Los Artículos de Fe

Capítulo 4
La Expiación y Salvación

Artículo 3.— Creemos que por la Expiación de Cristo todo el género humano puede salvarse, mediante la obediencia a las leyes y ordenanzas del evangelio.

LA EXPIACION

La Expiación de Cristo se enseña como doctrina principal en todas las sectas que profesan el cristianismo. Tan común es la expresión, y el punto esencial de su significado tan generalmente admitido que tal vez parecerá superflua su definición; no obstante, el uso de la palabra “expiación” en el sentido teológico encierra cierta importancia particular. La doctrina de la expiación abarca pruebas de la divinidad del ministerio terrenal de Cristo y de la naturaleza vicaria de su muerte como sacrificio preordinado y voluntario, que tenía por objeto servir de propiciación eficaz por los pecados del género humano, convirtiéndose así en el instrumento mediante el cual se puede obtener la salvación.

El Nuevo Testamento, propiamente considerado como la escritura de la misión de Cristo entre los hombres, está lleno, desde el principio hasta el fin, de la doctrina de salvación-mediante la obra expiatoria efectuada por el Salvador; y sin embargo, la palabra expiación no se halla en esa parte de la narración bíblica. En el Antiguo Testamento ocurre repetidas veces, y con notable frecuencia en el Exodo, Levítico y Números, tres de los libros del Pentateuco; y el sentido en que se usa es el de un sacrificio propiciatorio, asociado generalmente con la muerte de una víctima aceptable por medio de lo cual se habría de efectuar la reconciliación entre Dios y los hombres.

San Pablo usa el término reconciliación en su epístola a los santos de Roma: “Y no sólo esto, mas aun nos gloriamos en Dios por el Señor nuestro Jesucristo, por el cual hemos ahora recibido la reconciliación.”(Rom. 5:11) Y éste es el significado del sacrificio salvador del Redentor con que él expió la transgresión de la caída—a causa de la cual entró la muerte en el mundo—y dió al hombre el medio disponible y eficaz para realizar la inmortalidad por la reconciliación con Dios.

La Naturaleza de la Expiación.— La expiación efectuada por Jesucristo es una consecuencia necesaria de la transgresión de Adán; y como la previsión infinita de Dios le reveló lo que sucedería aun antes que Adán fuese colocado sobre la tierra, así también la misericordia del Padre preparó a un Salvador para el género humano antes de echarse los cimientos del mundo. A causa de la caída Adán y Eva han transmitido a sus descendientes las condiciones del estado mortal; por consiguiente, todos los seres que nacen de padres terrenales quedan sujetos a la muerte corporal. La sentencia de ser desterrados de la presencia de Dios fué como una muerte espiritual; y en igual manera, ese castigo que se impuso sobre nuestros primeros padres el día de su transgresión ha seguido a la humanidad como herencia común. En vista de que este castigo vino sobre el mundo a causa de un acto individual, sería una injusticia manifiesta hacer que todos sufrieran eternamente dicho castigo sin un medio de rescate. De ahí pues, que se decretó el sacrificio prometido de Jesucristo como propiciación por la ley violada, mediante el cual se podría satisfacer en todo sentido a la Justicia, y así la Merced quedaría en libertad para ejercer su influencia benéfica en las almas de los hombres.(Apéndice IV:1) Quizá no están al alcance del entendimiento del hombre todos los detalles del glorioso plan por medio del cual se asegura la salvación de la raza humana; pero aun de sus débiles esfuerzos por penetrar las causas primarias de los fenómenos de la naturaleza, el hombre ha aprendido que sus facultades comprensivas están limitadas, y admitirá que el rechazar un efecto, por no poder aclarar su causa, sería renunciar a sus pretensiones de ser un individuo observador y racional.

Aun cuando muy sencillo en sus puntos generales, admítese que el plan de redención, en cuanto a sus detalles, es un misterio para la mente finita. El presidente Juan Táylor ha escrito de esta manera: “De cierto modo misterioso e incomprensible, Jesús asumió la responsabilidad que habría recaído naturalmente sobre Adán; pero que sólo podría efectuarse por la mediación de él mismo, tomando sobre sí las aflicciones, asumiendo las responsabilidades y llevando las transgresiones o pecados de todos. De una manera que para nosotros es incomprensible e inexplicable, él llevó el peso de los pecados de todo el mundo, no sólo de Adán, sino de su posteridad; y haciéndolo, abrió el reino de los cielos no únicamente a todos los creyentes y todos los que obedecieran la ley de Dios, sino a más de la mitad de los de la familia humana que mueren antes de llegar a ser mayores de edad, como también a los paganos, quienes, habiendo muerto sin ley, resucitarán sin ley, debido a la mediación de Cristo, y serán juzgados sin ley; y de este modo participarán, según su habilidad, obras y valor, de las bendiciones de la expiación de él.”(Apéndice IV :5)

Por incompleto que sea nuestro entendimiento del plan de redención mediante el sacrificio vicario de Cristo en todas sus partes, no podemos rechazarlo sin ser tachados de paganos; porque es la doctrina fundamental de todas las Escrituras, la esencia misma del espíritu de profecía y revelación, la más prominente de todas las declaraciones que Dios ha hecho al hombre.

