin de poder descartar también su mensaje. Los profetas que no eran locuaces sino tardos en el habla fueron despreciados. En lugar de obedecer el mensaje de Pablo, algunas personas vieron su “presencia corporal débil, y la palabra menospreciable” [2 Corintios 10:10]. Tal vez lo hayan juzgado por el timbre de su voz o por su estilo de locución y no por las verdades que expresaba…

Las preocupaciones mundanas son tantas y tan complicadas que aun la gente buena se desvía de la verdad por preocuparse demasiado por las cosas del mundo…

A veces la gente ha puesto a tal grado su corazón en los honores y en las posesiones de este mundo, que no puede aprender las lecciones de las que tiene mayor necesidad. Las verdades sencillas a menudo son rechazadas, para dar lugar a las filosofías de los hombres, que son más fáciles de obedecer; y ésta es otra causa para rechazar a los profetas…

Los santos profetas no sólo han rehusado seguir las erradas tendencias humanas, sino que han señalado esos errores. No es de extrañar entonces que la reacción de la gente a sus enseñanzas no siempre haya sido de indiferencia; muchas veces fueron rechazados porque ellos rechazaron primero las maldades de su propia sociedad…

Los profetas tienen un modo de hacer que reaccione la mente carnal. Con demasiada frecuencia, los acusan equivocadamente de dureza y de estar ansiosos por predecir algo para luego poder decir: “Te lo advertí”. Los profetas que yo he conocido son, de entre todos los hombres, los más afectuosos. Como consecuencia de su integridad y su amor es que no pueden modificar el mensaje del Señor tan sólo para complacer al pueblo. Son demasiado buenos para hacer algo tan cruel. Estoy sumamente agradecido de que los profetas no anhelen la popularidad 19.

Los padres deben enseñar a sus hijos a sostener y a seguir a los líderes de la Iglesia.

¿Cómo enseñan a sus hijos a amar a las autoridades de la Iglesia? Si ustedes dicen constantemente cosas buenas sobre la presidencia de la rama, del distrito, de la misión y de la Presidencia de la Iglesia, sus hijos llegarán a amar a los hermanos mientras crecen 20.

Oramos por los líderes de la Iglesia. Si los niños, todos los días, los recuerdan ante el Señor cuando les toque el turno de orar en familia o cuando oren a solas, es muy difícil que lleguen a caer en la apostasía…

Los niños que oren por los hermanos crecerán teniéndoles cariño, hablando bien de ellos, honrándolos y siguiendo su ejemplo. Es más probable que los que oigan diariamente hablar de los líderes con afecto en las oraciones crean sus discursos y admoniciones cuando los escuchen.

Cuando los muchachos hablan con el Señor sobre su obispo, es más probable que tomen muy en serio sus entrevistas con él, en las que se mencionen sus avances en el sacerdocio, la misión y las bendiciones del templo. Y las niñas también acatarán con respeto todos los procedimientos de la Iglesia si oran por sus líderes 21.

Los que siguen a las autoridades de la Iglesia encuentran seguridad.

Los miembros de la Iglesia siempre estarán seguros si siguen de cerca las instrucciones, los consejos y la dirección de las autoridades de la Iglesia 22.

Las autoridades que el Señor ha colocado en Su Iglesia constituyen para los miembros de ésta una protección, un refugio, un ancla, por así decirlo. En esta Iglesia, nadie que se afirme con seguridad en las Autoridades que el Señor ha puesto en ella se apartará muy lejos. La Iglesia jamás se desviará; el Quórum de los Doce Apóstoles nunca los llevarán a ustedes por un camino errado; nunca ha sucedido eso ni nunca sucederá. Habrá tal vez personas que flaqueen, pero jamás, en ningún momento, habrá una mayoría del Consejo de los Doce que esté equivocada. El Señor los ha elegido y les ha dado responsabilidades específicas; y todos los que permanezcan cerca de ellos estarán en lugar seguro. Por el contrario, el que empiece a seguir su propio camino oponiéndose a la autoridad, ése está en serio peligro. No diré que los líderes que el Señor elige sean los más brillantes ni los que estén mejor capacitados, pero son los elegidos; y si han sido escogidos por el Señor, son Su autoridad reconocida, y la gente que permanezca cerca de ellos estará en lugar seguro 23.