La Expiación Fué un Sacrificio Vicario.— Motivo de gran asombro es para muchos el hecho de que el sacrificio voluntario de un solo ser pudiera obrar como medio de rescate para el resto del género humano. En esto, como en otras cosas, las Escrituras se entienden por el espíritu de interpretación bíblica. Los escritos sagrados de los tiempos antiguos, las expresiones inspiradas de los profetas de los postreros días, las tradiciones del género humano, los ritos del sacrificio y aun los sacrilegios de las idolatrías paganas, encierran todos el concepto de una expiación vicaria. Dios jamás se ha negado a aceptar una ofrenda hecha por uno que está autorizado, a favor de aquellos que de algún modo están incapacitados para efectuar ellos mismos el servicio requerido. El macho cabrío expiatorio (Lev. 16:20-22) y la víctima del altar (Lev.4) entre los antiguos israelitas eran aceptados por el Señor para mitigar los pecados del pueblo, si se ofrecían con arrepentimiento y contrición. Es interesante notar que aun cuando las ceremonias del sacrificio constituían tan grande y esencial parte de los requisitos mosaicos, estos ritos largo tiempo antecedieron el establecimiento de Israel como pueblo separado, porque, como ya se ha visto, Adán ofreció sacrificios sobre el altar. Así pues, el simbolismo de inmolar animales, como prototipo del gran sacrificio que habría de verificarse sobre el Calvario, quedó instituido desde el principio de la historia humana.

Clasifícanse los varios géneros de sacrificios prescritos por la ley de Moisés en sangrientos e incruentos. Solamente los primeros, aquellos que incluían la imposición de la muerte, se aceptaban como propiciación o expiación por el pecado; y la víctima había de ser limpia y sana, y sin mancha o defecto. En igual manera, para el gran sacrificio, cuyos efectos iban a ser infinitos, sólo se podía aceptar una víctima inocente. A Cristo le correspondió el derecho de ser el Salvador, como el único ser sin pecado en el mundo, como el Unigénito del Padre, y sobre todo, como el único ordenado en los cielos para ser el Redentor del género humano; y aunque el ejercicio de este derecho encerraba un sacrificio, cuya extensión el hombre no puede comprender, sin embargo, Cristo se ofrendó gustosa y voluntariamente. Tuvo hasta lo último el medio de poner fin a los tormentos de sus verdugos por el ejercicio de sus poderes inherentes. (Mat.26:63,64; Juan 10:17-18) De cierta manera, a pesar de parecemos inexplicable, Cristo tomó sobre sí la pesada carga de los pecados del género humano. Los medios podrán ser un misterio para nuestras mentes finitas, sin embargo, los resultados son nuestra salvación.

En estos días el Salvador nos ha dicho algo acerca de su agonía mientras gemía bajo esta carga de pecados, la cual en sí debe haber sido para él, el prototipo de la pureza, amarga en extremo: “Porque, he aquí, yo, Dios, he padecido estas cosas por todos, para que no padezcan, si se arrepienten. Mas si no se arrepienten, tendrán que padecer aun como yo he padecido; padecimiento que hizo que yo, aun Dios, el más grande de todos, temblara a causa del dolor, y echara sangre por cada poro, y padeciera, tanto en el cuerpo como en el espíritu, y deseara no tener que beber la amarga copa y desmayar —sin embargo, gloria sea al Padre, participé, y acabé mis preparaciones para con los hijos de los hombres.”(D.y C.19:16-19; Jesús el Cristo, cap. 33) En los ritos del bautismo por los muertos,(1 Cor.15:29; cap. 7 de esta obra) cual se ha enseñado en los días apostólicos y modernos, así como en la institución de otras ordenanzas de los templos (D.y C.127:4-9; sec.128) en la dispensación actual, se encuentran ejemplos adicionales de la validez del servicio vicario.

El Sacrificio de Cristo Fué Voluntario e Inspirado por el Amor.— Hemos notado de paso que Cristo dió su vida gustosa y voluntariamente por la redención del género humano. Habíase ofrecido a sí mismo en el primordial concilio celestial como el sacrificio expiatorio que la transgresión prevista del primer hombre exigía; y el libre albedrío que él manifestó y ejerció en este paso, el primero de su misión salvadora, lo retuvo hasta el último momento del cumplimiento agonizante del plan aceptado. Aunque en todo detalle que se relaciona con nuestra estimación de él como ejemplo de divinidad entre el género humano, Jesús vivió sobre la tierra como un hombre, sin embargo, se debe tener presente que a pesar de haber nacido de una madre mortal, fué engendrado en la carne por un Padre inmortal; y combinóse así dentro de su ser la facultad para morir y el poder para aplazar la muerte indefinidamente. El entregó su vida; no le fué quitada contra su voluntad. Nótese el significado de su propia declaración: “Por eso me ama el Padre, porque yo pongo mi vida, para volverla a tomar. Nadie me la quita, mas yo la pongo de mí mismo. Tengo poder para ponerla, y tengo poder para volverla a tomar.”(Juan 10:17-18; Jesús el Cristo, caps. 3, 7, 25) En otra ocasión Jesús testificó de sí mismo en esta manera: “Porque como el Padre tiene vida en sí mismo, así dió también al Hijo que tuviese vida en sí mismo: Y también le dió poder de hacer juicio, en cuanto es el Hijo del hombre.”(Juan 5:26-27) En el trágico cuadro de la traición, cuando uno que profesaba ser su discípulo y amigo lo entregó con un beso alevoso en manos de sus enemigos, y cuando Pedro, con una temeridad nacida del celo personal, sacó y usó la espada en defensa del Maestro, éste le dijo: “¿Acaso piensas que no puedo ahora orar a mi Padre, y él me daría más de doce legiones de ángeles? ¿Cómo, pues, se cumplirían las escrituras, que así conviene que sea hecho?”(Mat.26:53-54) Y así hasta el amargo fin, señalado por la agonizante aunque triunfante exclamación: “Consumado es”, aquel Dios hecho carne sujetó dentro de sí el poder de frustrar a sus verdugos, si lo hubiera deseado.

El motivo que lo inspiró y sostuvo en todas las escenas de su misión, desde el tiempo de su ordenación primordial hasta el momento de la victoriosa consumación sobre la cruz, fué doble en su propósito: primero, el deseo de hacer la voluntad de su Padre, efectuando la redención del género humano; segundo, su amor por la humanidad, de cuyo bienestar y destino él se había encargado. Lejos de sentir el menor rencor hacia aquellos que lo mataron, se compadeció de ellos hasta lo último. Escuchadlo en esa hora de agonía suprema exclamar: “Padre, perdónalos, porque no saben lo que hacen.”(Luc. 23:34) Ni es menor el amor del Padre, como se ve en su aceptación del sacrificio de su Hijo y en permitir que aquel a quien se deleitaba en llamar su Amado sufriera como sólo un Dios podía sufrir: “Porque de tal manera amó Dios al mundo, que ha dado a su Hijo Unigénito, para que todo aquel que en él cree, no se pierda, mas tenga vida eterna. Porque no envió Dios a su Hijo al mundo para que condene al mundo, mas para que el mundo sea salvo por él.”(Juan 3:16-17)Además, leemos en las enseñanzas del apóstol a quien Cristo tanto amaba: “En esto se mostró el amor de Dios para con nosotros, en que Dios envió a su Hijo unigénito al mundo, para que vivamos por él.”(1Juan 4:9; Jesús el Cristo, caps. 2, 3)

La Expiación Fué Preordinada y Predicha.— Como ya se ha demostrado, el concilio celestial, al rechazar el plan de compulsión de Lucifer, había aceptado el plan del Padre, de instituir un medio para la redención del género humano y entonces dejar a todos los hombres en libertad de ejercer su albedrío. Aun desde tan remota época Cristo fué ordenado mediador de todo el género humano; de hecho, “hicieron un convenio él y su Padre, de acuerdo con el cual aquél convino expiar los pecados del mundo, y de este modo, como ya se ha dicho, llegó a ser el Cordero, ‘el cual fué muerto desde el principio del mundo.’ ”(Apéndice IV :4) Los profetas que vivieron siglos antes del tiempo del nacimiento de Cristo testificaron de él y de la gran obra para la cual había sido ordenado. A estos hombres de Dios se les había permitido contemplar en visiones proféticas muchas de las escenas que sobrevendrían en el curso de la misión terrenal del Salvador, y solemnemente dieron testimonio de las manifestaciones. El testimonio de Cristo es el espíritu de profecía, y sin él ninguno puede con justicia afirmar que goza de la distinción de ser un profeta de Dios. La desesperación que sintió Adán a consecuencia de la caída se convirtió en alegría cuando por medio de revelación supo del plan de redención que efectuaría el Hijo de Dios en la carne.(Moisés 5:9-11; Apéndice IV:6) Las mismas verdades enseñó Enoc el justo, verdades que le habían sido declaradas desde los cielos.(Moisés 6:51-68) Moisés,(Deut. 18:15,17-19) Job,(Job 19:25-27). David,(Sal. 2) Zacarías,(Zac. 9:9;12:10;13:6) Isaías,(Isa. 7:14; 9:6-7) y Miqueas(Mi. 5:2) dieron este mismo testimonio. Igual declaración profirió Juan el Bautista,(Mat. 3:11) a quien el Señor calificó de ser más que profeta.

Si hubiere duda concerniente a la aplicación de estas profecías, tenemos el testimonio conclusivo de Cristo de que se refieren a él. En aquel día tan memorable, poco después de su resurrección, mientras viajaba de incógnito con dos discípulos por el camino que conducía a Emmaús, él les explicó las Escrituras que habían sido escritas tocante al Hijo de Dios: “Y comenzando desde Moisés, y de todos los profetas, declarábales en todas las Escrituras lo que de él decían.”(Luc. 24:27) Unas cuantas horas después de este acontecimiento, el Señor se apareció a los once en Jerusalén. Despertó sus sentidos, “para que entendiesen las Escrituras; y díjoles: Así está escrito, y así fué necesario que el Cristo padeciese”,(Luc. 24:45, 46; Jesús el Cristo, cap. 37) con lo cual testificó que estaba cumpliendo un plan previamente ordenado. San Pedro, uno de los compañeros terrenales más íntimos del Salvador, se refiere a él llamándolo “un cordero sin mancha y sin contaminación: ya ordenado de antes de la fundación del mundo”.(1Ped.1:19-20) En su epístola a los Romanos, San Pablo hace mención de Cristo, diciendo que es aquel “al cual Dios ha propuesto en propiciación por la fe en su sangre, para manifestación de su justicia, atento a haber pasado por alto, en su paciencia, los pecados pasados”.(Rom. 3:25) Estas no son sino unas cuantas de las evidencias bíblicas a favor de la preordinación de Cristo; tanto los escritos del Antiguo Testamento, como los del Nuevo,(Rom.16:25-26; Ef.3:9-11; Col.1:24-26; 2Tim.1:8-10; Tito 1:2-3; Apo.13:8) abundan en pruebas de la obra señalada del Mesías.