…Si vivimos el Evangelio y seguimos los consejos de nuestros líderes de la Iglesia, seremos bendecidos para evitar muchos de los problemas… que nos afligen 24.

…Escuchemos a quienes sostenemos como profetas y videntes, y a los otros hermanos, como si nuestra vida eterna dependiera de ellos, ¡porque realmente es así! 25

Sugerencias para el estudio y la enseñanza

Al estudiar el capítulo o al prepararse para enseñar su contenido, tenga en cuenta estos conceptos. Para ayuda adicional, vea las páginas V–X.

  1. Considere las bendiciones que ha recibido por sostener a los líderes de la Iglesia de los tres niveles que describe el presidente Kimball (véase la pág. 276). Al hacerlo, ¿qué experiencias le vienen a la memoria?

  2. Repase la sección que empieza en la página 277. ¿Cuáles son algunos de los mensajes que se han repetido en las últimas conferencias generales?

  3. Repase el cuarto y el quinto párrafo completos de la página 278. ¿Por qué les será tan difícil a algunas personas seguir a los profetas contemporáneos? ¿Qué ejemplos recientes de eso le vienen a la memoria?

  4. ¿Qué podemos hacer para alentar a los niños y a otras personas a respetar y seguir a los líderes de la Iglesia? (Véanse los ejemplos en las págs. 280.)

  5. Repase la última sección del capítulo. ¿Por qué hay seguridad en seguir el consejo de los líderes de la Iglesia?

Pasajes relacionados: Efesios 2:19–20; 4:11–16; Helamán 13:24–29; D. y C. 1:14, 38; 21:4–6; 121:16–21.

Notas

1. Véase “Fortalezcamos la familia…”, Liahona, agosto de 1978, pág. 70.
2. “Los profetas”, Liahona, agosto de 1978, pág. 121.
3. Véase “Cristo, nuestra eterna esperanza”, Liahona, febrero de 1979, pág. 110.
4. En Conference Report, abril de 1974, pág. 65; Ensign, mayo de 1974, pág. 46.
5. “Un reino que no será jamás destruido”, Liahona, agosto de 1976, pág. 4.
6. El milagro del perdón, 1976, pág. 333.
7. En Conference Report, octubre de 1958, pág. 57.
8. That You May Not Be Deceived, Speeches of the Year, 11 de noviembre de 1959, Universidad Brigham Young, págs. 12–13.
9. El milagro del perdón, 280.
10. That You May Not Be Deceived, pág. 13.
11. “Second Century Address”, Brigham Young University Studies, verano de 1976, pág. 447.
12. Véase “Un plan para el hombre”, Liahona, febrero de 1978, pág. 58.
13. Véase Liahona, agosto de 1976, pág. 4.
14. Véase “Joven, formas parte…”, Liahona, junio de 1982, pág. 47.
15. En Conference Report, Conferencia de Área de Manila, Filipinas, 1975, pág. 4.
16. En Conference Report, abril de 1970, pág. 121; Improvement Era, junio de 1970, pág. 94.
17. Citado por Ezra Taft Benson en “Catorce razones para seguir al Profeta”, Liahona, junio de 1981, pág. 4.
18. “La palabra del Señor…”, Liahona, octubre de 1977, pág. 65.
19. Véase Liahona, agosto de 1978, págs. 121, 122.
20. The Teachings of Spencer W. Kimball, ed. por Edward L. Kimball, 1982, pág. 460.
21. The Teachings of Spencer W. Kimball, pág. 121.
22. The Teachings of Spencer W. Kimball, pág. 461.
23. En Conference Report, abril de 1951, pág. 104.
24. “Profunda dedicación a los Servicios de Bienestar”, Liahona, julio de 1980, pág. 155.
25. Liahona, agosto de 1978, pág. 123.

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