Distínguense los profetas del Libro de Mormón por lo directo de sus testimonios relativos al Mesías. A causa de su fe le fué permitido al hermano de Jared ver al Salvador veintidós siglos antes del meridiano de los tiempos. Mostrósele que el hombre fué creado a imagen del Señor, y a la vez se le instruyó sobre el propósito del Padre respecto a que el Hijo tomaría sobre sí carne y moraría en la tierra.(Eter 3:13-14; 3:10-11) Obsérvese la declaración personal del Redentor preordinado a este profeta: “He aquí, yo soy el que fui preparado desde la fundación del mundo para redimir a mi pueblo; he aquí, soy Jesucristo. Soy el Padre y el Hijo. En mí tendrá luz eternamente todo el género humano, sí, cuantos creyeren en mi nombre; y llegarán a ser mis hijos y mis hijas.”(Eter 3:14; 8-16; Apéndice II:11)

Nefi anotó la profecía de su padre Lehi relativa a la futura aparición del Hijo en la carne, su bautismo, muerte y resurrección; y esta declaración profética indica la fecha precisa del nacimiento del Salvador, a saber, seiscientos años después de la salida de Lehi de Jerusalén. Se describe la misión de Juan el Bautista, y aun se designa el lugar del bautismo.(1Nefi 10:3-11) Un corto tiempo después de la visión de Lehi, el Espíritu le mostró a Nefi las mismas y muchas otras cosas, algunas de las que ha escrito pero la mayor parte de las cuales se le prohibió escribir, ya que otro, el apóstol Juan, había sido ordenado para escribirlas en un libro que formaría parte de la Biblia. No obstante, por el relato parcial de su visión sabemos que vió a María la Virgen en Nazaret, primero sola y poco después con un niño en sus brazos; y que el manifestador de la visión le informó que la criatura era el Cordero de Dios, el Hijo del Padre Eterno. Entonces Nefi vió al Hijo ejercer su ministerio entre los hijos de los hombres, proclamar la palabra, sanar a los enfermos y efectuar muchos otros grandes milagros; vió a Juan, el profeta del desierto, que iba delante de él; vió al Salvador que era bautizado por Juan, y al Espíritu Santo que descendía sobre él con la señal visible de la paloma. Entonces vió y profetizó que doce apóstoles seguirían al Señor en su ministerio; que el Hijo caería en manos de hombres, quienes lo juzgarían y por último lo matarían. Penetrando lo futuro, aun más allá de la crucifixión, Nefi vió la contienda del mundo contra los apóstoles del Cordero y el triunfo final de la causa de Dios.(1Nefi 11:14-35; 2Nefi 2:3-21; 25:20-27; 26:24)

Jacob, el hermano de Nefi, profetizó a sus hermanos que Cristo aparecería en la carne entre los judíos, y que éstos lo azotarían y lo crucificarían.(2Nefi 6:8-10; 9:5-6) El rey Benjamín alzó la voz en apoyo del mismo testimonio, y predicó a su pueblo acerca de la justa condescendencia de Dios.(Mosíah 3:5-27; 4:1-8) Lo mismo declararon Abinadí,(Mosíah 15:6-9;16) Alma,(Alma 7:9-14) Amulek (Alma 11:36-44) y Samuel, el profeta lamanita.(Helamán 14:2-8) El cumplimiento literal de estas profecías proporciona la prueba de su veracidad. Las señales y prodigios que indicaron el nacimiento(Helamán 14:2-5, 20-27) y la muerte de Cristo se realizaron todos;(3Nefi 1:5-21; 8:3-25) y después de su muerte y ascención, el Salvador se manifestó en persona a los nefitas mientras el Padre lo proclamaba a la multitud.(3Nefi 11:1-17; Jesús el Cristo, cap. 39)

Las Escrituras antiguas, por tanto, afirman claramente que Cristo vino a la tierra para efectuar una obra previamente señalada. De acuerdo con un plan que había sido formulado en justicia aun antes que el mundo fuese, vivió, sufrió y murió para la redención de los hijos de Adán. Igual importancia y claridad tiene la palabra de la revelación moderna, por medio de la cual el Hijo ha declarado ser Alfa y Omega, el Principio y el Fin, el Abogado del hombre ante el Padre, el Redentor universal.(D. y C.6:21;14:9;18:10-12;19:1-2, 24; 21:9; 29:1; 34:1-3; 35:1-2; 38:1-5; 39:1-3; 45:3-5; 46:13-14; 76:1-4; 12-14, 19-24, 68-69; 93:1-17, 38) Consideremos un solo pasaje de las muchas revelaciones concernientes a Cristo que se han dado en la dispensación actual: “Escuchad la voz del Señor vuestro Dios, aun Alfa y Omega, el principio y el fin, cuyo curso es un giro eterno, lo mismo hoy que ayer y para siempre. Soy Jesucristo, el Hijo de Dios, quien fué crucificado por los pecados del mundo, aun por cuantos creyeren en mi nombre, a fin de que llegasen a ser hijos de Dios, aun uno en mí, así como soy uno en el Padre, como el Padre es uno en mí, para que seamos uno.”(D. y C. 35:1-2)

La Extensión de la Expiación es universal, y aplícase igual a todos los descendientes de Adán. Hasta el incrédulo, el pagano y el niño que muere antes de llegar a la edad de responsabilidad, todos son redimidos de las consecuencias individuales de la caída por el sacrificio personal del Salvador.(Apéndice IV:2) Las Escrituras muestran que la resurrección del cuerpo es una de las victorias que Cristo logró por medio de su sacrificio expiatorio. El mismo proclamó la verdad eterna: “Yo soy la resurrección y la vida”;(Juan 11:25) y fué el primero de todos los hombres que se levantó del sepulcro a la inmortalidad, las “primicias de los que durmieron”(2Cor.15:20; Hech.26:23) No cabe duda, según las Escrituras, que la resurrección será universal. El Salvador anunció a sus apóstoles la iniciación de esta obra de librar de la tumba. He aquí sus palabras: “No os maravilléis de esto; porque vendrá hora, cuando todos los que están en los sepulcros oirán su voz; y los que hicieron bien, saldrán a resurrección de vida; mas los que hicieron mal, a resurrección de condenación”(Juan 5:28-29) o como se ha interpretado por inspiración en estos días la última parte de la declaración: “Los que hubieren hecho bien, en la resurrección de los justos; y los que hubieren hecho mal, en la resurrección de los injustos.”(D. y C.76:17)

San Pablo predicó la doctrina de una resurrección universal: “Que ha de haber resurrección de los muertos, así de justos como de injustos.”(Hech.24:15) En otra ocasión escribió: “Porque así como en Adam todos mueren, así también en Cristo todos serán vivificados.”(1Cor.15:22) Juan el Revelador testifica así de su visión tocante a lo futuro: “Y vi los muertos, grandes y pequeños, que estaban delante de Dios …. Y el mar dió los muertos que estaban en él; y la muerte y el infierno dieron los muertos que estaban en ellos.”(Apo.20:12-13) Es evidente pues que en cuanto a su aplicación a la victoria sobre la muerte temporal o corporal, el efecto de la expiación se extiende a toda la raza humana. Es igualmente claro que a todos se ofrece la libertad de la muerte espiritual, o sea del destierro de la presencia de Dios; de modo que si hombre alguno pierde la salvación, la pérdida será por causa de él, y en ningún sentido por el efecto inevitable de la transgresión de Adán. Los apóstoles de la antigüedad enseñaron de un modo preciso que el don de la redención efectuada por Cristo es gratuito para todos los hombres. Por eso el apóstol Pablo dice: “Así que, de la manera que por un delito vino la culpa a todos los hombres para condenación, así por una justicia vino la gracia a todos los hombres para justificación de vida.”(Rom.5:18) Además: “Porque hay un Dios, asimismo un mediador entre Dios y los hombres, Jesucristo hombre; el cual se dió a sí mismo en precio del rescate por todos.”(1Tim.2:5-6) San Juan habló del sacrificio del Redentor, diciendo: “Y él es la propiciación por nuestros pecados: y no solamente por los nuestros, sino también por los de todo el mundo.”(1Juan 2:2)

Entre los nefitas se enseñaron las mismas verdades. Benjamín, el rey justo, habló de la “expiación que fué preparada desde el principio del mundo para todo el género humano que ha existido desde la caída de Adán, o que existe, o que jamás existirá hasta el fin del mundo.”(Mosíah 4:7) En las revelaciones de estos días leemos del advenimiento de Cristo al mundo para sufrir y morir: “Para que por él pudiesen ser salvos todos aquellos a quienes el Padre había puesto en su poder y hecho por él.”(D. y C.76:42)

Pero además de esta aplicación universal de la expiación, por medio de la cual se redime a todos los hombres de los efectos de la transgresión de Adán, en lo que respecta tanto a la muerte del cuerpo como al pecado heredado, tiene otra aplicación el mismo gran sacrificio en el sentido de ser una propiciación por los pecados individuales, mediante la fe y buenas obras del pecador. Este doble efecto de la expiación se indica en el artículo de nuestra fe que estamos considerando. El primer efecto es eximir a todo el género humano del castigo de la caída, y así proveer un plan de Salvación General. El segundo efecto consiste en facilitar una Salvación Individual, mediante la cual la humanidad puede obtener la remisión de pecados personales. En vista de que estos pecados son las consecuencias de hechos individuales, justo es que el perdón de ellos sea so condición de cumplir individualmente los requisitos prescritos, la “obediencia a las leyes y ordenanzas del evangelio”.

El Efecto General de la Expiación, en lo que se aplica a todos aquellos que han llegado a una edad de responsabilidad y juicio, ya ha quedado demostrado en los pasajes de las Escrituras que se han citado. Su aplicación a los niños puede con propiedad recibir nuestra consideración. La Iglesia de Jesucristo de los Santos de los Ultimos Días enseña como doctrina fundada en la razón, la justicia y las Escrituras, que todos los niños son inocentes en la vista de Dios, y que, hasta no llegar a una edad de responsabilidad personal, su bautismo ni es requerido ni es propio; que, en una palabra, son salvos por la expiación de Cristo. Hasta cierto punto, los niños heredan las buenas o malas naturalezas de sus padres; se admiten los efectos biológicos de la herencia. De generación en generación se transmiten buenas y malas tendencias, bendiciones y maldiciones. Por medio de este orden divinamente señalado, cuya justicia patentemente queda manifestada a la luz del conocimiento revelado sobre el estado primordial de los espíritus del género humano, los hijos de Adán son herederos naturales de las adversidades del estado mortal; pero mediante la expiación de Cristo, todos son redimidos de la maldición de este estado caído. La deuda que les es legada se paga, y ellos quedan libres. Los niños que mueren antes de llegar a la edad en que pueden responder por sus hechos son inocentes en los ojos de Dios, aunque sean hijos de pecadores. En el Libro de Mormón leemos: “Los niños pequeñitos no pueden arrepentirse; por consiguiente, es una terrible iniquidad negarles las misericordias puras de Dios, pues todos tienen vida en él a causa de su misericordia. . . . Porque, he aquí, todos los niños pequeñitos viven en Cristo, así como todos aquellos que están sin ley. Porque el poder de la redención alcanza a todos aquellos que se hallan sin ley.”(Moroni 8:19-22)

El profeta Mormón, escribiendo a su hijo Moroni, expresó de la siguiente manera su convicción de la inocencia de los niños: “Escucha las palabras de Cristo, tu Redentor, tu Señor y Dios: He aquí, no vine al mundo para llamar a los justos al arrepentimiento, sino a los pecadores; los sanos no necesitan de médico, sino los enfermos; por tanto, los niños pequeños son puros, porque son incapaces de pecar; así pues, la maldición de Adán les ha sido quitada en mí, de modo que no tiene poder sobre ellos. . . . He aquí, te digo que esto enseñarás: Arrepentimiento y bautismo a los que son responsables y capaces de cometer pecados; sí, enseña a los padres que tienen que arrepentirse y bautizarse, y humillarse como sus niños pequeñitos, y se salvarán todos ellos con sus niños pequeñitos. Y sus niños pequeños no necesitan el arrepentimiento ni el bautismo. He aquí, el bautismo viene del arrepentimiento con objeto de cumplir los mandamientos a fin de lograr la remisión de pecados. Pero los niños pequeñitos viven en Cristo desde la fundación del mundo.”(Moroni 8:8-12)

En una revelación dada en esta dispensación por medio del profeta José Smith, el Señor ha dicho: “Pero, he aquí, os digo que los niños pequeños quedan redimidos desde la fundación del mundo, mediante mi Unigénito. Por lo tanto, no pueden pecar, porque no le es dado el poder a Satanás de tentar a los niños pequeños sino hasta cuando empiezan a ser responsables ante mí.”(D. y C.29:46-47) El presidente Juan Táylor, después de citar ejemplos del cariño de Cristo hacia los niños y ofrecer pruebas de la condición de inocencia que en el cielo los distingue, dice: “Sin la transgresión de Adán, esos niños no podrían haber existido; a causa de la expiación son colocados en un estado de salvación sin obra alguna de su parte. Comprenderían, según la opinión de los peritos en estadística, más de la mitad de la familia humana cuya salvación se puede atribuir tan solamente a la mediación y expiación del Salvador.”(Apéndice IV:3)

El Efecto Individual de la Expiación le permite a toda alma, sin excepción, lograr la absolución del efecto de los pecados personales, por la mediación de Cristo; pero tal intercesión salvadora ha de invocarse por su esfuerzo individual, manifestado en la fe, el arrepentimiento y obras continuas de justicia. Cristo ha indicado las leyes de acuerdo con las cuales se puede obtener la salvación, pues a él le corresponde el derecho de decir cómo se han de administrar las bendiciones que su propio sacrificio ha facilitado. Todos los hombres necesitan la mediación del Salvador, porque todos son transgresores. Así enseñaron los apóstoles de la antigüedad: “Por cuanto todos pecaron, y están destituidos de la gloria de Dios.”(Rom. 8:23) Y además: “Si dijéremos que no tenemos pecado, nos engañamos a nosotros mismos, y no hay verdad en nosotros.”(1Juan 1:8) Con igual claridad se afirma que la bendición de la redención de los pecados individuales, aunque al alcance de todos, depende, sin embargo, del esfuerzo individual, como que la verdad de la redención incondicional de la muerte vino como consecuencia de la caída. Hay un juicio ordenado para todos, y conforme a sus obras, todos serán juzgados. El libre albedrío del hombre le permite escoger o rechazar, seguir el sendero de la vida o el camino que lleva a la destrucción; por consiguiente, no es sino justo que tenga que responder por el ejercicio de su facultad para escoger, y reciba el resultado de sus hechos.

He ahí, pues, la justicia de la doctrina de las Escrituras, que el individuo alcanza la salvación sólo por medio de la obediencia. Dícese de Cristo: “Vino a ser causa de eterna salud a todos los que le obedecen.”(Heb. 5:9) Y además: Dios “pagará a cada uno conforme a sus obras: a los que perseverando en bien hacer, buscan gloria y honra e inmortalidad, la vida eterna. Mas a los que son contenciosos, y no obedecen la verdad, antes obedecen a la injusticia, enojo e ira; tribulación y angustia sobre toda persona humana que obra lo malo, el Judío primeramente, y también el Griego: mas gloria y honra y paz a cualquiera que obra el bien, al Judío primeramente, y también al Griego. Porque no hay acepción de personas para con Dios.”(Rom.2:6-11) A éstas se pueden agregar las palabras del Señor resucitado: “El que creyere y fuere bautizado, será salvo; mas el que no creyere, será condenado.”(Mar.16:16)

Consideremos también la profecía que el rey Benjamín proclamó a la multitud neíita: La sangre de Cristo “expía los pecados de aquellos que han caído por la transgresión de Adán, que han muerto no sabiendo la voluntad de Dios concerniente a ellos, o que han pecado por ignorancia. ¡Mas ay de los que sabiéndolo se rebelan contra Dios! Porque ninguno de éstos alcanza salvación sino por el arrepentimiento y la fe en el Señor Jesucristo.”(Mosíah 3:11-12)

Pero, ¿para qué multiplicar pasajes de las Escrituras, cuando el tenor completo de la documentación sagrada apoya la doctrina? Sin Cristo ningún hombre puede salvarse, y la salvación que se provee a costa de los sufrimientos de Cristo y su muerte corporal, solamente se ofrece a base de ciertas condiciones claramente definidas; y éstas quedan compendiadas en la frase, “obediencia a las leyes y ordenanzas del evangelio.”

Salvación y Exaltación.— Para todos aquellos que no hayan perdido su derecho a ello, habrá algún grado de salvación; la exaltación se da solamente a aquellos que por justo esfuerzo han ganado el derecho de pedir la liberalidad misericordiosa de Dios, por medio de la cual se reparte. No todos los que se salven recibirán la exaltación de las glorias más altas; no se darán los galardones en oposición a la justicia; ni se impondrán castigos sin consideración a la misericordia. A nadie se admitirá a ningún orden de gloria, en una palabra, ninguna alma se podrá salvar hasta no dejar satisfecha a la justicia por la ley violada. Nuestra creencia en la aplicación universal de la expiación no encierra ninguna suposición de que todo el género humano se salvará con igual galardón de gloria y poder. En el reino de Dios hay numerosos grados o graduaciones que se han proveído para aquellos que los merecen; en la casa de nuestro Padre muchas moradas hay, a las cuales se admitirá solamente a aquellos que estén preparados. La falsa suposición, basada en los dogmas sectarios, de que en la otra vida no habrá sino dos lugares, estados o condiciones para las almas del género humano—el cielo y el infierno: en uno la misma gloria en toda su extensión, y los mismos horrores en todas partes del otro— no puede sostenerse a la luz de la revelación divina. Por palabra directa del Señor sabemos que hay reinos o glorias graduados.

Grados de Gloria. — Las revelaciones de Dios han especificado los principales reinos o grados de gloria, que a continuación se dan, los cuales se prepararon, mediante Cristo, para los hijos de los hombres.

1. La Gloria Celestial.(D. y C.76:50-70, 92-96)—Hay algunos que se han afanado por obedecer todos los mandamientos divinos; que han aceptado el testimonio de Cristo, han obedecido “las leyes y ordenanzas del evangelio”, y recibieron el Espíritu Santo; éstos son los que han vencido lo malo con obras santas y, por consiguiente, merecen la gloria más alta; éstos pertenecen a la Iglesia del Primogénito, a quienes el Padre ha dado todas las cosas; son reyes y sacerdotes del Altísimo, según el orden de Melquisedec; éstos poseen cuerpos celestiales, “cuya gloria es la del sol, aun la gloria de Dios, el más alto de todos, de cuya gloria está escrito que el sol del firmamento es típico”; son admitidos al concurso de los glorificados y coronados con la exaltación en el reino celestial.

2. La Gloria Terrestre.(D.y C. 76:71-80, 87, 91, 97)—Leemos de otros que reciben una gloria de un orden secundario, que difiere del más alto, así como “la luna es diferente de la del sol, en el firmamento”. Estos son aquellos que, aun cuando fueron honorables, no cumplieron con los requerimientos de la exaltación; fueron cegados por las artimañas de los hombres y no pudieron recibir y obedecer las leyes más altas de Dios. Demostraron que no eran “valientes por el testimonio de Jesús” y, por tanto, no merecen la plenitud de gloria.

3. La Gloria Télestial.(D. y C.76:81-86,88-90,98-106,109-112)—Difieren este otro grado y los órdenes más altos así como difieren las estrellas y los astros más luminosos del firmamento; esta gloria es para aquellos que no recibieron el testimonio de Cristo, pero quienes, sin embargo, no negaron al Espíritu Santo; son los que han llevado vidas que los exime del castigo más severo, mas cuya redención, no obstante, se aplazará hasta la última resurrección. En el mundo telestial hay innumerables grados que se pueden comparar a la luz variante de las estrellas.(D. y C.76:81-86, 98) Sin embargo, todos los que recibieren cualquiera de estos grados de gloria se salvarán al fin, y Satanás ningún poder tendrá sobre ellos. Aun la gloria telestial “supera toda comprensión; y ningún hombre la conoce sino aquel a quien Dios la ha revelado”.(D. y C.76:89-90) Por último, hay aquellos que han perdido todo derecho a la misericordia inmediata de Dios, cuyos hechos han causado que sean contados con Perdición y sus ángeles.

REFERENCIAS

La Expiación Efectuada por Jesucristo

  • El sacrificio de Cristo prefigurado por los holocaustos bajo la ley de Moisés: La misma sangre expiará la persona— Lev. 17:11.
  • Por los pecados del pueblo se hacían sacrificios ante el Señor derramando la sangre de animales—Lev. cap. 4; véase también 5:5-10.
  • Se mandó que Adán ofreciese las primicias de sus rebaños a semejanza del sacrificio del Unigénito—Moisés 5:5-8; véase también el versículo 20.
  • Una virgen parirá un hijo, y llamará su nombre Emmanuel—Isa. 7:14; véase también Mat. 1:21-28.
  • Predicción de la vida y obra del Salvador—Isa. 53:3-12.
  • Mi Unigénito es y será el Salvador—Moisés 1:6.
  • El plan de salvación para todos los hombres, mediante la sangre de mi Unigénito—Moisés 6:62.
  • El Hijo Unigénito preparado desde antes de la fundación del mundo—Moisés 5:57.
  • El Hijo de Dios ha expiado el pecado original—Moisés 6:54.
  • Tendréis que ser purificados por sangre, aun la sangre de mi Unigénito—Moisés 6:59.
  • Jesucristo dió su vida en rescate por muchos—Mat. 20:28; véase también 1 Tim. 2:5, 6.
  • El Cordero de Dios que quita el pecado del mundo—Juan 1:29.
  • Pongo mi vida por las ovejas—Juan 10:15.
  • Mi sangre es derramada por muchos para remisión de los pecados—Mat. 26:28; véanse también los versículos 11 y 15.
  • Fué levantado el Hijo del Hombre para que los hombres tengan vida eterna—-Juan 3:14, 15; véase también 8:28; 12:32.
  • Cristo ensalzado por Príncipe y Salvador, para dar arrepentimiento y remisión de pecados—Hech. 5:31.
  • Necesario que Cristo padeciese—Hech. 17:3; véanse las palabras del Señor—Luc. 24:26, 46.
  • Cristo murió por nosotros; por él seremos salvos de la ira— Rom. 5:8, 9.
  • Cristo murió, resucitó y volvió a vivir, Señor así de los muertos como de los vivos—Rom. 14:9.
  • Cristo vino al mundo para salvar a los pecadores—-1 Tim. 1:15; un rescate para todos—2:6;
  • Vino para expiar los pecados del pueblo—Heb. 2:17; la causa de salvación eterna—5:9; mediador del nuevo testamento— 9:35.
  • Llevó nuestros pecados en su cuerpo—1 Ped. 2:24; ha padecido por nosotros en la carne—4:1.
  • Digno es el Cordero que ha sido sacrificado—Apo. 5:12.
  • Las profecías de Lehi referentes a la venida del Mesías—1 Nefi 10:4-17; la visión de Nefi—cap. 11.
  • El Mesías vendrá para redimir a los hijos de los hombres de la caída—2 Nefi 2:26.
  • Jacob enseña que la expiación es infinita—2 Neñ cap. 9.
  • Levantados de la muerte por el poder de la resurrección; y de la muerte eterna por el de la expiación—2 Nefi 10:25.
  • No hay otro camino, ni nombre dado debajo del cielo por el cual el hombre puede salvarse—2 Neñ 31:21; véase también Helamán 5:9-12; D. y C. 18:23-25.
  • Reconciliaos con él por la expiación de Cristo—Jacob 4:11.
  • Venid a Cristo para participar de su salvación—Omni 26.
  • La ley de Moisés ninguna eficacia tiene sino por la expiación— Mosíah 3:15; la ley de Moisés se cumplió en Cristo quien la dió—3 Nefi 12:17; 15:2-6.
  • Tienen vida eterna por medio de Cristo, el cual ha quebrantado los lazos de la muerte—Mosíah 15:23; también los versículos 24-28.
  • No podría haber redención para la humanidad sino por la muerte y padecimientos de Cristo, y la expiación—Alma 21:9; véase también Helamán 5:9-11; 14:16, 17.
  • Es necesario que haya una expiación—Alma 34:9-16.
  • La clemencia viene a causa de la expiación.—Alma 42:23.
  • El Señor no vino para redimir a los hombres en sus pecados, sino para redimirlos de ellos—Helamán 5:10.
  • He venido al mundo para traerle la redención—3 Nefi 9:21; véase también D. y C. 49:5.
  • He glorificado al Padre, tomando sobre mí los pecados del mundo—3 Nefi 11:11.
  • Por Jesucristo vino la redención del hombre—Mormón 9:12, 13. Ha llevado a cabo la redención del mundo—7:7.
  • El que dice que los niños pequeñitos tienen necesidad de bautizarse, niega las misericordias de Cristo, y desprecia su expiación—Moroni 8:20.
  • El Señor sufrió las penas de todos los hombres y la muerte, a fin de que todos los hombres viniesen a él—D. y C. 18:11. Jesucristo, el único nombre dado en el cual el hombre puede ser salvo—versículos 23-25. Yo, Dios, he padecido estas cosas por todos, para que no padezcan, si se arrepienten— 19:16; véase también Moisés 6:52.
  • Los hombres en todas las edades pueden alcanzar salvación—D. y C. 20:23-29.
  • Vuestro Redentor, cuyo brazo de misericordia expió vuestros pecados—D. y C. 29:1. Los niños pequeños son redimidos— versículos 46, 47.
  • El Unigénito Hijo mandado al mundo para redimirlo—D. y C. 49:5.
  • Yo, el Señor, quien fui crucificado por los pecados del mundo— D. y C. 53:2; también 54:1; 76:41.
  • El Señor es Dios, y aparte de él no hay Salvador—D. y C. 76:1; también los versículos 39-42.
  • Mediante la redención se lleva a cabo la resurrección—D. y C. 88:14-17.
  • Mediante la redención de la caída, el hombre volvió a ser inocente—D. y C. 93:38.
  • Mi Unigénito es y será el Salvador—Moisés 1:6; véase también el versículo 39.
  • A semejanza del sacrificio del Unigénito—Moisés 5:7.
  • Puedes ser redimido, también todo el género humano, aun cuantos quisieren—Moisés 5:9.
  • Salvación
  • Llamamiento profético a la salvación—Isa. 55:1-7; véase también Luc, 3:3-6.
  • Consíguese mediante Cristo—Isa. 61:10; véase también Luc. 19:10; 24:46, 47; Juan 3:14, 17; Hech. 4:12; 13:38; Rom. 5:15-21; D. y C. 18:23; Moisés 5:15; véanse las referencias bajo Expiación.
  • Una reconciliación con Dios efectuada mediante Jesucristo—2 Cor. 5:18, 19; véase también Col. 1:19-23.
  • El que perseverare hasta el fin será salvo—Mat. 24:13; véase también 10:22; Heb. 3:14; D. y C. 53:7.
  • Depende de la obediencia—Mat. 28:19, 20; Mar. 1:4; 16:16.
  • Trabajad por ella con temor y temblor—Fil. 2:12.
  • La palabra ingerida que puede salvar vuestras almas—Sant. 1:21.
  • La salvación vendrá por vencer a Satanás—Apo. 12:10.
  • La salvación es libre—2 Nefi 2:4; véase también 26:24; será declarada a toda nación—Mosíah 15:28; Mat. 24:14. Véanse las referencias bajo Libre Albedrío, después del capítulo 3 de esta obra.
  • Se puede demorar el día de salvación hasta que sea demasiado tarde—Helamán 13:38.
  • Si han sido buenos, segarán la salvación de sus almas — Alma 9:28.
  • No hay don más grande que el de la salvación—D. y C. 6:13; véase también 11:7.
  • Cómo se gana—D. y C. 49:5.
  • Es imposible que el hombre se salve en la ignorancia—D. y C. 131:6.
  • Salvación sin exaltación—D. y C. 132:17.
  • Salvación graduada; es más alta la exaltación—Juan 14:2; 1 Cor. 15:40-42; D. y C. sec. 76; 132:19-21.
  • Revélase a Adán cómo se gana la salvación—Moisés 5:9-15.
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